
Bellas melodías, justos desagravios
¿Quién que haya pasado los cuarenta y pico no silbó alguna vez, como Alain Delon, el tema que "Los aventureros" dedicaba a la protagonista, "Laetitia"?
¿A quién no le suena familiar, aunque ignore el título, el viejo rag "The entertainer", que se hizo popularísimo con "El golpe" y después se volvió casi indispensable como banda sonora de contestadores telefónicos?
¿A cuántos de los espectadores más veteranos todavía se les enciende el corazón cuando vuelven a oír "El amor es una cosa esplendorosa" o "Un hombre y una mujer"? El cine nos ha colmado la memoria de imágenes, pero también de melodías que a veces son inseparables de aquéllas y a veces se independizan hasta desprenderse de la historia que les dio origen y de la emoción que traían asociada. Ya son canciones de dominio público; podemos desconocer su linaje y su cuna: nos pertenecen. Y aunque ese ascenso a un anonimato casi folklórico puede ser la más alta aspiración de un compositor, implica también alguna ingratitud para con él. ¿Acaso alguien recuerda que fueron François de Roubaix y Jean Pierre Lang los creadores de "Laetitia" o que detrás del esplendoroso tema de "Angustia de un querer", del que Nat King Cole hizo un hit, estaba la inspiración de Sammy Fain? Tampoco son tantos los que recuerdan el nombre de Scott Joplin, a cuyos rags de comienzos de siglo (del XX) se debe el encanto nostálgico de "El golpe".
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Sobran los ejemplos de compositores ignorados: "Casablanca", caso paradigmático, hizo famosa en el mundo la melodía de "Según pasan los años", pero no a su autor, Herman Hupfeld. Y lo mismo les pasó a Manos Hadjidakis ("Nunca en domingo"), a Anton Karas ("El tercer hombre"), a Harold Arlen ("Over the Rainbow"). La lista sigue.
Y en ella también puede incluirse a Luiz Bonfá, el refinado guitarrista y compositor carioca fallecido el viernes. Muchos de los que disfrutaron de cualquiera de las centenas de versiones de "Mañana de carnaval" vinieron a enterarse ahora de que aquella música tristona aplicada a versos que hablan de la felicidad fue obra de su rica inventiva. Y es curioso constatar que en su nacimiento intervino el interés comercial. Porque quería asegurarse los derechos de edición de las partituras, el productor Sacha Gordine impuso la creación de una nueva banda sonora cuando decidió transformar la pieza de Vinicius y Jobim "Orfeu da Conceição" en la película "Orfeo negro". Le tocó a Bonfá, guitarrista en la puesta original de teatro (donde -otra curiosidad- la escenografía era de Oscar Niemeyer, el arquitecto de Brasilia), componer un par de temas, y ya se sabe con cuánto éxito. "Mañana de carnaval" se convirtió en un clásico, y eso que venía en compañía de inolvidables piezas de Jobim como "A felicidade". Sin embargo, Brasil nunca le dio a Bonfá el lugar de relevancia que merecía y que sí encontró en los Estados Unidos, donde grabó cincuenta álbumes. Nos gusta creer que esa desatención fue reparada en parte por el triunfo de la canción que el cine hizo inmortal.
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