
Ante el último patriarca del folklore
Aunque su obra es parte fundamental del cancionero argentino, el Chivo Valladares vive como un autor anónimo
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TUCUMAN.- En la casa del Chivo Valladares no hay relojes a la vista. El tiempo parece una medida imperfecta que no cabe en su delicioso mundo aletargado. Lo aprendió en sus días de andanzas junto a la bohemia salteña que lideraban el Cuchi Leguizamón y el Barba Manuel J. Castilla. "La última vez que nos vimos estuvimos despiertos tres días", recuerda uno de los últimos referentes con vida de esa generación luminosa.
Autodidacto, cantor y guitarrero, Valladares es el hermano mayor de Leda y el padre (o autor) de unas 120 composiciones que se inscribieron como piezas fundamentales del folklore argentino y captaron como ninguna el inconsciente colectivo de la provincia. "Lo quiero mucho a Tucumán, y aunque no hice un inventario de las letras que tengo, el 80 por ciento está dedicado a este paisaje, pero es lo que me sale, de qué más voy a hablar si ésta es mi vivencia. Lo importante es cantar de lo que uno conoce, si no ya no es canto."
Para sus coprovincianos el Chivo es un personaje casi anónimo, pero muchos alguna vez habrán silbado "Zamba del romero", "Vidala del lapacho", "Ay, amor", "Debajo del sauce solo" o la vidala "Subo", que llegó incluso a escucharse en la BBC de Londres. "Siempre me gustó mucho la vidala, sobre todo porque la siento profundamente, y entre la vidala y la baguala está la desnudez del alma y el reventón de la soledad del hombre", define.
Patriarca de poetas
Los músicos y poetas peregrinan por su casa en la calle Chacabuco al 200, como un acto casi religioso, para recibir su bendición, escuchar su palabra y redescubrir su original obra, como el disco homenaje que le están preparando en su ciudad, en el que participarán León Gieco, Mercedes Sosa, Víctor Heredia, el Dúo Coplanacu y Suna Rocha, entre otros; o el futuro tributo del tucumano Lucho Hoyos. "Acá hay gente muy valiosa, que tendría que estar en primera línea", acota el folklorista.
Valladares invita a sumergirse en ese silencioso refugio del mundo urbano con sus relatos largos, pausados y asombrosos, que renacen forzosamente en una memoria a veces mezquina que le impide acordarse de nombres, fechas precisas e incluso de sus composiciones. "Debo tener más de 30 canciones que no me acuerdo o están por ahí en alguna cinta. Mi problema fue que al no saber música tenía que silbar las canciones a otra persona que las pudiera escribir. Antes no existían los grabadores, y por ahí cuando me venía la primera parte ya me olvidaba el estribillo. Por suerte, muchas sobrevivieron a esos olvidos."
El compositor pertenece a esa primera horneada de folkloristas que debían pelear contra la indiferencia general y los prejuicios. "Había pocos intérpretes y sobre todo el folklore no solamente no era difundido sino era mal mirado. Salir con la guitarra era como andar machado con la damajuana por la calle. Casi era un personaje de prostíbulo", relata estirando cada oración con un gesto y un silencio.
Con esa misma tonadita de siesta dominical cuenta que una parte de su familia fundó la ciudad de Frías, en Santiago del Estero, que su abuelo era guitarrero y su padre "era un hermoso tipo que cuando recitaba poesías nadie pestañeaba". El Chivo heredó un poco de los dos: "Soy músico orejero y encima zurdo como mi abuelo. Por eso reacciono y procedo de un modo que no es corriente; hasta en la manera de hablar y en la música intento algo distinto".
Pero Valladares combina la convicción en su original estilo con la necesaria cuota de humildad de quien transitó mucha vida. "No quiero decir que sea una solución para nadie, ni que soy el guía, porque cuando me veo en el espejo me doy vuelta la cara y me pongo a llorar, como dice el tango, pero es un camino que a algún lado llevará...", dice ejerciendo esa especie de hechizo sobre su figura antigua y silvestre, como la de un cerro tucumano.
La escuela folklórica de Rolando Valladares fue el contacto con la gente, su paisaje y el misterio de la tierra. "Hay que oler yuyo por yuyo, a ver cómo está distribuido el monte, hay que vivirlo, y esa vivencia no la tienen los músicos de ahora, que son criados en departamentos como pollos de criadero. Los grandes músicos del folklore, y no me incluyo, tenían un contacto muy grande con la gente y sus recuerdos. El folklore se hace fuerte rescatando ese cedazo del tiempo... las cosas que le dieron fuerza", compara.
La casa de la infancia fue a la vez otro de los refugios culturales del compositor. "Mi hermana Leda tocaba el piano y tenía buenos amigos músicos. Estaba por ejemplo el Pulga Abalos, el Manolo Gómez Carrillo hijo, formador del quinteto que fue una de las maravillas del siglo dentro de lo que es la música aquí y que nadie se acuerda. Además me gustaba escuchar mucho a los grandes conjuntos de jazz y a los concertistas de música clásica, que en esa época no sabía ni quiénes eran pero me caían muy bien al oído."
El Chivo mastica cada frase como si estuviera haciendo un acuyico con hojitas de coca. Cuando se le seca la garganta toma la copa de vino, la observa por el cristal como intentando descubrir su misterio y se echa un sorbo en la boca. Después, dice naturalmente: "Cuando comencé a querer tocar algo en la guitarra me di cuenta de que las composiciones de raíz eran muy simples, entonces instintivamente trataba de agregarles cosas, porque era un locro medio monótono, con pocas alternativas. Y eso es lo que trato de hacer, enriquecer musicalmente mi folklore".
-En su caso y en otros de su generación había mucha relación entre la poesía y la música.
-Quizá porque no se estaba mirando con un objetivo comercial ni de imponer la cosa. Así como yo quería agregar acordes sin nociones de música, en la literatura hubo nuevos intentos: subrayar y hacer una canción folklórica donde se valora más lo que se está diciendo. No me interesa si eso es una chacarera, una zamba o un gato, sino que sea un mensaje musical. Porque el fundamento del canto son las cosas sencillas, las cosas esenciales del hombre, la vivencia primordial, la quejumbre y el amo; si no hay eso, entonces queda diluido todo.
El vino le despierta recuerdos y se vuelve a mirar en esos días de creación colectiva, bohemia y tertulias trasnochadas, en la década del 60, cuando junto a Manuel J. Castilla crearon algunas de sus obras más perdurables. "Eran noches hermosas. El recitaba sus cosas, había amigos poetas que leían y los músicos hacían escuchar sus temas. Estaba el Cuchi Leguizamón, y entre una zamba que se relacionaba con algún cuento o con algún personaje que recordábamos se hacía un tejido musical y literario hermoso de donde salían las canciones. Lo que faltaba era el tiempo y el vino..."
Los 82 años no parecen pesarle en en su existencia cotidiana. Es uno de esos seres livianos que no tienen que rendirle cuentas a nadie, que están tranquilos con su conciencia y que siguen asombrándose todos los días. "La vida es intento, y mientras hay intento hay vida." El Chivo Valladares disfruta mirando el camino recorrido. "Una vez me preguntó alguien si había vivido del canto, y yo le dije síííí. He vivido mucho emocionalmente, pero económicamente no he sacao ni para un café con leche. Pero es así, uno vive de muchas maneras y cada uno elige la vida más acorde con lo que quiere ser, entonces no hay que quejarse de la misiadura . La misiadura es una de las maestras que me llevaron a ser lo que hice, porque todos esos elementos son parte del pasaje a la maduración del ser."
-También debe ser tranquilizador el hecho de que cuando usted no esté lo sobrevivirán sus canciones.
-Yo estoy seguro de que voy a volver aquí, y voy a volver a cantar, porque me he quedao con ganas.
Canciones de barba y chivo
La noción del tiempo se pierde. Las horas pasan y el músico sigue extrayendo recuerdos, vivencias, anécdotas y cuentos. Recuerda las veces en que se perdió en el monte para conocer la vida de los hacheros, la gente de la Puna, ver de cerca las condiciones lamentables de los aborígenes o encontrarse con los amaneceres y su sinfonía de pájaros.
Tiene tiempo para quejarse:"¿Cómo va a ser la formación del chango nuevo? Se va a tener que ir al museo para conocer a gente como el Cuchi porque no se la difunde. Hablando de vinos, ahora a la gente sólo se le está dando vino ordinario". Dice que tiene ganas de hacer un disco con algunas grabaciones reencontradas del año 78 y tiene palabras elogiosas para su hermana Leda: "Ha hecho una gran obra, lástima que ella tenía talento para componer. Muchas de esa cosas que le escuché eran fuera de serie".
El día se vuelve noche y el Chivo se deleita contando cómo nacieron algunas de sus canciones más representativas. ""La Zamba del romero" la hicimos un día a las seis de la mañana en la casa del Barba Castilla. El me dijo que quería hacer una canción. Yo le dije: cómo, si está todo el mundo durmiendo. Y ahí nomás, porque estaba afligido porque nadie se despertara con la guitarra, compuse la música en el momento. Después nos fuimos a visitar al Panadero Riera, el de la zamba a Juan Panadero. Y ahí Castilla me pasó la letra de "Vidala del lapacho". Mientras comíamos unas humitas de albahaca riquísimas que había hecho Riera, me salió la vidala."
Para Valladares, el encuentro con el poeta salteño fue revelador. "Con el "Barba" Castilla nos habremos visto cinco o seis veces, podría contar las veces a través del número de canciones que hicimos juntos. Cuando nos encontrábamos éramos como quien lleva un cuchillo, salía una zamba de entrada y a la despedida ya teníamos otra media armada. Había mucha plenitud entre lo que él hacía y yo trataba de captarle. El me decía "vamos al mercado a encontrarnos con la gente". Era amigo del lechero, del panadero, del que vendía pescado, de ahí sacaba las cosas, de la comunicación diaria con el pueblo. El barbudo era una continuidad de su poesía. Eso era lo más hermoso de él."
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