
Buenos bailarines para una puesta débil
"Fiebre de sábado por la noche". Basada en la película de Paramount Pictures y en la historia de Nick Cohn sobre el guión de Norman Wexler. Adaptación escénica de Nan Knighton en colaboración de Arlene Phillips, Paul Nicholas y Roberts Stigwood. Intérpretes: Darío Petruzio, Silvia Luchetti, Elena Roger, Charly G, Héctor Pilatti y elenco. Música de Bee Gees. Escenografía Robin Wagner. Vestuario: Fabián Luca. Diseño de luces: Greg Cohen. Director de orquesta: Angel Mahler. Dirección y coreografía: Arlene Phillips. En el El Nacional. Nuestra opinión: regular.
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"Para mí, el futuro es esta noche." La frase pertenece al personaje de Tony Manero, el protagonista de "Fiebre..." y un verdadero prototipo generacional, miembro de una clase social que aspira a ascender y mientras lo intenta descarga su energía, los sábados por la noche, bailando en una disco.
Así deja sus preocupaciones de lado: un trabajo que no le interesa y por el que recibe una baja paga, una familia tradicional cuyo padre está desempleado y frustrado, un hermano que se convirtió en sacerdote por mandato materno y un grupo de amigos que, como él, en un mundo similar, no puede ser feliz.
La historia de Manero y su grupo fue registrada por un periodista -Nick Cohn- en un artículo aparecido en el New York Magazine en 1976. El había investigado a pandillas juveniles en Brooklyn; el resultado de ese trabajo de campo pasó a las páginas y despertó el interés de Robert Stigwood.
De esta manera nació la película "Fiebre de sábado por la noche", cuyo intérprete, John Travolta, saltó a la fama mundial. La música de Bee Gees se impuso con fuerza también, y si bien hasta entonces el grupo tenía sus seguidores, a partir de ese momento logró provocar el interés del gran público.
A finales de la década del 90 la "onda disco" volvió a imponerse en el mundo. Mucha fue la literatura que se escribió mostrando a personajes en ese espacio-show, y hasta hubo una película ("Ultimos días de la disco") que intentó su síntesis sobre el tema. Ese tiempo fue aprovechado por los creadores de este musical, que estrenaron "Fiebre..." en 1998 en el Paladium, de Londres, y en el 99 se ofreció en el teatro Minskoff, de Broadway. Luego se representó en Berlín. Actualmente está preproduciéndose en Sydney, Australia.
La historia de Tony Manero, sin dudas, no corresponde solamente a los años 70. Ese ser encuentra correspondencia en distintas décadas y en todos los países. Podría decirse que su vigencia no tiene límites temporales, sobre todo cuando las crisis sociales son sostenidas. Siempre va a existir un muchacho que necesite, por unas horas, escapar de su sentimiento de angustia y frustración, bailando en una disco. Allí es como si todo se detuviera y el alcohol, las luces y la música permitieran esa distancia que, en definitiva, hace descansar el pensamiento.
Opaca y deslucida
Al musical que acaba de estrenarse en Buenos Aires parecería no interesarle el tema. Tanto que se promociona, fundamentalmente, a partir de la música de Bee Gees.
Los intérpretes son buenos cantantes y mejores bailarines, pero a la hora de interpretar personajes son muy pocos los que verdaderamente pueden hacer trascender una conducta que no sea la propia, Elena Roger y Charly G están entre ellos.
Arlene Phillips, la directora, demuestra poco interés por exponer una trama que se desarrolla con actuaciones, canciones y coreografías. Se queda buscando la intensidad de estas dos últimas y así el espectáculo es tremendamente desapasionado. Y cuesta entender eso, porque la mayoría de los personajes, si por algo sufre, es porque no puede con su pasión.
Tony quiere cruzar el puente de Brooklyn para empezar a vivir verdaderamente; Stephanie, que logró llegar a Manhatan, es insegura y miedosa, pero necesita saber más sobre la vida; Annette intenta tener sexo para convertirse en una fuerte mujer enamorada; Bobby C está muy perdido en su mundo y no logra ser feliz.
Hasta las mismas letras de Bee Gees muestran a seres muy conmocionados. Por sólo citar algunos versos: "Trágico/Cuando estás solo, sin salida es/Trágico/Si todos te abandonan/Vas a sentir que nadie te ama/Es duro vivir"; "Mi sueño no será verdad/Me enloquezco si mi amor no alcanza/Y es que vos borraste mi esperanza".
Es tan opaca la labor de Arlene Phillips que hasta las escenas de verdadera tensión están deslucidas, como por ejemplo la incomprensión paterna y materna que sufre Tony cuando su hermano regresa a casa; el enfrentamiento callejero entre pandillas, las relaciones entre las parejas que compiten por el premio en la disco, o el trágico accidente de Bobby C, sobre el final, que, además, es tan definitorio en la vida de Manero.
Esta puesta de "Fiebre de sábado por la noche" tiene los mismos manierismos que la de "Grease": demuestra poco conocimiento del estilo de actuación local y fuerza a los intérpretes a unas marcaciones que son sólo formales y que permiten ver cómo son las actitudes de los personajes, pero no profundiza en sus conductas.
Más aún, la recreación que hace Darío Petruzio del líder pandillero Tony Manero es muy similar a la que Zenón Recalde hace de Danny Zuko -otro líder de pandilla- en "Grease". Como si en verdad un único modelo de personaje fuera el que pueden encarar los actores que tienen que interpretar este papel. Los dos actores hasta tienen gestos similares, caminan y hablan igual. Claro, uno solo baila la música de Bee Gees, pero resulta afectado.
Y si se recuerda que en la Argentina se bailaba esa música en tiempos de la dictadura militar el esquema termina poseyendo muy poca efectividad. Y en el teatro es bueno tener en cuenta ciertos contextos históricos.
En lo musical, el trabajo tiene poca fuerza. Algunas canciones están traducidas, las que definen ciertos momentos en la vida de algunos personajes. Pero sucede lo mismo; al no haber emoción los resultados son poco elocuentes.
Hay dos excepciones que verdaderamente se deben resaltar: "Tragedy", interpretada por Charly G, y "Nights on Broadway", recreada por Elena Roger con intervenciones de Silvia Luchetti (lástima que la dirección los abandone tanto en escena).
El acento en la danza
Aun con todas estas observaciones, el espectáculo tiene rigurosidad en las coreografías, allí el elenco es muy efectivo, y en los rubros técnicos (escenografía, sonido e iluminación) el despliegue sorprende por su espectacularidad. Pero claro, hay una vida que está ausente, la de la pequeña pero significativa historia de esos muchachos que el sábado por la noche necesitan dejar de lado la realidad que les impone una sociedad que, a la vez, no los contiene.




