
Apuesta riesgosa para el Réquiem de Mozart
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"Escenas para el Réquiem de Mozart". Idea y puesta en escena de Eduardo Casullo. Solistas: Cecilia Layseca, soprano, María Inés Franco, contralto, Carlos Ullán, tenor, Luciano Garay, bajo. Cantoría Lugano y Orquesta dirigidos por Eduardo Vallejo. Vestuario: Mariela Daga. Coreografía: Gabriela Moyano. Teatro Margarita Xirgu.
Nuestra opinión: bueno
La licitud de recrear una obra musical resignificando sus contenidos está fuera de cualquier discusión. El arte, entre muchísimos otros asuntos más, implica el derecho a asumir las libertades que cada creador considere oportunas y, en función de los objetivos planteados, la implementación de las tácticas y estrategias pertinentes. En este caso puntual, en el cual Eduardo Casullo decide resemantizar el Réquiem de Mozart para escenificar la historia de un chico de la calle, la apuesta es riesgosa. Al mismo tiempo, la resolución de la problemática planteada no es sencilla y con resultados diversos, no necesariamente los óptimos.
La ausencia de un sobretitulado que explicitara contenidos textuales de la misa de difuntos transformó al Réquiem de Mozart en una obra de abstracción, sólo relacionada muy genéricamente con la idea de la muerte. Por lo tanto, dejando de lado casi por completo la exposición de la intimidad que Mozart supo construir entre texto y música, la misa se convierte en una especie de música incidental para que cantantes, actores y bailarines representen el transcurrir de un chico miserable, aislado de cualquier solidaridad o contención, que pasa su existencia pidiendo y que, sobre el final, vence simbólicamente a la muerte a través de la resurrección.
Con todo, y más allá de la creatividad demostrada por Casullo, la alianza entre música y escenificación no aparece siempre como la más apropiada. En este sentido, y aún entendiendo la lógica del desarrollo argumental, no es la música del "Introito" la más beneficiosa para que el coro represente el avance de una multitud de desarrapados, ni la del "Agnus Dei" la ideal para que la Muerte juegue a las barajas el destino del chico. Tampoco parece muy afortunada la elección de las máscaras que luce el coro en el "Rex tremendae majestatis" que aportan impacto visual, pero restan imponencia por la atenuación del sonido que provocan de modo insalvable. Los movimientos exasperados y cierta gestualidad de lugares muy comunes se perciben también en el "Confutatis". Por otra parte, también hay que hacer mención de escenas de gran belleza plástica y de teatralizaciones muy bien logradas.
En lo estrictamente musical primó la corrección, aunque las tareas agregadas que el coro debe acometer a lo largo de la obra van en desmedro de cierta prolijidad. Los pasajes polifónicos, el Kyrie y su reedición final o el "quam olim Abrahae promisisti", no tuvieron la precisión deseada, en el "Lacrymosa" se filtraron desajustes y desequilibrios entre el coro y la orquesta y hubo ascensos hacia los agudos que no tuvieron la mejor afinación. Del grupo de solistas, hay que destacar la muy buena labor del tenor Caros Ullán.
Vale destacar la devoción, el empeño y la voluntad demostrada por todos los integrantes de esta puesta, desde los coreutas hasta las bailarinas, los actores, los músicos y, por supuesto, Eduardo Vallejo, el fundador de la Cantoría Lugano, un director acostumbrado a enfrentar desafíos duros y que lleva adelante una obra consistente, conduciendo con solvencia a una formación en la cual sobresalen la buena disposición y la entrega personal.

