
The Rolling Stones
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Los Stones se muestran en carne viva y producen su mejor disco en veinte años.
¿A Bigger Band? apenas una letra y cambiaría radicalmente el sentido del título de este nuevo disco de los Rolling Stones, el primero con canciones originales después de ocho años ( Bridges to Babylon, 1997). Sería bueno poder imaginar que los Stones hayan tenido ese gesto de soberbia autoindulgente. Pero no. Una declaración oficial indica que A Bigger Bang refiere a la teoría científica más extendida sobre el surgimiento del universo. Bien podría ser, también, una metáfora del impacto que producirá el álbum. Los sexagenarios de culto rocker (Jagger, Richards, Watts y Ron Wood, en feliz camino de serlo) ingresan en el siglo XXI con su disco más importante de las últimas dos décadas (el más largo desde Exile on Main Street, de 1972). Esta vez, con el plus de haberle hecho frente al cáncer del venerable Charlie Watts. Estar vivos (en más de un sentido), hacer este disco y sonar como suenan agigantan su vital leyenda de longevidad.
Porque esta vez eligieron la forma correcta de mostrarse. A Bigger Bang es contundente, brioso, de pura fibra. Dieciséis canciones que detentan una plenitud inesperada. ¿Quiénes, si no los Stones, para hacer valer el privilegio de ser escuchados en estado natural? "Rough Justice", la canción que abre el disco, es una prueba del intacto poder de fuego: tenemos a Watts con la elegancia de su simplicidad, las guitarras de Wood y Richards cortando el aire y, claro, la voz de Jagger, única por siempre. Rock y blues de bar, también palpables en "Back on My Hand" y "Oh No, Not You Again" (con un extraordinario final a todo golpe por parte de Watts, más exquisito que nunca). Pero eso no es todo: el groove negro de "Rain Fall Down" suma brillo, tanto como las baladas "Streets of Love" y "Laugh, I Nearly Died" detienen la marcha por un instante. Como nunca en mucho tiempo, el trío Watts-Jagger-Richards toma las riendas de las canciones y las expone en carne viva. Lejos, perdidos en el tiempo, quedan los vanos coqueteos con vanguardias, productores y sonidos del momento. Aquello que Jagger llevó a límites de buen gusto en todos sus discos solistas y lo que Richards evitó cuidadosamente cada vez que se mostró solo.
Incluso la marcha funk-rocker de "Sweet Neo Con" (con disparos a la Casa Blanca y sus actuales belicosos habitantes, los neoconservadores), mantiene una intensidad que remite a "Undercover", la canción que hablaba de los "detenidos en las cárceles de Sudamérica" en 1981. Al difundirse la letra ("Te llamás a vos mismo un cristiano, yo te llamo un hipócrita"; "decís que sos un patriota, yo creo que sos un balde de mierda"), hubo polémica en los Estados Unidos. El cantante, caballero del Imperio Británico cuya fortuna personal fue recientemente estimada en 180 millones de libras, eligió el camino de la ambigüedad para responder. Dijo que no se trata de un ataque personal a Bush pero que es "ciertamente crítico con su administración". Por si algo hacía falta, hay pimienta política para sazonar a gusto un disco soberbio. Como dijo Richards, los Stones responden a la demanda. ¿El mercado quiere rock? Aquí lo tiene.




