Bogarde, un actor pensante

Fernando López
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18 de mayo de 1999  

Un actor pensante." Así lo había definido Joseph Losey, el primer realizador importante que le tendió una mano para escapar de la prisión de los films convencionales en la que lo había confinado su condición de galán de moda. Porque Dirk Bogarde -el dúctil intérprete de "Darling" y "La caída de los dioses"- fue, a pesar de él y por muchos años, el Rock Hudson del cine inglés, el apuesto héroe de comedias ligeras y films de aventuras cuya sola presencia garantizaba el éxito de taquilla.

A Derek van den Bogaerde, hijo de una actriz inglesa de breve trayectoria y un crítico de arte de origen holandés, le costó bastante desembarazarse de esa aureola de ídolo por la que otros se desviven y que a él le llegó por azar. Cuando la serie "Doctor" lo consolidó en los años cincuenta como el actor más popular de Gran Bretaña, ya traía la experiencia de la guerra -había sido soldado en Europa, en Birmania y en Java-, además de un espíritu familiarizado con la expresión artística a través de la pintura, el teatro y la literatura. "Llegué a odiar el cine -exageraba-; parecía que no había papeles sustanciosos para mí."

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Se cuenta que hizo lo imposible para que David Lean le confiara algún personaje y que el maestro comentó: "Dirk es muy bueno, pero yo quiero un actor, no una estrella".

Fue demasiado para él, que ya llevaba años discutiendo cada proyecto con Rank, el estudio que lo tenía contratado y que no quería desaprovechar su atractivo popular. "Creo que fue a raíz de ese comentario de Lean que decidí mandar al infierno al muchacho glamoroso y aceptar sólo papeles de composición", dijo. Entonces, llegó "Los vulnerables" (1961), un film de Basil Dearden en el que se atrevió a encarnar a un abogado homosexual que desafía a sus chantajistas. Era su película número 34. Salvo la experiencia de "The Sleeping Tiger" (1953), a las órdenes de Losey, bien podía ser considerado el primero para este hombre de discreción infinita y modales distinguidos, en cuya mirada siempre había algún misterio y una sombra de vulnerabilidad, o de melancolía.

Con el cambio de rumbo, los cineastas más grandes advirtieron pronto la inteligencia y la sensibilidad de Bogarde. Losey adivinó también su versatilidad y le confió papeles tan disímiles como recordados: el taimado protagonista de "El sirviente", el profesor en crisis de "Extraño accidente", el capitán humanista de "Por la patria". Fassbinder se respaldó en su vigor dramático y su transparencia para contar en "Desesperación" la historia del industrial obsesionado por la idea del doble. Liliana Cavani lo hizo explorar sus zonas más sombrías para componer al torturador nazi de "El portero de noche". Alain Resnais lo invitó a cruzar todas las fronteras entre realidad y fantasía en "Providence". Y Betrand Tavernier lo envolvió, al final de su carrera, en la melancólica ternura de su "Daddy nostalgie", aquí conocida como "Nuestros días felices".

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Dirk, que volcó su agudo sentido de observación y su mordacidad en las páginas de cinco novelas y siete libros de memorias, fue siempre "un actor pensante". Sabía que "la cámara ve y la gente entiende cuando un actor no tiene nada en la cabeza". En otras palabras, tenía la certeza de que los grandes actores son capaces de hacer transparente el pensamiento.

Ninguna duda puede caberle de su grandeza a quien lo haya visto, obsesivo perseguidor de la belleza absoluta, en la piel del atormentado Gustav von Aschenbach de "Muerte en Venecia". Esa imagen es la que vuelve una y otra vez a la memoria ahora que llega la noticia de su muerte.

Había expresado en su testamento que no quería honras fúnebres. Y en uno de sus esporádicos encuentros con la prensa, extendió el pedido: "Ni funeral ni ceremonia alguna: olvídense de mí".

No será fácil cumplir con su deseo.

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