
50 años de trayectoria artística
Oscar Barney Finn celebra su carrera como director múltiple, generando proyectos y estrenando nuevas obras de dramaturgos jóvenes, como Poder absoluto
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Las historias que cuenta no siguen un guión preciso, prearmado. No tiene elaborado un modo de abordaje de su propia trayectoria para una entrevista que tiene como finalidad recorrer sus cinco décadas como artista y como gestor. Trabajador incansable de la escena y el cine, también se encargó de legar para las futuras generaciones un centro de producción de conocimiento. Oscar Barney Finn fue director de la carrera de Diseño de imagen y sonido de la Universidad de Buenos Aires y eso lo enorgullece. "Para mí lo más importante, confiesa, es que el artista quiera siempre aprender algo que no sabe, algo que ignora. Es frustrante, es angustiante porque uno sabe que nunca podrá saber tanto y de todo lo que uno quisiera. Pero eso es la vida: buscar. Pero también es cierto que llega un momento en el que tenés que empezar a priorizar. Cuando sos joven sentís que lo podés todo. Ahora yo estoy mirando más hacia atrás que hacia delante, sin que esto signifique que esté nostálgico. Soy muy activo y trato de disfrutar todo lo posible, reconociendo que ya no puedo proponerme hacer cosas para las que mi cuerpo no tendría capacidad."
Entre las múltiples anécdotas que está en condiciones de contar este hombre que fue amigo de Silvina Ocampo, Mujica Lainez, Bioy Casares, Torre Nilson y Beatriz Guido, entre muchísimos otros intelectuales que supieron brillar, está una que lo liga directamente con su inicio teatral. Entre 1962 y 1964 vivió en París y logró allí que Jean-Marie Serreau lo invitara como meritorio a participar de su teatro. Fue así como al segundo día conoció a Samuel Beckett y lo vio dirigir. "Aquellos años fueron de una gran ebullición cultural, artística e intelectual. Uno podía conversar con Beckett, con Adamov o con Ionesco y montar luego una obra de Tato Pavlovsky. En 1965 dirigí Los triángulos, en el Teatro 35, que incluía textos de Pavlosvky, Griselda Gambaro y Beckett. Eran tiempos en que la experimentación y el conocimiento estaban a la orden del día. Uno aprendía de Jorge Petraglia, de Francisco Javier, de toda esa energía vanguardista que venía de Europa y para la que encontrabas socios para el camino. Tal es el caso, en lo personal, de Nacha Guevara, quien trabajó conmigo en ese espectáculo."
-¿Y qué ocurre con el cine?
-En este momento no estoy buscando hacer cine, por sus implicancias físicas. El teatro me resulta más artesanal, muy dependiente de mí y de mi trabajo, pero sin tanto presupuesto ni energía hacia el afuera. Antes cuando me proponía hacer una película trabajaba durante años para que saliera adelante. Y eso implicaba viajar por el mundo a buscar socios que pudieran colaborar con la financiación. Hoy no haría todo eso. Ya está, ya lo hice y en un momento muy difícil, en el que no había tantos apoyos ni tantas facilidades como ahora. Me alegra mucho que ahora sea mejor. Mi generación tiene tanto entrenamiento como fatiga. No haría una película por sumar una más a mi trayectoria. Sólo la haría si surgiera un proyecto en el que me sintiera fuertemente identificado. Hoy, por ejemplo, quisiera hacer un cuento de Bianco, sobre el que trabajé mucho. Pero está ubicada en los años 40, y eso sería una locura en el panorama actual. Ni la industria ni los espectadores están habituados al cine de época.
-¿Con la ópera y la televisión ocurre algo semejante?
-Sí, de menor factura pero con grandes complejidades. Hoy la televisión vende y repite formatos. Eso no me interesa. Por eso cuando veo lo que están haciendo Santiago Loza o Diego Lerman en la TV Pública siento orgullo. Pero son casos aisladísimos. El resto es inmediatez. Siempre me obsesionó trabajar el lenguaje en los géneros audiovisuales; que el público no se lleve únicamente una buena historia, sino también un modo de contarla. En ese sentido siento que hay algo por donde no cuadro en este actual modo de ser de la industria.
-Hoy trabaja con dramaturgos jóvenes. Dirige Poder absoluto, del catalán Roger Peña Carulla, y tiene un proyecto con Loza y otro con Gonzalo Demaría...
Para mí el cruce generacional es fundamental y no porque con ello me haga el joven, todo lo contrario. Caminar de la mano con ellos es un modo de enriquecernos mutuamente. Así entendí mi oficio toda la vida, como un camino que se hace con otra gente con el objetivo profundo de ir cada día sabiendo algo más del mundo, de la existencia, de la cultura. Dirigir ópera, cine, tele o teatro es un modo de experimentar y de ir más allá, sabiendo de antemano que cada vez que avance un metro el horizonte se alejará otro metro más. Estará siempre lejos, nunca se llegará a él. Pero ir por más es lo que me mantiene vivo y pleno.
Poder absoluto
de Roger Peña Carulla, con Paulo Brunetti y Carlos Kaspar
Viernes, a las 21; sábados, a las 22
Payró, San Martín 766




