Las diez millones de copias de American Idiot lo certifican: nadie se benefició tanto con George W. Bush como Green Day. Cómo hicieron aquellos tres adolescentes punkies descontrolados para convertirse en esta banda militante de 2005.
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Es la penúltima noche en la gira de Green Day por los Estados Unidos junto a su álbum American Idiot y la banda está haciendo un prolijo concierto en el Gaylord Entertainment Center en Nashville. Si se puede decir que es un concierto… En realidad, es puro teatro político brechtiano, mezclado con una metralleta de punk rock antigubernamental. El cantante y guitarrista Billie Joe Armstrong –un minúsculo dínamo vestido de negro con los ojos delineados– hace el papel de un Gran Dictador que, entre canción y canción, marcha por el escenario con su guitarra al hombro y se presenta a la multitud: “George W. Bush. ¡Pero mis amigos me dicen «Idiota»!”. Impactantes explosiones masivas (regidas por el equipo de pirotecnia de la banda) sacuden periódicamente el lugar y, enfermizas, hacen rememorar los ataques en Nueva York, Madrid, Londres e Irak. A cuatro canciones de haber empezado el show, las luces se apagan y el lugar se sumerge en una oscuridad total. Armstrong, iluminado por un satánico reflector rojo, eleva una mano por sobre la multitud y recita, en tono malicioso, el Pledge of Allegiance [juramento de lealtad], mientras el bajista Mike Dirnt lanza una línea de bajo que induce a la paranoia y el baterista Tre Cool golpea el parche imitando el sonido del reloj de una bomba a punto de detonarse. La banda explota con “Holiday” (una incendiaria canción contra el gobierno estadounidense en la tradición de “Masters of War” de Dylan). Y cuando, cerca del final del show, tocan la lastimera balada “Wake Me Up When September Ends”, una cortina de chispas emerge desde un dispositivo debajo del escenario, generando un hermoso y elegíaco espectáculo. Armstrong eleva la cabeza y observa cómo la lluvia de fuego vuelve a caer sobre lo que Green Day nos ha convencido es un país, y un mundo, en serios problemas. Pero antes de dejar el escenario, Armstrong ruge a la multitud: “¡Ellos no tienen el poder! ¡Ustedes son los líderes! ¡Nosotros elegimos a estas personas! ¡No dejemos que dirijan nuestras vidas ni nos digan qué hacer!”. Por un momento, suena como un candidato presidencial.
No es casualidad. Con el lanzamiento de American Idiot en septiembre de 2004, seis semanas antes de las elecciones presidenciales, Green Day dejó en claro que abandonaba su identidad como el trío de punk bobo de California que en el 94 había alcanzado el primer puesto con una canción, “Longview”, acerca de idiotizarse con la televisón y atragantarse con el pollo. American Idiot fue muy ambicioso, generó grandes expectativas, y sonó como un directo llamado a las armas para derrocar al idiota del Salón Oval más poderoso del país. Aunque el álbum no logró ese cometido, llegó a vender 10 millones de copias en todo el mundo y le hizo ganar un Grammy a Green Day, que luego arrolló en los mtv Video Music Awards de este año. Se dice que American Idiot es la primera ópera punk rock del mundo, pero es algo más: es un valiente y políticamente astuto álbum de rock, una suite rica en melodías, que le da voz a los marginales desencantados suburbanos de los Estados Unidos que no se sienten representados por los líderes actuales, y que son demasiado sabios para aceptar la “realidad” presentada por los noticieros que venden el guión gubernamental de miedo y belicismo: “Una nación con una nueva manía”, como señala Armstrong en el feroz tema que le da título al disco.
La transfiguración de Green Day, de tontuelos punk pop a agitadores políticos explícitos, fue desconcertante, salvo para los que sabían de las infancias de los miembros de la banda, y de su temprana formación como banda al calor de la arenosa escena punk rock de Berkeley, California. Una historia que, en retrospectiva, hace que el surgimiento de American Idiot, y la atendible manifestación rebelde de su show, parezca prácticamente inevitable.
Billie Joe Armstrong nació hace 33 años en Oakland, California, y creció en Rodeo, un suburbio de clase obrera, en San Francisco. Fue el menor de seis hermanos, hijo de un camionero y una camarera, y era un talentoso cantante. A los 5 años, con el estímulo de una maestra de música, grabó un tema, “Look for Love”, en un pequeño sello local y realizó algunas presentaciones junto a su padre, Andy, en la batería. Tuvo una infancia feliz hasta que, cuando Billie Joe tenía 10 años, su padre murió de cáncer. Su madre se quedó sola criándolo a él y a sus cinco hermanos con su salario de mesera en un restorán 24 horas llamado Rod’s Hickory Pit. “Trabajaba miles de horas extra”, cuenta. “Mis hermanos y hermanas tuvieron que crecer demasiado rápido y hacer de padres para mí.” Luego, su madre se casó con un hombre al que todos los hermanos detestaban. Billie Joe se refugió en la música y, desde que entró en el colegio Carquinez Middle School hacia fines de 1982, a los 11 años, no pensó en otra cosa que en aprender a dominar la guitarra. Un día, se puso a conversar con un compañero de clase, un flaquito rubio también fanático de la música, Michael Ryan Pritchard, hoy más conocido como Mike Dirnt. “La primera conversación que tuvimos fue acerca de la música y la composición”, dice Dirnt.
Dirnt se describe a sí mismo como alguien que “siempre está mirando desde afuera”. Nació en 1972, hijo de una madre adolescente adicta a la heroína, y fue dado en adopción a las seis semanas de vida. Sus padres adoptivos se divorciaron cuando tenía 7 años, y él se quedó solo con su madre, una mujer negra, que tenía que trabajar en tres empleos para poder mantener a la familia. “Nunca la veíamos”, dice Dirnt. “Tenía que trabajar todo el tiempo.” Como Armstrong, se refugió en la música, tocando la guitarra en su dormitorio. Cuando los dos se hicieron amigos en Carquinez, armaron un espacio para ensayar en el living de la casa de Armstrong para zapar y hacer covers de Van Halen y Mötley Crüe. Cuando la madre de Dirnt cayó en bancarrota, perdió su casa y debió mudarse del lugar, Dirnt se fue a vivir al garaje de la casa de Armstrong.
“Cuando sos chico, las ideas políticas son básicamente lo que le escuchás putear a tus padres en casa”, dice Dirnt. “Me acuerdo de cuando era chiquito, que quería que ganara Jimmy Carter. No sé por qué carajo quería eso. No tenía idea quién era el tipo.”
Pero cuando tuvieron 15 años, Armstrong y Dirnt se aventuraron por primera vez en el gran boliche punk de todos los tiempos, 924 Gilman Street Project, y todo cambió. Ubicado junto a un depósito de enlatados en el sórdido distrito de galpones de Berkeley, 924 Gilman era el centro, cubierto de graffiti y sin fines de lucro, con legiones de punks con tatuajes y crestas que manejaban el lugar como voluntarios sobre una base de cooperativa. Gilman fue el sitio en el que Armstrong y Dirnt se enamoraron por primera vez de la música punk, y fue también donde afilaron sus colmillos políticos.
“En cuanto a la política, estábamos todos más o menos en el mismo terreno”, dice Jesse Townley, quien fue voluntario durante mucho tiempo en el Gilman y conoce a los miembros de Green Day desde fines de los 80. El presidente Ronald Reagan estaba en su segundo mandato y era blanco de la furia punk en todas partes, especialmente en California, estado que ya había sufrido ocho años bajo su mando. “No era sólo Reagan”, señala Townley. “Era el descubrimiento de toda la corrupción que había en la política de los Estados Unidos, del estilo de fines del siglo xx: el reino del todopoderoso dólar, y el reino del conformismo. Eso se puede oír en toda clase de bandas de esa época y de esa escena.”
Armstrong y Dirnt se hicieron habitués del Gilman y se empaparon de las ideologías de las miríadas de grupos punk que paraban allí. “Había una facción agresiva”, dice Dirnt, “una facción tonta… todo, desde bandas como Gwar hasta gente que era literalmente igual a Weird Al con guitarra acústica y un pote de pollo frito en la cabeza”.
“Estaba la escena clásica de chicos de extracción hardcore anarquista”, dice Armstrong, “y después estaba ese lado Germs, nihilista. Estaba la gente educada, y los hippies quemados. Y había un montón de chicos punk locales. Nosotros de alguna manera representábamos a la facción de adolescentes escapados de sus casas”, dice y se ríe.
Era imposible parar en el Gilman y no politizarse. “Era todo, desde las bandas que escuchábamos”, dice Dirnt, “a los fanzines, al simple hecho de estar ahí sentado, o tomando cerveza en la parte trasera de los edificios hablando de nuestras cosas con amigos que tenían inclinaciones políticas”. Un día alguien le dio a Dirnt el casete de una banda llamada Crimpshrine, que tenía una canción llamada “Free Will”. “La letra decía: «Cuestioná todo», y yo pensé que eso era genial”, dice. “No aceptar las cosas sin antes pensarlas.” Armstrong recuerda a una banda llamada Sewer Trout que tenía una canción llamada “Wally and Beaver Go to Nicaragua”, un tema que discutía sobre la guerra de la administración Reagan en América Central. “Eso resumía bastante lo que era el Gilman”, dice Armstrong.
Además de su despertar político, el Gilman les dio algo más que tendría un incalculable efecto. Allí conocieron a un chico, también habitué del lugar, que ya había adoptado el mote artístico de Tre Cool. De los tres miembros de Green Day, Tre (conocido como el “cómico” de la banda por su retorcido sentido del humor) fue el que se crió más lejos del epicentro de la sociedad norteamericana. Nació en 1972 como Frank Edwin Wright III, hijo de un veterano de Vietnam que, después de la guerra, se retiró junto a su familia a una remota casa en la montaña, cerca del pequeño pueblo de Laytonville, al norte de San Francisco. La casa, construida por la propia familia, no tenía electricidad, televisión ni agua corriente. Tre tenía 11 años cuando fue reclutado para tocar en una banda liderada por un vecino de montaña amante del punk rock, quien le enseñó a tocar la batería en su canción “Fuck Religion”.
Tre arribó a la escena del Gilman tras haber abandonado la secundaria. El también se sintió profundamente imbuido por la política punk del Gilman Street. “Era el tipo de política que se ejercía en el Gilman”, dice Tre, “lo cual es algo con lo que crecimos. Ser muy determinante con tus principios. Como el volante de una banda, que podría haber hecho un chico de sexto grado, pero que tenía la cabeza de Reagan cortada puesta en un tanque que acribillaba a un montón de seguidores de Gandhi. Cosas así”.
En 1990, armstrong, dirnt y Tre ya se habían transformado en Green Day (en honor a un largo día de parranda porrera) y, como una de las bandas más fuertes del Gilman, convocaban multitudes de fans para sus shows punkies de tres acordes sobre la vida de los adolescentes fumetas con padres ausentes. La banda lanzó Kerplunk bajo el pequeño sello indie Lookout! Records en 1992, y entre las grandes discográficas se desató una guerra por tenerlos. Green Day firmó con Reprise y, en febrero de 1994, lanzó su debut en un sello grande, Dookie, álbum que los convirtió, a los 20 años, instantáneamente en estrellas de la mtv, vendiendo 8 millones de copias en los Estados Unidos. Continuaron con el arrollador Insomniac (1995) y el más amigable Nimrod (1997), punto en el que la banda pareció perder el rumbo. Los tres miembros del grupo se habían casado y tenían hijos, las letras de Armstrong se habían vuelto notablemente internas, y expresaban el temor amenazante que le provocaba estar convirtiéndose en un adulto aburrido y apático (“a grouch sitting on the couch” [un gruñón sentado en el sillón], como dijo en Nimrod ). Pasaron tres años antes de que lanzaran Warning, en 2000. El tema del título y la canción “Minority” (“down with the moral majority” [abajo la mayoría moral]) demostró que la banda estaba en busca de ampliar sus temas e ir más allá de la angustia de la mediana edad, pero la música era pobre y también lo fueron las ventas. Hacia 2003, Green Day se estaba preguntando a sí mismo si quería continuar como banda.
Entonces Armstrong escribió “American Idiot”, una canción en la que se vio cosechando cosas que habían estado creciendo en él durante los años previos. Los ataques terroristas en Nueva York, dice, hicieron de catalizador. “Eso cambió el clima completamente”, dice, “y es imposible no sentirse afectado por eso y por todo lo que generó: esta guerra, más paranoia, las alertas de terror con diferentes colores”. Los temas políticos que habían empezado a emerger intermitentemente en Warning ganaron el primer plano, y su experiencia en el Gilman le dio energía a sus letras. El insiste en que cuando comenzó a escribir el álbum no lo hizo como un panfleto contra Bush ni con el fin de predicar. Dice que escribió las canciones para “purgarse” y como un modo de comprender lo que pasaba mientras los eventos se espiralaban descontrolados.
“Escribo canciones para descubrir qué es lo que pienso”, dice. “Atravesamos períodos en los que nadie habla de nada. Eso fue lo que ocurrió en la etapa previa a la guerra de Irak. Yo pensaba: «Quiero escuchar un debate». Quiero decir, a veces me preguntaba: «¿Seré conservador? Tengo hijos y no quiero que vean cosas inapropiadas por televisión. Eso es una posición conservadora. Entonces, ¿qué soy? ¿Qué siento y qué pienso? Hablemos, quiero argumentos». En esas canciones, estoy debatiendo conmigo mismo.” En “Holiday”, el estribillo dice: “This is our lives on holiday” [ésta es nuestra vida en vacaciones]. La frase, explica, es acerca de la gente “estúpida, desconectada, que no presta atención a lo que está pasando”. En el incendiario intermedio hablado de la canción (“Zeig Heil to the President Gasman” [saluden al presidente naftero]) utilizó técnicas de los viejos días en el Gilman: “Pienso en esa parte del medio como en un volante de punk rock, un collage violento”, dice. “Es como una Alemania nazi con Francia y California y el Senado, una manera apocalíptica de escribir.”
Las canciones, con su contenido político expreso, fueron un nuevo y abrupto punto de partida para la banda. Por eso, el efecto en Dirnt y Tre, cuando Armstrong se las presentó, fue de turbación. “La primera vez que escuchamos «American Idiot», estábamos: «¡Guau! ¡Bueno!»”, recuerda Dirnt. “Billie dijo: «¿Les molesta que diga estas cosas?».Y nosotros decíamos: «Decí más. Nos gusta.».” Y lo hizo. Sería muy difícil pasar por alto el desprecio que siente la banda por este gobierno y su líder.
“Mirá”, dice Dirnt, “si Bush está moral y políticamente en lo cierto, entonces yo estoy jodido desde el vamos. Vengo de un mundo que él jamás entendería. Drogas, peleas y divorcio. Si él tiene razón respecto de lo que hay que hacer en este mundo, con sus amigos del petróleo y sus escuelas de la Ivy League, yo estoy jodido igual. Si el paraíso es esta fiesta gigante en la que ninguno de mis amigos va a estar, no creo que yo esté invitado tampoco”.
“Lo que pasa con Bush”, agrega Armstrong, “es que el modo como él creció no representa a la mayoría de la clase media y la clase trabajadora y pobre de los Estados Unidos. Ni a los negros. Mientras que si uno piensa en el modo como surgió alguien como Bill Clinton –y no soy un fanático de Clinton ni nada por el estilo–, vemos que él tuvo una infancia problemática y forjó su camino en la política. Hubo un esfuerzo desde la clase obrera para llegar al liderazgo político. Pero con Bush es como con la antigua realeza”.
“Bueno”, dice Tre, quien siempre llega un poco más lejos que los demás, “él tiene una agenda pensada para servirse a sí mismo y a sus compañeros de elite. La gente dice que con el huracán Katrina perdió la manija. Pero también hay gente que dice que en esos círculos de elite es muy común escuchar frases como: «Estas cosas tienen que pasar, porque la superpoblación tiene que ser eliminada de alguna manera. Con una guerra. O con una inundación». Ellos piensan así”.
Armstrong se ríe. “Sí”, dice, “lo único que Bush no dijo fue que iba a construir un arca”.
Para Armstrong, la renovada religiosidad del presidente representa un peligro en particular. “Su guerra contra el terror encaja perfecta con la clase de guerra que los supuestos terroristas quieren generar con esta Jihad”, dice.
“Porque buscan el origen de esta guerra en un tipo religioso, George W. Bush. De pronto, no se trata de terrorismo. De pronto, se trata del cristianismo contra el islamismo, y nada puede hacer hervir más la sangre de los musulmanes fundamentalistas que algo como eso.”
La postura antibélica de Green Day en parte deriva de sus historias personales. Los tres provienen del mismo nivel socioeconómico –suburbios de clase obrera– del que son reclutados la mayoría de los soldados. “El hermano de mi mamá, mi tío Jay, murió en Vietnam”, dice Armstrong. “Lo mataron en el aire, cuando aterrizaba en paracaídas. Mi mamá solía hablar de él. Me acuerdo que desde muy chico pensaba que ser militar equivalía a morir joven. Eso me daba mucho miedo y hacía que no tuviera ningún sentido para mí.” La experiencia de Tre, al haber crecido como hijo de un veterano de Vietnam, tampoco sirvió para generar en él un militar. “Después de la guerra, mi padre no quería hablar de eso”, dice. “Pero algunas cosas le hacían recordar la guerra. Por ejemplo, si se nos quemaba el pelo cerca suyo. Eso lo volvía loco, porque huele a muerto, a cadáveres quemándose.”
El verano pasado, Green Day lanzó el video de la balada “Wake Me Up When September Ends”. Armstrong escribió la letra pensando en la muerte de su padre. Pero para el video, al director Samuel Bayer quiso trabajar sobre la guerra en Irak.
“Sam dijo que le había preguntado a algunos soldados qué era lo que los había llevado a alistarse”, cuenta Tre. “El 80 por ciento contestó: «Eh, bueno, está esa publicidad...». Entonces él dijo: «Tenemos que jugar sucio. No hay propaganda fuerte en el otro sentido». El video es como una publicidad de libre pensamiento, o de paz, que usa las mismas tácticas que usa el Gobierno alistar gente. Usamos la má-quina contra ellos.”
Cuando se les pregunta si les preocupa que los acusen de utilizar la guerra para un producto de entretenimiento, Dirnt salta antes de que la pregunta termine.
“El rock & roll debería ser peligroso”, escupe. “Cuando no lo es, entonces es banal, no tiene peso, te dan ganas de cambiar de canal. Debería ser interpelante y cuestionador, y yo pienso que ese video alcanza ese núcleo emocional de pérdida. Es algo que todos nosotros experimentamos, y cuanto más lejos lleguemos con esta guerra, más gente va a experimentar esa pérdida.”
Armstrong señala que el video fue el más elegido entre los adolescentes según [el programa de mtv] Total Request Live. “Son chicos que piensan: «¿Me mandarán cuando tenga 18 años?».”
Antes de mostrarle el video a sus padres y a su hermana, Tre, deliberadamente, no les contó de qué se trataba (una pareja de jóvenes que se separan cuando él –convencido que un puesto en la armada lo conducirá a mejores oportunidades– se alista y parte hacia la guerra). “Cuando llegó la parte en la que el chico se baja del micro y [el sargento] le grita, mi mamá dijo: «Ay, Dios»”, cuenta Tre. “Toda mi familia tenía lágrimas en los ojos. Ella pasó exactamente por eso. Ella esperó a mi papá.”
Esta historia familiar parece darle a un tipo como Tre el derecho absoluto de “explotar” esta guerra en un video. Armstrong sacude la cabeza en desacuerdo.
“Nosotros somos norteamericanos”, dice. “Todos tenemos el derecho de hacer un video así.”
Si en American Idiot intentó ventilar la furia política, también se trató de abarcar otro aspecto fundamental de su identidad: ellos son estrellas de rock de pura cepa. Aunque la ética punk del Gilman detestaba a las estrellas de rock.
“En cuanto firmamos con una discográfica grande”, dice Armstrong, “no nos permitieron volver a tocar allí. Durante mucho años, nos sentimos culpables por ser estrellas de rock. Con American Idiot, lo aceptamos por primera vez. Dijimos: «¿Saben qué? Esto es lo que somos. Dejemos esa fantasía de mentalidad de 14 años de querer ser Pete Townshend o Keith Richards». Pero lo impresionante fue que no bien aceptamos eso, nuestras convicciones se volvieron mucho más poderosas. Nos volvimos mucho más sólidos como compositores, y dejamos que el mensaje saliera y fuera más intelectual”.
Hoy, Green Day ya no pide disculpas. “Mi trabajo es ser estrella de rock”, dice Armstrong. “Y me siento bien con eso, ¿sabés? Porque es lo que me gusta hacer. Me gusta mucho la música. Me vuelven loco los discos de los Beatles y The Clash y Bob Dylan y The Replacements. Cuando me muera, quiero que algunos chicos se vuelvan locos con mis discos, que digan: «¿Sabés que en Warning se puede ver cómo empezaron a hacer el cambio que concretaron en American Idiot?». Y me gusta que por primera vez en nuestra carrera podemos mirar hacia atrás y ver el proceso. Puedo ver los cambios y la evolución, y nuestros discos viejos tienen más sentido ahora que antes.”
Es medianoche y los in-tegrantes de Green Day, dejando Nashville, se suben a los micros que los transportarán durante toda la noche hacia la última parada de la gira en Dayton, Ohio. Tre y Dirnt se suben a un micro, Armstrong y Jason White (el amigo más cercano de la banda desde los días en el Gilman y ahora guitarrista soporte en las giras) abordan otro. En sus treinta y pico, los miembros de Green Day han reducido drásticamente su nivel de parranda mientras giran. Dirnt controla su ingesta alcohólica; Armstrong ya no fuma porro y los tres comen sano y hacen ejercicio para mantener alta la energía. Pero Armstrong todavía acarrea el efecto del show de Nashville y ya está “lamentando” el hecho de que la gira de quince meses esté a punto de terminar. Van a tocar en Late Night With Conan O’Brien [el programa de NBC] para marcar el lanzamiento del documental Bullet in a Bible, y terminarán con dos fechas al otro lado del océano este mes. Luego, en enero, van a meterse en el estudio para empezar a liberar ideas para un nuevo álbum.
Esta noche, en vez de atrincherarse en uno de los seis compartimentos para dormir del micro, Armstrong se queda despierto hasta el amanecer. Con una botella de chardonnay a su lado, bebe, fuma tabaco y habla. Abarca un abanico de temas, desde el brillante documental de Martin Scorsese sobre Dylan (“lo vimos tres veces”) hasta su incómoda conversación con Paul McCartney de mingitorio a mingitorio (“¡era Paul McCartney!”) y la excitación de coescribir dos canciones con Iggy Pop para el último álbum de Iggy, Skull Ring (“de verdad, es un gran tipo, un verdadero norteamericano”). Armstrong es la clase de estrella de rock que, cuando se asoman las 5 am, empieza a hablar no de cómo se sacude a las groupies sino de la belleza de Adrienne, su esposa desde hace once años. Se arrodilla en el pasillo y canta a capella una canción de amor que hace poco escribió para ella, después saca una foto suya y de sus dos hijos, Joey, de 10, y Jacob, de 7. “Sólo quiero que sean chicos normales”, dice. Son las cinco y media de la mañana cuando se retira al fondo del micro y se duerme.
Quince horas más tarde, Armstrong y sus compañeros de banda se suben al escenario en el Ervin J. Nutter Center de la Wright University en Dayton. A pesar de la larga noche en el micro, Armstrong explota de energía. Recorriendo el escenario, anuncia que esta noche no sólo es la última de su gira por los Estados Unidos, sino que además marca el décimo séptimo aniversario desde que Green Day tocó por primera vez, cuando eran adolescentes. “Así que vamos a tocar el álbum entero de American Idiot, desde el principio hasta el final”, grita. “Algo que no hemos hecho en vivo desde hace meses.” Están a mitad de camino del abrasador concierto cuando Armstrong se detiene para presentar a la banda. Las noches anteriores, se había presentado a sí mismo como “George W. Bush” para recibir un coro de abucheos. Pero esta noche, por alguna razón –al darse cuenta de que es casi el momento de regresar a la vida como marido, padre y ciudadano norteamericano, o tal vez por darse cuenta de que finalmente el justo castigo está llevando al culpable a una serie de escándalos políticos y gaffes–, se sale del guión. Después de presentar a Dirnt, Tre y White, levanta su guitarra en alto y grita, desafiante: “Y yo soy... Billie Joe Fuckin’ Armstrong!”.
El aplauso es ensordecedor.





