Arana: "Soy un esperanzado"
Con "El saludador", que se estrena hoy, el actor promete un espacio de reflexión.
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Era una puesta improvisada: Hugo Arana frente a un ventanal espejado posaba para el fotógrafo. Miró su propia imagen y se preguntó: "¿Quién sos?", "¿Quién te creés que sos?", mientras lo bañaba la luz del flash. Finalmente, la distensión.
El hall de la sala Casacuberta del Teatro San Martín fue el lugar más propicio para una entrevista con el actor, ya que en ese recinto se estrenará hoy "El saludador", de Roberto Cossa, con puesta en escena del autor y de Daniel Marcove.
El gran sillón del hall era una invitación al diálogo y la penumbra que bañaba el ámbito, propicia para el tono confidencial. La primera pregunta que surge naturalmente provoca una pequeña carcajada de Arana, mientras los ojos se encienden con una chispa de alegría.
-¿Quién sos?
-Soy un esperanzado. Alguien que necesita la esperanza necesaria. Soy quien está tratando continuamente de compaginar, equilibrar aquel universo que en algún lugar del alma uno soñó, ya sea en su infancia o a principios de la adolescencia, y que tenía que ver con la plenitud. Cuando había alegría, era alegría; cuando había dolor, era dolor. Uno era más pleno. A medida que pasó el tiempo me he ido encontrando, pero a pedazos. Es una lucha continua, de cada día, para estar entero.
-¿Por qué?
-Hay una eterna contienda entre el deseo, que tiene que ver con la aventura, con el descubrimiento, con la búsqueda, y el conservador que uno tiene dentro, que quiere aferrarse a lo que conoce, porque le da cierto grado de seguridad. En la actuación, también se apela a lo conocido, que impide la búsqueda. No reniego del conservador, porque el que conserva guarda. Si no, la vida de uno sería una anarquía, un caos. Me siento alguien que está en permanente búsqueda de armonizar los dos universos: el soñado y el de la realidad de hoy, mi mundo, que uno advierte contradictorio.
-¿Tiene que ver con la edad y el desgaste?
-Va paralelo con la edad del mundo. Guarda relación con la cultura, con lo que uno ha hecho, también con lo que no ha hecho y se ha transformado en una carga. Es un mundo muy conflictivo, donde a veces parece que se deteriora en algunos aspecto y, en otros, hay un suceder de cosas. Siento que soy un armonizador de esos dos mundos, aquel del ser casi infantil, pleno, con la capacidad de jugar, del juego como algo sagrado, con responsabilidad, y el de hoy, del cual quiero entender qué pasó.
-¿Alguna vez perdiste la capacidad de asombro?
-Me llama la atención, cuando aparece algún desaguisado en la dirigencia, que uno se sorprenda. Siempre me sorprende que todavía me sorprenda. No puedo llegar a definir si se trata una cuota no soportable de ingenuidad o es una cuota rescatable y sana de sorpresa.
-En el teatro, ¿te inquietan las nuevas aventuras o buscás la seguridad de la obra ya probada?
-La elección de una obra, por ejemplo, tiene que ver con la sensación de encontrar un nuevo interrogante.
-Entonces, ¿cuál es el interrogante de "El saludador"?
-La manera en que nos instalamos en este mundo en que estamos. Además, es Tito Cossa, un autor argentino. Y no creo que esté hablando sólo de nosotros, sino del hombre en general. No es una obra porteña, son ideas volcadas en forma de personajes. Es un matrimonio con un hijo, familia que tiene códigos muy particulares, que plantean una lucha de convivencia y de supervivencia. Tito es dueño de una gran poesía, de una ideología muy clara con la cual comulgo, coincido con el lugar de donde observa la conducta humana, los sueños, los terrores, los anhelos, y es dueño de un humor maravilloso, que se desprende solo, no se hace el gracioso. Es relajante y uno se vuelve más permeable.
-¿Es indistinto trabajar obras de autores argentinos o extranjeros?
-No me da lo mismo, porque tengo el placer de tener a Tito Cossa al lado y además codirigiendo. Entonces hay una nutriente más fuerte por estar el autor ahí. Es fantástico cuando el autor es como Tito.
-¿Estás conforme con tu carrera?
-Estoy muy contento de lo que hice. No quiere decir que esté satisfecho. No. Es como la vida, no siento que ya la viví; me queda mucho. Siempre hay interrogantes, cosas para ver. Estoy siempre dispuesto y tratando de cumplir con mis sueños de juventud. No tenía un proyecto en la cabeza y la actuación era sólo un lugar donde expresarme. El proyecto se fue armando, en el inconsciente, supongo. Siento que estoy tratando de cumplirlo. No tengo grandes arrepentimientos, fui aprendiendo algo de los llamados fracasos. Creo que uno aprende mucho de los tropiezos. Estoy bien con lo que hice y quiero seguir.
-¿Algún objetivo concreto?
-Intentar colaborar, primero conmigo, en el sentido de descubrir más refinados placeres en la tarea; de decir "oia, esto no lo sabía". En segundo lugar, compartirlo. Desde el teatro creo que jamás cambiaremos el rumbo del mundo, pero partiendo del hecho de que estamos, como sociedad, bastantes apaleados, bastante castigados, poder brindar desde el escenario la posibilidad de una nueva reflexión, la siento como un masajito en el alma. No sólo no nos viene mal, sino que lo necesitamos mucho. Y si uno se lo da a sí mismo, puede ser que alguien lo reciba. Ese es un objetivo por cumplir.
-¿Soñás con alguna obra o personaje antes de retirarte?
-Por empezar, no me banco la idea de retirarme, no tengo ganas. Por suerte en la actuación no hay jubilación. En nuestro país, todos los jubilados tienen que seguir trabajando. Parecería que aun los que tienen jubilación de privilegio necesitan seguir trabajando. Con más razón los que tienen el privilegio de saber lo que es el hambre. Para nosotros, por suerte, no hay edad.
El elenco de "El saludador" se completa con María Cristina Laurenz y Gerardo Serre.
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