
Del Toro pasó por Baires y Córdoba en busca de data y merchandising de Ernesto Guevara
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De vez en cuando, una estrella de Hollywood arriba a estos confines para hacernos sentir la raza más frívola del continente. Lo hizo Walt Disney en persona. Lo hizo Johnny Depp: cumpleaños privado en Buenos Aires. Jean Reno asistió en 2004 al casamiento de un amigo en Córdoba. Y ahora fue el turno de Benicio del Toro (Santurce, Puerto Rico, 19 de febrero de 1967), que fuera un criminal grasiento en Los sospechosos de siempre (Bryan Singer, 1995), un costal de drogas y adiposis en Pánico y locura en Las Vegas (Terry Gilliam, 1998), un ex convicto renacido en 21 gramos (González Iñárritu, 2003) y un cafiolo reventado en La ciudad del pecado (Rodriguez, 2005).
En 2006 Benicio intentará pisar nuevamente la alfombra roja del Oscar calzando la chaqueta del Che, en una nueva recreación de la vida del revolucionario Ernesto Guevara que comanda Steven Soderbergh, director de Benicio en Traffic (2000), la película que le permitió al puertorriqueño manotear un premio de la Academia como Mejor Actor de Reparto.
Es un proyecto de larga data. En el año de Traffic empezaron Benicio y Soderbergh a barajar la idea de una biopic sobre el Che, materia aventurera que es pan comido con celuloide. La producción, finalmente, fue demorada por el estreno de Diarios de motocicleta, de Walter Salles. Una vez pasado el torbellino del Che-Gael, volvió el fantasma del Che-Benicio.
El proyecto, ya en marcha, lo trajo a Del Toro en un chárter Hollywood-Argentina. Pasó por el cumpleaños de Maradona el domingo 30 de octubre (reunión cumbre con Emir Kusturica, quien vino a tomar imágenes de Diego liderando la marcha de protesta contra la llegada de Bush) y aterrizó luego en la ciudad de Alta Gracia, ubicada en las Sierras Chicas de Córdoba, donde descansan la cuna, algunos amigos y el más genuino santuario del guerrillero argentino.
Benicio aprovechó el viaje y se encontró con Carlos “Calica” Ferrer, amigo de la infancia del Che. Con puro, barba, gorra y remera de The Clash, Benicio era la imagen del mito muerto pero vivo. Podemos inferir que Del Toro será un buen Che, no como Omar Shariff. O Gerardo Romano.
A Alta Gracia partió un grupo de periodistas de la capital cordobesa, advertidos de la presencia de la estrella. Tras una forzada conferencia de prensa que para muchos fue insuficiente, comenzó “la caza del Toro”. Los vehículos de tres medios locales salieron como los Duques de Hazzard tras la polvareda que dejó el auto que llevó al actor desde la conferencia hasta un asadito hecho en un country. Horas bajo el sol esperando en la puerta la carroza de Benicio para que, finalmente, salga tal como entró: a bordo de un auto con vidrios polarizados, rumbo al aeropuerto.
Adelante iba el cretino vestido de negro que montó un cerco personal alrededor del actor, impermeabilizándolo contra cualquier acceso de la prensa. Benicio del Toro iba atrás. Suponemos. Nunca más nadie lo vio.
Hasta la derrota, siempre.





