Rigoletto: Benini y el ADN de Verdi lograron sacar lo mejor de esta sobria puesta

Virginia Chacon Dorr
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14 de marzo de 2019  

Rigoletto, de Giuseppe Verdi / Dirección de escena: Jorge Takla / Dirección musical: Maurizio Benini / Escenografía: Nicolás Boni / Reparto: Fabián Veloz/Leoanardo López Linares (Rigoletto), Pavel Valuzhin/Darío Schmunck (el Duque de Mantua), Ekaterina Siurina Castronovo/Laura Rizzo (Gilda), Ricardo Seguel/Leonardo Estévez (Monterone), George Andguladze/Goderzi Janelidze (Sparafucille), Guadalupe Barrientos/María Luján Mirabelli (Magdalena), Christian Peregrino/Juan Font (Marullo) / Dirección de coro: Guillermo Martínez / Teatro Colón / Próximas funciones: mañana, el sábado y el domingo; martes 19, miércoles 20 y viernes 22 / Nuestra opinión: buena

"¿Soy una buena persona? No. Pero, ¿intento ser mejor cada día? Tampoco". Este chiste podría haberlo dicho el vil bufón Rigoletto en la corte de su amo. Y hubiese sido cierto, tanto para él como para los que los rodean. Con la trágica obra del genio verdiano, el Teatro Colón abre su temporada de ópera de manera sobria, con algunos chispazos de genialidad bajo la batuta del director italiano Maurizio Benini.

La noche comienza con una apuesta fuerte de parte del director Jorge Takla: la fiesta que celebra prácticas disolutas del Duque de Mantua, Rigoletto y sus amigotes, se troca por el cuerpo desnudo y ultrajado de la hija de Monterone. En el centro de la escena, una estatua enorme y fragmentada de un rey, fija la mirada aterrada en la jaula en la que fue introducida la muchacha, enroscada de angustia, como metáfora de la maldición que caerá sobre el bufón. Poco se puede hacer después de eso en la obra, la vara del drama quedó muy alta; lo único más contundente quizá es el filicidio, pero para eso hay que esperar hasta el final.

En la interpretación primó la exploración de los perfiles psicológicos de los roles, girando el foco hacia el eje en tensión del padre y la hija. En actuaciones vocalmente moderadas y correctas, el barítono Fabián Veloz y la soprano Ekaterina Siurina (Rigoletto y Gilda) exploraron sutilezas en los dúos "Piangi, fanciulla" y "Lassù... in cielo". Por su lado, el aria de Gilda "Tutte le feste al tempio" fue interpretado por Siurina con una particular delicadeza y dulzura, sin alardes de coloraturas innecesarias. Después de todo, su rol es el único que aporta cierta humildad a una ópera plagada de gañanes y corruptos.

Por su parte, el tenor Pavel Valuzhin se puso en la piel del Duque de Mantua. Su ligereza vocal y herramientas técnicas le permitieron administrar su fiato y proyección para cumplir con el rol, especialmente en el dúo de amor con Gilda y la ansiada "La donna è mobile", uno de los grandes "himnos" de la ópera. Tanto Seguel como Andguldaze y Barrientos cumplieron sus partes con corrección, al tono de sus compañeros de elenco.

Benini sacó lo mejor de la orquesta en lo que va del año. El control de las dinámicas, la claridad al enmarcar las líneas melódicas, y las pausas dramáticas hicieron que el sobrio dramatismo de la puesta (quitando el inicio) se renueve con una singular fuerza. Si no fuese cuento chino, uno pensaría que el ADN italiano activó lo mejor de Verdi en el foso.

Sin intenciones grandilocuentes y con algunos destellos interesantes, el Teatro Colón vuelve a poner en escena la historia del vil bufón verdiano, que siempre está ahí para recordarnos que no hay nada más peligroso que el poder y la mala junta.

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