
Baglietto, en una buena fiesta de 15
Rosariazo: el cantante demostró con dos buenos recitales en el teatro Opera la vigencia de la movida que se inició en 1982.
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Desde Rosario llegó la nueva música que necesitábamos. Fue en 1982. En el Salón Azul, de Boca. Allí estaban los teenagers o apenas veinteañeros Silvina Garré, Fito Páez, Rubén Goldín y Juan Carlos Baglietto, a los que se incorporarían los gloriosos nombres de Jorge Fandermole y Adrián Abonizio. Y más adelante Lalo de los Santos.
Se les llamó la nueva trova rosarina. Un nombre propio conquistado a golpes de talento y de imaginación.
Ellos también proclamaban entonces "la imaginación al poder". Eran todos esencialmente creativos. Hasta este Baglietto que festeja ahora sus quince años con el canto en el teatro Opera. Porque Baglietto no componía ni un solo tema del repertorio, sino que creaba toda una estética al cantar. Muchos pensaron que las canciones eran suyas. Ocurrió durante mucho tiempo. El tampoco se encargó de aclararlo...
Ellos heredaban una impronta rosarina pródiga en arte. Honesta, sincera, natural, sin ínfulas. Los rosarinos fueron y son el otro venero de talentos, como aquella Salta del folklore desde fines de los años cincuenta.
Se trataba del mismo Rosario de Litto Nebbia, de Kique Llopis, de Antonio Agri, de Néstor Marconi, de José Luis Bollea que cantaba como los dioses en el Conjunto Pro Música de Rosario. En medio del río marrón, de barcos y piringundines, de tanos y gallegos, crecía con nuevos bríos la inventiva de músicos y poetas, inaugurando nuevos caminos que no fueron de cenáculo sino de vida palpitante.
Estos rosarinos de la nueva trova traían canciones lacerantes. Bastaron dos paradigmas para advertirlo: "Mirta, de regreso", de Fandermole, y "Era en abril", de Abonizio.
Alta poesía preñaba las melodías de nuevos, inspirados giros. Abonizio y Fandermole sorprendieron con la contundencia de su patetismo poético. Incluso se los acusó de pesimismo, cuando el pesimismo arranca la verdad de la entraña misma de las cosas, de los hechos y de las conductas.
Después vendrían otras canciones prototípicas, como "Río marrón", y el aporte de Fito Páez, músico-poeta.
Baglietto, en la memoria emotiva
Bueno. "15 años"; recital de Juan Carlos Baglietto (voz, guitarra), acompañado por Pablo de la Loza (teclados), Eduardo Rogatti (guitarra), Sergio Sáenz (bajo), Juancho Perrone (percusión) y Fernando Marrone (Batería). Artistas invitados: Julia Zenko, León Gieco, Virgilio Expósito, Marco Pusineri, Jorge Fandermole, Adrián Abonizio y Lalo de los Santos. Teatro Opera.
La sala está casi llena de gente que ya tiene recuerdos. No son aquellos jóvenes desprolijos que colmaron el estadio de Obras el 14 de mayo de 1982 dándole vida a ese fenómeno creativo que se conoce hoy como Rosariazo. Tal vez sean los mismos, pero ahora pulcramente vestidos y con algunos años -exactamente, quince- de cambios y supervivencia.
Hoy, Juan Carlos Baglietto va a "Actuar para vivir" y muchos regresarán a aquella edad marcada por el final de la represión y Malvinas.
Se encienden unas luces tenues y, entre dos cortinados que sirven como pantallas de proyección, Baglietto y un angelito están sentados en el umbral de una puerta. La misma de aquel primer disco, "Tiempos difíciles", con el que arrancó el fenómeno de La Trova comandada por este intérprete llegado del rock con una fuerte personalidad y una voz privilegiada. La primera ovación: "Las cosas tienen movimiento".
Ahora podemos ver todo el escenario y, mientras duran los aplausos, llega otro clásico, "Mirta, de regreso", como para no darle respiro a ese público que vino a escuchar exactamente esto.
Es un espectáculo preparado con total dedicación. Una apuesta muy fuerte que encuentra su razón de ser en la buena convocatoria.
Casi una treintena de temas esperan cobrar vida en una voz que se muestra intacta en un hombre que ya no usa jardineros, sino un traje cruzado de dudoso gusto, y que a veces sobreactúa innecesariamente.
"Eclipse de mar", "Tratado de impaciencia" y "Mami" van armando un rompecabezas en el que participan Julia Zenko (que pone su buena voz en "De mi barrio") y León Gieco, que se roba los aplausos con su participación en "Salsanitos".
Y llega el maestro Virgilio Expósito para improvisar "Naranjo en flor". Es cierto que se olvidó, sobre el escenario, lo que habían ensayado, pero igual sale adelante sosteniendo con su voz la de Baglietto en el momento en el que todo el mundo se puso de pie para reconocer al autor (junto con su hermano Homero) de este "tratado de filosofía", como lo definió el rumano-francés Emile Cioran, que en el tango argentino vivió su "última gran pasión".
Pasó más de una hora y apenas llegamos a la mitad del recital. Siguen "Piedra y camino", "Hechos de gente" y "El loco de la calesita", canción con la que empieza una seguidilla de clásicos que aceleran el corazón: "El témpano" (con Marco Pusineri en percusión), "Matecocido", en el que son invitados Jorge Fandermole, Adrián Abonizio y Lalo de los Santos, "Tratando de crecer" y "La vida es una moneda".
Y llega el final con lluvia. Una lluvia verdadera sobre Baglietto que, en esta situación, se tienta de risa. Tal vez, el corolario de una apuesta fuerte, aunque con una banda que a veces desentonó con tanto entusiasmo, sobre todo con desajustes en la base rítmica y sonidos bajos sobrecargados.
Baglietto cumplió, y en el último bis volvió a estar solo, con su guitarra acústica, y así regresar "Para la libertad" como en los tiempos pre- porteños.
El entusiasmo del público continuó a pesar de las casi dos horas y media de recuerdos, y el intérprete no pudo resistirse a volver con "El gigante de ojos azules", fuera de programa, como aquellos jardineros de hace quince años.
Una voz en la cúspide
Una voz de acero se gesta en la garganta de Juan Carlos Baglietto. Un registro de tenor capaz de alcanzar difíciles agudos y de emprender volcánicos fraseos lo coloca en la cúspide de los intérpretes rosarinos.
Baglietto afina como pocos. Y respeta también como pocos la melodía de un cancionero heredado, como éste, del pop de The Beatles y del rock más creativo, y de aquel del folklore y el tango.
Pero ese ímpetu interior, hostigado por un histrionismo incurable, incorregible; esa llama soplada histéricamente por el histrión se va conviertiendo en fuego fatuo.
El cantor y su máscara
En Baglietto parecerían convivir la persona y el personaje; el cantor y su máscara. Para escucharlo -y quizá disfrutarlo- habrá que arrancar esa persona (del "per sonare" heredada de los griegos), esa máscara hecha de morisquetas, de movimientos espasmódicos, de hiperkinéticas contorsiones, de caminatas y brazos que se blanden como aspas.
En las canciones profundas no conviene mirar a Baglietto. De pronto, en el momento más dramático, más trágico, puede llegar la mueca depredadora de la emoción y derrumbarse todo el clima de una canción.
Pese a todo, la voz de acero de Baglietto seguirá empecinadamente rescatando un cancionero testimonial que está lejos del de la protesta.
Un cancionero que nos habla de la condición humana y de las tribulaciones del vivir en este Sur inhóspito. Un cancionero en el que caben el tango "Naranjo en flor", y la zamba "Piedra y camino", donde las metáforas alimentan una poesía de hondo patetismo y belleza trascendente.
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