Arctic Monkeys en el Lollapalooza: el peso de un clásico

Fuente: LA NACION - Crédito: Leo Vaca
Alejandro Lingenti
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31 de marzo de 2019  • 03:06

Ha pasado mucho tiempo -pronto serán quince años- desde la explosiva aparición Arctic Monkeys en la escena del rock británico . Y el dato viene muy a cuento por un par de buenas razones. Primero, porque esta banda de Sheffield fue pionera en aprovechar las potencialidades de Internet para la distribución y difusión de música: con su LP debut, Whatever People Say I Am, That's What I'm Not , superó el millón de copias más rápido que Oasis, sin depender de ningún hype de la prensa tradicional (expeditivo, Conor McNicholas, exeditor de New Musical Express, dijo alguna vez que "fue Arctic Monkeys quien hirió de muerte a NME"). Ese dato la terminó transformando en todo un símbolo del Lollapalooza 2019 : un festival dominado por una generación educada en plataformas de streaming y artistas cuyos repertorios tienen la amplitud de estilos propia de una lista de reproducción aleatoria. Y después, porque todo ese recorrido consolidó su andamiaje sonoro hasta transformarlo en una máquina perfecta: sólida, efectiva y al mismo tiempo sofisticada.

El rock granítico de Arctic Monkeys es demoledor cuando cobra velocidad. Ahí están para probarlo clásicos como "I Bet You Look Good on the Dancefloor" y "Brainstorm", apuntalados por un baterista fuera de serie, Matt Helders, quien es, además, corista de lujo. Pero Alex Turner también es capaz de cambiar de piel y convertirse con facilidad en crooner de linaje sobrio y elegante (pensar en el recién fallecido Scott Walker, Jarvis Cocker y Richard Hawley) cuando lo exigen temas tan refinados como "The Ultracheese" (con el fantasma de Elvis flotando en el aire) y "Tranquility Base Hotel + Casino". Esas dos canciones pertenecen al último disco grabado por la banda inglesa hasta la fecha, el más cercano al temperamento de The Last Shadow Puppets, proyecto paralelo de su talentoso líder. Turner supo contarle a la impresionante multitud que vibró en el Hipódromo de San Isidro la fábula espacial contenida en "Four Out Of Five", una especie de carta de amor al Bowie más glam. En una noche de clima perfecto, dominó la escena de principio a fin (poco más de una hora y media de concierto) sin necesidad de recurrir a la ampulosidad o a la demagogia. Lo que le confiere autoridad es su enorme estatura como intérprete, su ductilidad como compositor de grandes canciones y el aplomo con el que suele moverse.

Fuente: LA NACION - Crédito: Leo Vaca

A diferencia de lo que ocurrió con dos de los modelos importantes en el imaginario de Arctic Monkeys (The Strokes y The Libertines), atascados por momentos en el lodo de la autoindulgencia, los de Sheffield (la misma ciudad que engendró a Pulp) han sabido, en todos estos años, reciclarse con inteligencia e inventiva. Ellos mismos son conscientes de esa gran victoria que Turner, un letrista avezado, traduce con fantástica ironía en las primeras líneas de "Star Treatment", donde de a ratos juega a mutar en Curtis Mayfield: "I just wanted to be one of The Strokes / Now look at the mess you made me make", dispara.

La urgencia y la rabia juvenil caracterizaban a aquellas primeras canciones que escribió cuando tenía menos de 20 años. Hoy, armó la mini-ópera de ciencia ficción del último disco -aparecido a mediados del año pasado- basado en reflexiones adultas sobre los asuntos del dinero, la fama y la alienación provocada por la dependencia actual de la tecnología. Entre ambas etapas, hay un largo trecho que Turner llevó adelante con sus compañeros de ruta (Helders, Jamie Cook, Nick O'Malley, quienes estuvieron este sábado en Buenos Aires apoyados por dos sesionistas) sin perder nunca el norte. Ya pasó el tiempo suficiente como para que no sea un ademán exagerado usar la palabra clásico para referirse a Arctic Monkeys.

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