Arquitectos en el escenario
Uno suele asombrarse de cómo van encadenándose las cosas hasta que de repente, a la manera de un rompecabezas resuelto involuntariamente, las piezas encajan entre sí y la memoria recupera un nombre, un episodio, una vivencia. Me sucedió el lunes último, durante un homenaje a Niní Marshall en el centenario de su nacimiento, en La Casona del Teatro. Dos espectáculos distintos, uno de café-concert con Ana Padovani, que sabe recrear con gracia los textos y los personajes de Niní, y otro, rato después, de revista, con el grupo Caviar, que evoca un desaforado desfile de modelos en la Maison Catita.
***
Tras la representación nos convidan con sándwiches y una copa. Sentado allí, con amigos, me vuelven las imágenes de una función a beneficio no sé de qué, hace por lo menos medio siglo, en el Odeón. La generosidad de Niní la llevaba a colaborar en estos acontecimientos, en los que solía acompañarla un personaje singular, dueño de una comicidad loca. Se llamaba Scolpini, un hombre de apariencia y gestos elegantes que cantaba, bailaba y actuaba con una soltura y una gracia insuperables. Digno compañero de aquella actriz única, irrepetible, genial. No he retenido el tema del sketch que interpretaban, tan sólo recuerdo que Niní estaba sentada a la derecha del escenario, vestida de azul y bajo una glorieta abrumada de rosas de papel. Scolpini irrumpía de pronto, desde la izquierda, patinando velozmente a bordo de un artefacto estrafalario y cantando, a voz en cuello, un estribillo contagioso: "Si usted quiere viajar en cohete-patín, en cohete-patín..."
En aquellos años se hablaba mucho de los cohetes. La Segunda Guerra había terminado poco antes y una de sus consecuencias fue que el famoso científico alemán Werner von Braun, creador de los misiles lanzados por Hitler sobre Inglaterra desde la orilla opuesta del Canal, partió contratado a los Estados Unidos. De modo que el tema de los cohetes - que culminaría con la exploración del cosmos y el desembarco en la Luna - estaba entonces de moda, y el ingenio de Scolpini había sabido sacarle provecho. Un amigo me sugiere: "Allí está la hija de Niní Marshall, Angelita. ¿Por qué no le preguntás por Scolpini?" Me presento, pregunto y Angelita, conmovida, contesta: "¡Cómo no iba a conocer a Scolpini, si es el padrino de mi hijo!" Y me cuenta que Carlos Scolpini era arquitecto, muy amigo de Niní, aficionado al teatro "un cómico de primera", comentaÑ, y que murió hace unos años.
Vuelvo a mi mesa y recuerdo a otro arquitecto atraído por el escenario, cuyo paso por el Di Tella no ha sido olvidado: Jorge Bonino. El de "Bonino aclara ciertas dudas", el inefable charlista, creador de un idioma improbable, que no aclaraba nada sino que, al contrario, mostraba el absurdo del mundo; pródigo en ocurrencias aparentemente disparatadas, pero de las cuales brotaban una ternura y una solidaridad conmovedoras. Llegó a triunfar en París, donde sus delirios cautivaron a una crítica exigente. No se sentía cómodo, sin embargo, y volvió a su Córdoba natal para morir, joven aún.
***
Sería injusto no recordar aquí la tarea formidable, de difusión y esclarecimiento de la dramaturgia contemporánea, emprendida a fines del decenio del cincuenta por el Teatro de Arquitectura, creado por tres estudiantes de esa disciplina que hicieron luego carrera en el espectáculo: Jorge Petraglia, Leal Rey y Roberto Villanueva, responsables de habernos traído, los primeros, a Beckett y a Pinter. Ni podríamos olvidar que dos de los más grandes escenógrafos argentinos pasaron por las aulas de Arquitectura: Luis Diego Pedreira y Gastón Breyer.







