
Apasionada, desafiante, escandalosa, Paquita
Hace 80 años murió la primera bandoneonista argentina
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¿Cosas del Buenos Aires antiguo que sorprendían o escandalizaban y que ahora no provocarían ni siquiera un parpadeo? Cientos, quizá miles. En ese esquema de lo pulverizado por los imparables vientos de cambio podría incluirse el sacudón provocado por Francisca Bernardo (Paquita) cuando apareció en la escena urbana como la primera mujer bandoneonista, en años en que las damas, en cuanto a música, no iban más allá de sentarse frente al piano hogareño para extraerle al pentagrama Para Elisa o el nostálgico color armónico de Chopin.
Paquita tuvo, de todas maneras, que acatar la indicación de sus padres y cubrirse ante el público con una manta desde la cintura a los pies –aún faltaba mucho para que los pantalones pasaran a formar parte del vestuario femenino–, ya que el instrumento inventado por el alemán Alfred Band impone la apertura de las piernas durante no pocos tramos de su ejecución.
Fervorosa del tango, para colmo, actuaba en reductos casi exclusivamente frecuentados por el sexo fuerte, cuando la fortaleza masculina no admitía los enfáticos relativismos que también el tiempo trajo consigo. Tuvo una breve temporada en el Teatro Argentino de La Plata, pero nadie podía verla porque tocaba en el foso. Hasta que sorprendió a todos y escandalizó a sus congéneres, pero fue aprobada de inmediato por el público tanguero, cuando debutó en 1921 en el desaparecido bar Domínguez, de Corrientes y Paraná (Corrientes 1537), no sólo como intérprete, sino como directora de orquesta. A su orquesta típica la integraban, entre otros, el violinista Emilio Vardaro (Vardarito) y un pianista de sólo 14 años llamado Osvaldo Pugliese.
El motorman, enojado
Paquita causó tal sensación que, una semana después del primer recital, la multitud que pugnaba por entrar al Domínguez era tan grande que la compañía de tranvías Lacroze se quejó porque sus coches quedaban paralizados, con el motorman haciendo repiquetear inútilmente la campana frente a quienes se conformaban con escuchar al menos desde la calle. El problema, policía mediante, se pudo solucionar sólo 15 días después.
El Domínguez no fue el único lugar en el que Paquita y su orquesta cosecharon ovaciones. Entre 1923 y 1924 tuvo éxitos similares en La Glorieta, La Paloma y La Terraza, en la Costanera Sur –paseo que, principalmente en horario nocturno, se afianzaba como favorito de la clase alta– y en la confitería 18 de Julio, de Montevideo.
Hija de inmigrantes andaluces, nació el 1º de mayo de 1900 en un antiguo pasaje entre Canning (actual Scalabrini Ortiz) y Malabia, no muy lejos del inquilinato inmortalizado por Vaccarezza en El conventillo de la Paloma.
Se atrevió con las 71 teclas del bandoneón, la conducción orquestal y, además, fue compositora. Escribió los tangos Floreal, Cachito, Soñando y La enmascarada –estos dos últimos fueron grabados por Gardel– y los valses Villa Crespo y Cerro Divino.
Paquita murió el 14 de abril de 1925. De bronconeumonía, explicó su familia, quizá queriendo evitar la palabra tuberculosis, enfermedad infamante de la época. Pese a que murió demasiado joven, Paquita Bernardo pudo darse el gusto. Nadie podía quitarle lo tocado.




