
Al Pacino, en búsqueda constante
Nuestra opinión: Buena.
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"En busca de Ricardo III" (Looking For Richard, EE.UU., 1996) presentada por Warner-Fox-20th Century Fox-, en el Atlas Santa Fe, Patio Bullrich, Cinemark Puerto Madero, Gaumont, Atlas Belgrano. Apta para todo público.
Al Pacino se dio el gusto y demostró que puede. Tras varios acercamientos tácitos a la cólera shakespeareana, bajo la mirada de Francis Ford Coppola en la serie "El padrino", Pacino se anima con uno de los personajes clave de la poética del autor, Ricardo de Gloucester.
El prestigioso actor cabalga entre la representación, el documental y la encuesta, aunque en momento alguno abandona la primera condición: representar. Se advierte al comienzo cierto instinto de preservación de la especie de los actores norteamericanos, enceguecidos por el aura de Shakespeare, pero con un evidente complejo de inferioridad frente a los intérpretes ingleses. Pacino lo enuncia en palabras, con gestos de actor y hasta con algunas opiniones de figuras prestigiosas del teatro británico: John Gielgud, Kenneth Branagh, Peter Brook, Derek Jacobi y Vanessa Redgrave.
Se reúne con su equipo de actores, hacen "trabajo de mesa" e intentan los pasos iniciales de la representación. Discuten sobre el personaje y el teatro. El público, agradecido por ver cómo un grande, Al Pacino, compone las caracterizaciones que lo han llevado a la fama. No alcanza la representación completa de la obra, pero, sobre el final, se da el gran gusto: el célebre reclamo "Mi reino por un caballo", en medio de una puesta de inmenso dramatismo donde Pacino, genio y figura, retoma un tono clamoroso y una tragicidad austera que le conocemos muy bien, sin reconsiderar lo perorado antes largamente y demostrando que su trabajo nunca estuvo lejos de la carnadura exigida por los caracteres ma- yúsculos del Cisne de Avon.
Este parece el tiempo de "Ricardo III" en las películas y en los escenarios internacionales. Seguramente, la concepción de Al Pacino no es igual a la de otros y valdrá la pena confrontar la acción de actores y directores en busca del alma ennegrecida del rey conspirador.
Pacino va en busca de Ricardo y no impone un modo de representarlo. El film es el recorrido. El viaje también es físico, porque el actor y su cámara recorren calles y tablados de Nueva York, ingresan en el Teatro del Globo londinense y van al pago donde nació William Shakespeare. El relato _Pacino lo introduce, frente al espectador_ atrapa al productor en una discusión y quiere delatar signos de autoría en la decisión de Pacino (dirigir; estrenar en el festival de Sundance), que tardó dos años en rodar "En busca de Ricardo III", recurriendo al producido de las películas en que intervino.
La resultante es un interesante producto cultural, en el amplio sentido de esta palabra: confrontar estilos, exponerse a la opinión de los demás con el medio antiteatral por excelencia _el cine_, celebrar el teatro desde la pantalla y dejarle libertad al público para decidir sobre la preparación y los resultados. Con un mínimo de narcisismo _el propio del protagonismo y la dirección y el que deviene del gigantesco personaje encarnado_, Al Pacino se arriesga con una propuesta creativa que no lo deja mal parado, ni a él ni a sus colegas norteamericanos, los del film _con alguna excepción_ y los que sueñan con Shakespeare o lo representan.




