En su cuarta visita al país, el trovador estadounidense volvió a reinventarse a sí mismo y lideró un recorrido a través de su extensa carrera; crónica de Claudio Kleiman
1 minuto de lectura'
¿Cuarta visita de Bob Dylan a la Argentina? ¡Increíble! Pensar que en 1990 viajé a Brasil para verlo en el Hollywood Rock Festival, pensando que ya nunca vendría a nuestro país. Y lo más increíble es que, con sus bien llevados 70, Bob sigue sorprendiendo. Posiblemente este haya sido el mejor concierto de todos los que dio en Buenos Aires. Quizás fuera la acústica del Gran Rex - mucho más apta para su música que el sonido de los estadios-, que la banda tuvo una noche inspiradísima, o simplemente que Dylan tuvo un encuentro con sus musas, la cuestión es que el recital fue una experiencia cercana a la epifanía para las 3500 personas que colmaron el teatro, y lo abandonaron con una sensación parecida a caminar a treinta centímetros del piso.
Nueve y media en punto, el cantante – de traje negro y sombrero blanco – y su banda, todos impecablemente trajeados, se adueñaron del escenario, que no abandonarían hasta casi exactamente dos horas más tarde, luego de 17 temas y una exhibición impar de música y poesía. Es completamente extraordinaria la manera en que Dylan continúa reinventándose a sí mismo, en cada nueva vuelta de la "gira que nunca termina". Ya en su visita anterior (Vélez, 2008) nos había sorprendido con un nuevo esquema, que lo tenía al costado del escenario tocando teclados durante la mayor parte del show. Ahora, ha decidido dinamitar el esquema de cantante y guitarrista parado en el centro del escenario acompañado por su banda, en dos direcciones. Por un lado, cuando canta en el centro de la escena acompañado por su armónica, en una actitud de crooner casi teatral, acompañando gestualmente el desarrollo de las letras, como en "Things Have Changed" y "Tangled Up In Blue". Por el otro, cuando se planta al costado al mando de un viejo órgano Korg (como sucedió en la mayor parte de los temas), o se cuelga la guitarra eléctrica, funciona como un músico más de la banda, haciendo solos o intercambiando pequeñas frases instrumentales, en un diálogo permanente y apasionante con sus músicos.
Que merecen un párrafo aparte. Un gigante (en todo sentido), Charlie Sexton ocupa un lugar central en guitarra eléctrica, Stu Kimball alterna entre la eléctrica, la acústica y mandolina, Donnie Herron maneja con igual maestría distintos instrumentos de cuerda - especialmente steel guitar, pero también banjo, violin y guitarra-, y la base está integrada por George Recile en batería y Tony Garnier, viejo escudero de Dylan, en bajo acústico y eléctrico. Casi todos cambian de instrumentos en cada tema, logrando una variedad muy sutil de timbres y combinaciones. El sonido que consiguen es absolutamente único, enhebrando sutilmente las distintas vertientes de la música norteamericana de raíz, incluyendo blues, rock, soul, gospel, rockabilly, R&B, jazz, folk, bluegrass en una verdadera lección de historia viviente. Dylan, con su característica imprevisibilidad, los tiene permanentemente atentos, combinando una intensa concentración con un visible disfrute. Estos tipos descubren la magia de la música cada noche, en una experiencia que es casi lo opuesto de los shows donde cada movimiento ha sido ensayado y repetido hasta el cansancio. Por otra parte, ya se sabe que el cantante acostumbra reinventar sus temas cada vez que los interpreta, haciendo imposible para el público intentar seguir la melodía. Los que esperan las versiones del disco, van a tener que remitirse a éste, porque el juego de Dylan es la metamorfosis perpetua.
Para su repertorio, el artista establece una línea muy clara, rescatando sus clásicos de los 60 (más "Tangled Up In Blue", de Blood On The Tracks, 1975), junto a temas de su última etapa, que comienza en Time Out Of Mind (1997), ignorando olímpicamente todo lo que pasó en el medio. Entre los numerosos momentos memorables, un "Beyond Here Lies Nothin’" (de Together Through Life, 2009) a cuatro guitarras, con Bob sorprendiendo con unos solos fantásticos, o la combinación de "High Water (for Charlie Patton)", con Donnie en banjo y cierto aire de vaudeville, y "Spirit On The Water" (uno de los tres temas que interpretó de Modern Times, 2006). Para el final, después de una furiosa versión de "Thunder On The Mountain", se reservó una seguidilla de tres clásicos absolutamernte insuperable, como para rematar con un sublime knock-out: "Ballad Of A Thin Man", "Like A Rolling Stone" y "All Along The Watchtower", que comenzó cantando en el centro para luego culminar en el teclado. Luego llegó un solitario bis con "Blowin’ In The Wind". No hubo palabras, excepto para presentar la banda, pero sí alguna sonrisa (cosa absolutamente inusual en Bob) y un clima descontraído que evidenciaba su buen humor. Dylan no permite fotógrafos, pero igual quedará grabada para siempre en mi retina la imagen del saludo final del grupo. Seis caballeros sureños, serios, mirando al público desde sus instrumentos, como una imagen trasladada desde el Viejo Oeste hacia un futuro impreciso. Lo cual resulta una metáfora apta para la música del gran Bob, una síntesis a la vez arcana y moderna, confluyendo en una remota ciudad del Hemisferio Sur en una noche mágica.
Por Claudio Kleiman
1Matteo Bocelli: cómo prepara su debut en la Argentina, por qué canta en español y el consejo de su padre famoso
2Cuándo es la final de MasterChef Celebrity
3Cuál fue el programa más visto del día y cómo fueron los números de BTV y Bendita
4Marta Albertini: la “reina de las villanas” llega por primera vez al teatro público; “es divertido hacer de trastornada”





