
El homenaje de Pop Life a la chica pin-up
4 minutos de lectura'
Me intriga saber qué piensa el feminismo de Bettie Page, con qué criterio juzgan su figura histórica. Su desparpajo, su falta de pudor en épocas de pacatería extrema, su valentía a la hora de sacarse la ropa frente a las cámaras desafiando a la falsa moral de quienes la condenaban en público y la deseaban o envidiaban a escondidas puede ser visto, dependiendo el nivel de corrección política de cada uno, como un gesto de sumisión que dio paso la explotación sexual femenina y su transformación en un simple objeto de placer visual, o en un acto de coraje que deja en claro que cada mujer es dueña de su cuerpo y tiene derecho a hacer con él lo que le venga en gana, incluso exhibirlo a cambio de fama y dinero. Las dos conjeturas son válidas, aunque si tenemos en cuenta lo que declaró en una entrevista para Playboy en 1998 (“nunca pensé que pudiera ser vergonzoso. Para mí era normal. Simplemente pensé que era mucho mejor que martillar una máquina de escribir ocho horas por día, lo cual se vuelve monótono”) podemos pensar que su intención estaba bastante más cercana a la segunda que a la primera.
Con ese grado de saludable inconsciencia se manejó Bettie a lo largo de su carrera como chica pin-up. Sus ganas de desnudarse no eran un manifiesto sociopolítico, aunque a la larga lo fueron. Sus fotos de sadomasoquismo soft no eran un castigo a la masculinidad para vengarse de ese padre siniestro que abusaba de ella cuando era pequeña, pero a varios los dejó en orsai frente a los recovecos de su libido. Su retiro y conversión al cristianismo, desde fines de los 50, no se debió al arrepentimiento, sino a un mero deseo de hacer otra cosa con su vida. Y su reticencia a dejarse fotografiar a partir de ese momento no se originaron en una pretensión de misterio al estilo Greta Garbo, sino en la más pura coquetería femenina (la prueba está en que, cuando quiso, permitió un retrato que dejó la mostró hermosa a los 82 años y dejó de manifiesto que la belleza, cuando es real, no mengua con los años, sino que sólo cambia).
Bettie murió el jueves pasado, a los 85 años. Llevaba casi cinco décadas en la oscuridad por voluntad propia, luchando contra la esquizofrenia y demás demonios, tan alejada del ojo público que recién comprendió la importancia de su leyenda a fines de los 90, cuando un grupo de periodistas la rastreó y la puso al tanto. Nos deja un legado de provocación del que se están alimentando casi todas las "chicas malas" (énfasis en las comillas, que los tiempos han cambiado y mucho) de hoy en día: como dice Gil Kaufman en MTV, "el flequillo y las jumpers sexies de Katy Perry, el libro Sex de Madonna y su fascinación con el bondage, la obsesión de Rihanna con el cuero y el encaje, Uma Thurman en Pulp Fiction, el sitio SuicideGirls, las Pussycat Dolls y la carrera completa de la ex esposa de Marilyn Manson Dita Von Teese" no habrían sido posibles sin Page. Ese halo contradictorio de ingenuidad y sordidez que tan naturalmente irradiaba, esa combinación de belleza, inteligencia, personalidad y sensibilidad, y por qué no, ese físico privilegiado de morocha pulposa, la convirtieron en un ícono del siglo XX que se extiende sobre el XXI.
El acto de desnudarse para vivir, decíamos, puede verse como un reconocimiento de obediencia o un desafío a las tan arraigadas leyes culpógenas judeocristianas que más de una vez nos rigen sin que siquiera lo notemos. Cada uno sabrá cómo la recuerda, pero a no olvidarse: la que portaba el látigo siempre era Bettie.


