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En Black Rebel Motorcycle Club conviven dos polos antagónicos: la relectura moderna del blues rural, y el culto al shoegaze y las paredes de guitarras. El primero se manifestó en Howl (2005), su cenit artístico y creativo, mientras que el otro se mantuvo como una constante en el resto de sus trabajos, si bien con resultados dispares. A cinco años de su pico de inspiración, el trío de San Francisco equilibra ambos extremos en Beat the Devil’s Tattoo, en el que gospel, folk, garage y paisajes de rock espacial se entrelazan sin sutilezas. La canción que da nombre al álbum resume la fórmula: un comienzo marchante guiado por una acústica polvorienta y unas palmas cansinas deriva sin preaviso en cimbronazos de distorsión y una batería monótona pero firme. Más allá de algún contenido político agregado ("Conscience Killer", "War Machine"), no hay en el disco nada que Jesus & Mary Chain o Spacemen 3 no hayan hecho antes. Pero BRMC nunca se propuso reinventar la rueda: tan sólo disfruta haciéndola girar.
Por Joaquín Vismara




