
Boris Belkin, violinista cabal
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Boris Belkin sonríe con cierta picardía cuando ensaya una explicación sobre el primer concierto que ofreció en el Teatro Colón junto a la Filarmónica de Lieja, como solista del concierto para violín de Strauss.
"Sé que mi rendimiento no fue el esperado, pero de ningún modo se debió a que no dormí bien la noche anterior", dice sonriente.
Y agrega: "La humedad de ese día en Buenos Aires fue terrible, hasta el punto de haberme preocupado mucho la afinación del violín porque generalmente con ese problema varía a cada momento".
Este destacado músico ruso, que dejó la entonces Unión Soviética en 1974 por problemas políticos, fue alumno de Leonard Berstein y de Isaac Stern. De este último conserva, como una suerte de legado, su legendario violín, que utiliza en los conciertos.
"El concierto de Richard Strauss tiene dos primeros movimientos muy complejos y el tercero parece escrito para una flauta más que para un violín con orquesta, pero es muy refinado y delicado.
Es muy poco conocido, de la época juvenil del autor, y tiene influencias de Mendelssohn y la liviandad de su estilo. Por eso requiere enorme precisión", explica Belkin.
-Es muy diferente del concierto de Sibelius, que usted incluye con mucha frecuencia y que ha grabado con el director Junichi Hirokami.
-Así es. En una producción para la televisión lo ejecuté para una biografía del compositor de Finlandia, con la Orquesta de la Radio de Suecia. Es una obra maravillosa que requiere una gran comprensión del estilo del autor.
-¿Es poco frecuente encontrar directores de orquesta que acierten con ese lenguaje?
-Sí, son pocos. Hoy día hay un maestro notable en este repertorio, Paavo Berglund, que hace la música nórdica con rara maestría y belleza.
En febrero último tuve la fortuna de actuar con él en Helsinki . Para mí es el mayor intérprete de la actualidad, y por eso ha grabado casi todas las obras sinfónicas. También Von Karajan fue un gran conocedor de Sibelius.
-Usted actuó con Leonard Bernstein.
-Sí, muchas veces. Era una gran personalidad. Junto a él grabé el concierto de Tchaikovsky con la Filarmónica de Nueva York y la "Tzigane", de Maurice Ravel, con la Orquesta Nacional de Francia. Haber sido su alumno y también el de Isaac Stern fue un verdadero placer y una experiencia enriquecedora.
Viví a muy poca distancia de la casa de ambos y pude aprovechar esa circunstancia para visitarlos con frecuencia y recibir los conocimientos que siempre daban con generosidad. Podían hablar de cualquier tema y uno siempre aprendía de ellos.
Los conciertos
Boris Belkin volverá a presentarse dentro del ciclo de Harmonia, pero esta vez en un recital de música de cámara. Mañana y pasado mañana interpretará, junto al pianista Michel Dalberto, la Segunda Sonata de Brahms, el Gran Dúo D.754 de Schubert y la Sonata de César Franck, en la primera función, y las sonatas 378 de Mozart y 8 de Beethoven, la Sonatina Nº 2 y la Fantasía en Do mayor de Schubert, en la segunda.
Ahora, en vísperas de sus recitales, ¿qué prefiere: el concierto como solista con orquesta o la música de cámara con piano?
-Las dos especialidades son apasionantes. Pero en los recitales se toca una música más íntima y delicada. Es algo muy diferente y cautivante.
Estar en contacto con Schubert, por ejemplo, ese músico inmenso y que no se hace con frecuencia en recitales de violín, causa profundo placer.
-Usted tiene un violín antiguo y de marca, que perteneció a Stern. Seguramente, el tipo de violín ayuda a obtener un buen sonido, pero no es el único factor.
-No. Cada violinista agrega su propio sonido, así como la condición acústica de la sala también interviene de un modo importante.
-¿Qué opinión le merece el Colón?
-Es la mejor sala del mundo. Hay en él una atmósfera especial, como no se encuentra en ningún otro lugar. Es un misterio.
Porque se respira una atmósfera subyugante mucho antes de tocar en su escenario; algo parecido ocurre en el San Carlo, de Nápoles, que para mí sería el segundo.
-¿Su futuro será con batuta o sin ella?
-Sin batuta. Me siento violinista y no creo en la necesidad de hacerlo, y mucho menos con los conjuntos de cámara, donde no es necesario un director. Cuando la formación es de veinte instrumentistas, ninguno mira la batuta.
Belkin comenta que, tras dejar la URSS, pasó por Londres un tiempo y luego se instaló en Nueva York. "Ahí conocí la gran actividad cultural de esas dos ciudades de Occidente. Más tarde me radiqué en Bélgica, donde tuve la fortuna de formar una familia, con mi esposa y dos hijos. Claro que los viajes son muy frecuentes y hacen que la vida sea un tanto agitada y complicada", explica.
-Si usted vive en Bélgica, seguramente conoce al maestro Yuri Simonov.
-Claro que sí. Es un excelente maestro y sé muy bien que tuvo buena relación con el Teatro Colón. El y su esposa Olga, excelente violinista, son muy amigos míos y están entre las personas más divertidas que conozco.
El mes que viene nos vamos a reunir en Madrid para celebrar la comunión de mi hija y ellos han prometido estar presentes, de modo que hablaremos mucho de Buenos Aires. Será un gran placer.
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