
Acerca de la existencia de ninjas porteños
No será exactamente como en las películas, pero acá están
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Cuesta imaginarse algo tan extraño, pero en Buenos Aires hay ninjas. O más o menos. Los ninjas argentinos distan mucho de los guerreros sigilosos vestidos de negro y con la cabeza encapuchada que aparecen en las películas. Pero existen. Y se van a dejar ver en una exhibición de combate el sábado, a las 14, en el ciclo Try Japan, que empieza hoy en la Ciudad Cultural Konex, Sarmiento 3131.
Aunque a ellos el título de ninja los pone un poco incómodos. "No lo damos a conocer con ese nombre porque puede generar confusión. La gente lo asocia con lo que ve en las películas, pero es un arte muy rico que trata más de la formación del ser humano y de la importancia de aprender a superarse", explica Pablo Godoy, instructor de la disciplina denominada bujinkan.
La cuestión es así: el bujinkan está formado por nueve tipos de combate antiguo (o ryu ha), de los que tres pertenecen al ninjitsu, el que practicaban los legendarios ninjas. En 1972, el japonés Masaaki Hatsumi –vigésimo cuarto heredero de esas tradiciones marciales– creó este estilo de pelea y comenzó a difundirlo. Desde entonces, Hatsumi san recibe en su residencia de Noda (en la prefectura de Chida, al nordeste de Tokio) a instructores de todo el mundo, incluida la Argentina.
La prueba más difícil
En Buenos Aires, Godoy trabaja como instructor en dos centros de entrenamiento o dojos, y es discípulo de Néstor Iscovi (uno de los pocos alumnos argentinos de Hatsumi). El bujinkan, cuenta, es muy eficaz para defensa personal, pero para practicarlo no hace falta internarse en una montaña junto a un maestro de mal carácter y pasar por penurias como las que enfrenta The Bride, en Kill Bill.
"Los entrenamientos se dictan sobre la base de las posibilidades físicas de cada persona. Se exige hasta donde da el cuerpo. Es un arte marcial puramente tradicional", sigue el profesor, que sostiene que la máxima prueba en el bujinkan... es costearse el viaje a Japón para perfeccionarse. Algo que, por su costo elevadísimo, es casi tan difícil como caminar sobre fuego o pararse en puntas de pie sobre el filo de la espada del enemigo.
Y de la vestimenta clásica que sólo deja al descubierto los ojos ni hablar. Ahora, lo que se usa son equipos negros de chaqueta y pantalón, y zapatos tabi –con una separación entre el dedo gordo y los demás–. "Las capuchas se usaban en la antigüedad para resguardar la identidad del ninja y no poner en peligro a los familiares si alguien buscaba venganza. Pero hoy no hay nada que ocultar."
Poderes imaginarios
Lo que sí se parece a la ficción es el uso de armas tan llamativas como la espada (katana), la lanza (iari), un bastón de 1,80 metros (bo) y garras que van enganchadas a las manos (shukos). Pero aunque muchos se acercan a esta disciplina entusiasmados por los últimos éxitos del cine de artes marciales, los ninjas de verdad no tienen las habilidades sobrehumanas que se les atribuyen en la pantalla grande y en las historietas.
"Cuando una persona entra en el dojo se le trata de explicar lo que es realidad y lo que es ficción. Los ninjas de la antigüedad eran adelantados a su época. Hacían creer que volaban, pero en realidad usaban métodos con sogas para trepar y escalar. En ocasiones, cuando tenían que entrar en acción usaban máscaras de demonios para asustar a los campesinos. También se creía que caminaban en el agua, pero en realidad usaban una especie de flotadores que les permitían hacer eso. De ahí surge la leyenda de que tenían poderes", indica Godoy.
Y aunque con el bujinkan no se conseguirán las habilidades que estos personajes tienen en el imaginario popular, al menos se puede incorporar su filosofía de vida. "Hay una relación entre cuerpo, mente y espíritu. El ninjitsu es superar objetivos para lograr algo mediante la perseverancia", explica el instructor, como queriendo enseñar que en la vida hay cosas más importantes que volar por los aires y caminar por las paredes.






