Arte contemporáneo que reescribe el pasado

Pedro B. Rey
Pedro B. Rey LA NACION
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18 de agosto de 2019  

En la colección permanente de la Tate Modern, en Londres, puede verse una serie de posters de las autodenominadas Guerrilla Girls, el grupo neoyorquino de artistas mujeres que en los años ochenta, de manera anónima y ocultando su identidad bajo máscaras de gorila (el juego es que "gorilla" y "guerrilla" en inglés se pronuncian casi igual), denunciaban la discriminación que sufría su género en los museos y la poca atención que le dedicaba la crítica. "¿Tienen que aparecer desnudas las mujeres para entrar en el Met?", pregunta una de las láminas, al tiempo que muestra a la odalisca de Ingres con careta de primate. La Tate no es la única galería que alberga hoy el humor ácido y confrontativo de las Guerrilla Girls. Es solo el espacio en que me tocó enterarme de su existencia y donde pude recordar que, en efecto, no todo empezó con el #MeToo.

Las activistas ponían el acento en lo contemporáneo y, al mismo tiempo, buscaban reescribir el pasado. Reivindicaban a Louise Bourgeois (la ventaja de ser una mujer artista, decía uno de los posters hablándole a la escultora francesa, es que tu carrera recién va a despuntar cuando tengas ochenta años), pero firmaban usando como alias el nombre de pintoras que las habían precedido (Frida Kahlo, Käthe Kollwitz, Liuba Popova).

No tengo noticias de que para sus seudónimos las Guerrilla Girls hayan echado mano de Berthe Morisot (1841-1895) ni de Natalia Goncharova (1881-1962), dos artistas que en estos meses son objeto de retrospectivas individuales en el Musée d'Orsay (la primera) y en la propia Tate Modern (la segunda). La sincronía tal vez sea oportunista, pero también oportuna. El grupo neoyorquino, si aún existiera, seguramente encontraría motivo para algún nuevo guiño sarcástico: Morisot y Goncharova fueron admiradas y consideradas grandes talentos por la comunidad de artistas de su tiempo. El problema de que quedaran en segundo plano correspondió a desidias más profundas.

Los cuadros de la francesa Morisot figuran con cuentagotas en las prolíficas salas del Orsay entre la enorme producción de sus camaradas impresionistas. Pintaba retratos, escenas cotidianas y campestres. Eran los temas frecuentes en el impresionismo, que además de explorar los juegos de la luz se interesaba en la vida y los paisajes más a mano, pero llevaron al facilismo crítico, sobre todo en el siglo XX, de considerarla una artista doméstica. Lo mejor que puedo decir en mi favor (y en favor del magnetismo de Morisot) es que la primera vez que estuve frente a sus cuadros pasé largo tiempo observándolos sin saber quién los había pintado, tratando de adivinar qué impresionista desconocido era el que empezaba a tender hacia un territorio nuevo y todavía sin nombre.

Morisot aparece, por lo demás, como musa secreta en más de un cuadro del Orsay. El más conocido es El balcón, un óleo de 1872 pintado por Édouard Manet, su cuñado. Se la ve sentada, un abanico entre las manos, con una mirada que por momentos tiende a la melancolía y por otros a la sorpresa. Manet la pintó muchas veces: ese mismo año volvió a retratarla, solitaria y sugestiva, con un ramo de violetas.

La variada y colorida obra de Natalia Goncharova se relaciona, en cambio, con las vanguardias más tempranas del siglo XX, cuando la escena rusa, por periférica que fuera, se había convertido en un centro artístico efervescente. Antes de la llegada del suprematismo de Malevich, Goncharova, Mikhail Larionov (su marido) y otros artistas jóvenes habían impulsado el neoprimitivismo y el rayonismo, donde se apropiaban por un lado de la tradición de los íconos rusos y, por otro, experimentaban con un cubismo singular, de líneas múltiples. No se puede decir que no entendieran de publicidad. En septiembre de 1913 se pavonearon por las calles moscovitas con las caras pintadas de rojo y azul con un único objetivo: escandalizar. La exhibición de Goncharova que se inauguró días después, la más grande hasta entonces de cualquier artista ruso, es todavía hoy un acontecimiento decisivo de la avant-garde. Al año siguiente, los diseños para una puesta de los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev la convertirían, además, en artista todoterreno. Ya instalada en París, siguió trabajando para el teatro y colaborando con Diaghilev mientras sus cuadros exploraban las más diversas direcciones. Larionov -un pintor de talento que dejó los caballetes para convertirse en el mejor adalid de su mujer- inventó un término, "vsechstvo", que podría traducirse como "todoísmo", para definir esa creatividad abierta a toda clase de inspiraciones. A él, al menos, aunque nunca se sabe, las Guerrilla Girls seguramente le ahorrarían, de volver al ruedo, sus brillantes sarcasmos.

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