
Ariel Ramírez: a desandar esos caminos
Recorrido: el creador de "Misa Criolla" y "Alfonsina y el mar" repasará hoy en el Opera la propuesta de hace veinte años:"Provinciano en Buenos Aires", título de la zamba que hizo con Félix Luna.
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La charla empieza con el tema del estreno de esta noche:"No era más que un perro". "La poesía es de Cátulo Castillo, que me la envió con una dedicatoria. Tardé años en componerla. No quería caer en lugares comunes, por eso me costó una barbaridad ponerle música." Con Félix Luna -su poeta favorito entre Jaime Dávalos ("El Paraná en una zamba"), Guiche Aisenbert ("Tríptico Mocoví", "Los inundados"), Miguel Brascó ("Agua y sol del Paraná", "Santafecino de veras") y Juan L. Ortiz ("Vidalita de la paz")- la historia de las canciones fue al revés.
"Con Félix hablamos mucho. De Alfonsina Storni, por ejemplo, consiguió un material precioso (poesías de ella, artículos, etcétera). Y a mí me viene algo de la historia de Alfonsina, de mi familia. Alfonsina era de Coronda (Santa Fe), donde papá era profesor de literatura. Ella se carteaba con papá. Una hermana mía conserva ese material. El hecho es que con Félix Luna nos emocionamos. Yo escribo la música y él, que sabe música, le pone sus versos. Recuerdo que cuando la concluimos se la mostré a Mercedes (Sosa) y ella lloró de emoción. Mercedes fue la primera en cantarla. Ella la grabó para el sello Philips en la serie "Mujeres Argentinas", en 1969. El disco fue un fracaso en ventas. Cuando la presentamos en el teatro Alvear regalamos las entradas a mitad de precio. Pero luego la cosa se revirtió:hicimos dos funciones por día durante dos meses." La fama de Ariel trascendió con esta zamba, pero también con "Misa Criolla", que recorrió el planeta.
"Cada tanto me sorprenden nuevas versiones de la «Misa...» en distintas partes del mundo. La cantó el 10 de julio el coro de estudiantes de Berlín, Kantorei. Antes se cantó en Polonia, Italia, Israel; la hizo el coro de Madrigalistas de Bucarest; la presentamos en Nueva York, en Bonn. Pero hay hechos que me enorgullecen, como cuando Mercedes hizo la "Cantata sudamericana" en Sorrento, en la década del 60." Guiamos la charla por el costado del piano y, entonces, se cuelan historias de familia. Ariel habla de la abuela mezcla de quichua y árabe, que tuvo once hijos, que iban "de a caballo" a la escuela, que luego tomaban una carrera universitaria.
Allí aparece el nombre de Segundo Ramírez y esa oscura leyenda que lo acerca a la figura de don Segundo Sombra. Y los avatares de los destinos docentes de su padre entre Santa Fe y Gálvez.
"Fue en la escuela de Gálvez, donde papá tomó la dirección, donde vi por vez primera un piano. Estaba en el pequeño museo de esa casa. Desde entonces nunca más me separé del teclado. Después, ya vueltos a Santa Fe, en una casa hermosa que le asignaron a papá por ser gerente, me compraron el primer piano. Yo tenía 16 años. Papá era radical y, cuando la revolución de Uriburu, lo despidieron. Papá terminó siendo director de un diario." La profesora de Ramírez lo internaba en el mundo de Haydn, Mozart, Beethoven, Schumann. Pero era otro el llamado de su vocación.
"Se puede decir que enseguida empezó mi vida de vagabundo. Y fue don Arturo Schianca, pianista y compositor, quien me inoculó el virus de la música popular: estilos, triunfos, cielitos. A los 19 conocí a Atahualpa Yupanqui. Y él me financió (diez pesos para comer y vivir cinco días) un viaje a Jujuy, con una recomendación para don Justiniano Torres Agüero. El me llevó a vivir siete meses en su casa de Humahuaca. Allí escuché por primera vez un charango. En esa época empezaba a descubrir el folklore en Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, y a aprender todo lo que no se enseña en los conservatorios. Sin embargo quise estudiar música -armonía, composición-, que me enseñó Luis Gianneo del 45 al 50." Aquí empieza otra época inolvidable para Ariel Ramírez. La que tiene por base, desde 1950, el Centro Cultural Italo-Argentino de Roma, un palacio del siglo XVI.
"Allí estábamos gente de la talla de María Rosa Gallo, Clorindo Testa. Desde ahí forjaba mi trayectoria en Europa. Iba por Alemania, Austria, y volvía a Roma. En Viena, por ejemplo, pasé siete meses. Las vinculaciones se producían en cadena. Como jóvenes que éramos, nos moríamos de hambre, pero esas posibilidades no tienen precio." Epocas doradas. Uno piensa que nada más privilegiado puede ocurrirle a un artista argentino. Sin embargo, Ariel mide con otra vara.
"Lo más importante de mi paso por la música fueron mis diez años de estudio de la armonía y la composición con el maestro Erwin Leuchter. El me enseñó el ABC de la escuela alemana. El se había negado a recibirme diciéndome: "No puedo enseñarle guitarra", pensando que un folklorista no podía tocar otro instrumento. Era riguroso. Casi nunca ponía el "muy bien". Pero yo alcancé uno con una práctica de composición "al estilo Schumann" que él me encargó." (Ariel la toca en su hermoso piano Clavinova, una delicia.) "Recuerdo que me ausentaba, por mis conciertos y giras, pero yo pagaba sí o sí la mensualidad. Y el maestro Leuchter becaba con ese dinero a otro alumno. Mi beca ayudó a un director de orquesta."
Por la vuelta
Hace veinte años que Ariel Ramírez presentó "Provinciano en Buenos Aires". "Aquí estaremos Gerardo López (ex Fronterizos) haciendo "La peregrinación" con el coro del padre Segade, el Cuarteto de los Andes, los Hermanos Cuesta, el charanguista Rodolfo Ruiz, Viviana Vigil, Javier Rodríguez (coreuta del Coral de las Arenas, de Mendoza), estrenando "No era más que un perro", Domingo Cura y Facundo, con quien tocaremos tangos a dos pianos." Mientras pasan los días Ariel va reconstruyendo sus memorias. "Las escribo antes de que me olvide."





