
Allegro
Las insinuaciones más que explícitas de Max Reger
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- Para tener fortuna en el mundo de la música, o en cualquier terreno, no sólo hay que poseer el talento necesario e indispensable sino que hay que ser tocado también con la suerte de poder estar en el lugar y en el momento exactos, circunstancias que, las más de las veces, no dependen de la capacidad del artista. Si Max Reger, por ejemplo, con su inventiva, su imaginación y su ideología musical, hubiera vivido en Alemania algunos años después, cuando el neoclasicismo se instaló señorial e invicto en los años 20 del siglo pasado, seguramente habría encontrado un contexto mucho más afín a su sensibilidad y a sus propuestas discursivas. Pero, luego de Wagner y de Brahms, cada uno en su propio sendero, bajo las poderosas figuras de Strauss y de Mahler y con el romanticismo tardío recargado de contenidos filosóficos y con sus oleadas de altos contenidos pasionales, sus búsquedas casi despojadas en formas clásicas y sus indagaciones en lenguajes herméticos y un tanto desprovistos de emocionalidad no le daban ninguna chance para progresar y lograr mayores adhesiones.
Sólo eventualmente pudo lograr un ingreso como compositor. Su principal sustento provenía de su actividad como pianista. Desde 1901 desarrolló largas giras por varios países europeos, como recitalista, como solista junto a orquestas o como integrante de algún ensamble camarístico. En esta condición, en Leipzig, Reger participó en una interpretación del "Quinteto La trucha", de Schubert. Una dama, sabiendo de las aficiones de Reger, le hizo llegar un manjar preparado con una trucha de la mejor calidad. En la nota de agradecimiento le manifestó su satisfacción por la exquisitez ofrecida y, muy poco discretamente, le hizo notar la fecha de su próxima actuación en la cual iba a interpretar, especialmente, el "Rondó de la gallina", de Rameau, y el "Minué del buey", de Haydn.






