
Algunos chicos suenan con ser Jugadores de Futbol y formar parte de la selección. otros quieren ser estrellas de Rock. el Mono pretendió las dos cosas. y las hizó.
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1997.La vieja Chevy negra del 75, cuidada con pasión de taller mecánico, buscó un lugar en la playa de estacionamiento saturada de camionetas 4x4, perfectas, relucientes, casi símbolos de un mundo de opulencia en el cual lo mejor es lo más caro. A los jugadores de River les pareció insólito y muy gracioso que un compañero se apareciera con semejante anacronismo ambulante.
Dos horas después, Germán Burgos apuró la ducha para subirse otra vez a la cupé de sus sueños, la joya que había conseguido gracias a unos amigos que eligieron pasar su vida entre grasa, fosas y repuestos. Apenas llegó al estacionamiento, se encontró con una sorpresa. La Chevy tenía unas cuantas latas vacías sobre el techo y el capó lleno de papeles. Una broma de los dueños de las 4x4; un modo de expresar el desprecio por lo que consideraban un cascajo indigno del arquero de River.
Algunos jugadores pensaron que ésta, la del auto, era otra fábula del Mono para escaparle a la rutina que rodea al fútbol. Y que al día siguiente todo volvería a su lugar: la Chevy a su dueño y el Mono a una 4x4 como el dios de los futbolistas manda. Pero Burgos siguió yendo a entrenarse en su Chevy (era y es del Mono, y cada día está más pistera) y el cuento acabó.
Pocos días después, los primeros jugadores que llegaron al entrenamiento advirtieron que el sonido de música bailantera que siempre lo envolvía todo había sido reemplazado por la voz de Mick Jagger y las guitarras de Keith Richards y Ron Wood. Un segundo más tarde, la mitad del plantel estaba sobre el utilero, que además es el disc-jockey de la mañana. Su defensa fue automática: "Me lo pidió el Mono, muchachos". Otra vez el Mono.
De aquellos fines de los 90 a este 2000 pasaron varias cosas. El Mono cumplió con la obsesión de cualquier jugador de fútbol de la última década: irse a Europa. También estuvo en un Mundial y se abrazó a un sueño que para la gente de su palo era otro de sus chistes: tener una banda de rock. Y no sólo eso: grabó un disco y ahora lanzó el segundo.
Es ansioso, Germán Burgos. Apenas suena el timbre en El Pie, el estudio de grabación de Villa Urquiza en el que se está grabando el álbum, aparece él, enorme en su buzo blanco, sus jeans y esas zapatillas número cuarenta y un montón. "Hola, escuchá las bases, escuchá las bases, ¿te gustan?", dice a modo de bienvenida mientras de fondo se oyen un bajo y una batería contundentes. La escena sigue en la que seguramente es la sala de reunión de los dueños del estudio. El Mono pide café y rechaza un cigarrillo. El fútbol se consume los primeros minutos de la charla. Luego, el Mono habla de su relación con la prensa.
–Para mí, esto de hablar con los periodistas es un juego, y por eso se me hace imposible enojarme. El otro día me preguntaron si estaba conforme sólo con estar convocado al seleccionado o si mi único deseo es ser titular. Por supuesto que yo quiero jugar, y eso lo saben todos. Entonces se me ocurre declarar [declarar es una palabra que Burgos tiene pegada]: "Saben qué, muchachos, yo me conformo con que me manden a cuidar a los leones de Cutini, que están acá atrás de las canchas de la Selección".
–Los cargás, a los periodistas...
–No, ojo, yo no los cargo. Vos me hacés una pregunta, yo reacciono internamente y me sale una respuesta. Pero todo bien, nadie carga a nadie. Vos hacés tu laburo y yo hago el mío.
–Ahora tenés dos laburos: el fútbol y la música.
–"Laburo"... Mmm, no: los que laburan se levantan a las 6 de la mañana, manejan un taxi, van a una oficina. Yo, con lo que hago, me divierto. Yo digo que tengo el corazón en el fútbol y el alma en el rock & roll. A mí me preguntan mucho si prefiero una cosa a la otra, y la verdad es que no entiendo mucho la pregunta, porque es el fútbol y la música; convivo perfectamente con las dos.
–De todos modos, son estímulos muy distintos…
–Sí, claro. Es distinto lo que siento cuando entro en una cancha que cuando piso un escenario. Vos salís de un túnel, levantás la cabeza y escuchás a la gente mucho más de lo que la ves. Y la sentís, y te empuja y te lleva, pero es otra cosa. En cambio, cuando vas a cantar, a los pibes los tenés ahí, le meten temperatura a tu sangre, la adrenalina te envuelve y no te deja bajar… Es alucinante. Sí, para mí es el alma.
–"El alma".
–No sé cómo explicarlo; es algo que siento desde hace muchos años. Mi viejo y yo escuchábamos en casa esos discos de música joven, ¿los tenés? Eran Heleno, Juan y Juan, Quique Villanueva, Tormenta, todo el día, y después me ponía a cantar frente al espejo y a buscarle vueltas a lo que había escuchado, a ponerle mi entonación, mi onda. Era gastar la púa del Winco y después empezar a descartar.
–Bueno, los ejemplos que das están en la vereda opuesta del rock & roll stone…
–Un día estaba en mi casa viendo la tevé y apareció un flaco largo, usando la guitarra como una raqueta de tenis, en un recital en el que tiraban globos al aire y la gente se moría. Salí a la calle a buscar a mis amigos, para preguntarles si sabían quiénes eran esos tipos. Eran los Stones y el de la guitarra era Richards. Y ahí me enrosqué y empecé a escuchar sus discos, y se me abrió una historia gigante en la cabeza.
–Y tu viejo dejó de comprarte long-plays de Heleno.
–No, mi viejo seguía trayendo pilas de discos, y yo escuchando. Y él también ponía tangos: el Polaco Goyeneche; Julio Sosa; Gardel, no tanto; cumbia, los Wawancó… Y todo eso sigue todavía, eh. En la casa de mis viejos llegan las fiestas y estamos meta baile y música. Mi viejo era mucho de ir a los clubes, lo seguía a D’Arienzo... A mí me pegó esa historia: amo el tango, es algo mío, que nadie me puede quitar. Por eso me cabe mucho lo que hacen los Divididos, que tiran bases de folklore y las llevan al rock; o lo que hace Moris con el tango-rock. Esas son cosas que hacen falta en estos tiempos, para mantener nuestra cultura.
El Mono nació en 1969. En la Mar del Plata de fines de los 70 y comienzos de los 80, para Burgos todo era fútbol.
–Mi primera imagen de una pelota la tengo a los 7 años, más o menos, cuando iba a jugar a la vuelta de mi casa con pibes que eran más grandes que yo; tendrían 10 o 12. Y como mi vieja no me dejaba jugar, yo iba al arco, que era un poste, el tronco de un árbol y un cable que hacía de travesaño. Entonces, cuando aparecía mi vieja, yo me apoyaba contra el árbol y ella no se daba cuenta de que estaba jugando. Hasta que un día me vio el papá de un compañero del colegio y me invitó a jugar al Florida, un club que estaba ahí nomás de casa. La primera vez que fui, ganamos un campeonato. Me llevé una medallita para casa y se la di a mi viejo. Y la historia de las medallitas me fue diciendo que siguiera, que ahí había algo para mí.
–¿Y si el fútbol no tenía nada reservado para vos, qué?
–Iba a ser telefonista, ¿qué te parece? Mi viejo, que laburaba en la telefónica, me puso desde pibe a estudiar inglés, porque la idea era que cuando llegara el momento de laburar yo entrara en la empresa sabiendo idiomas, así podía ir a Internacional. Era mejor: los pibes ahí ganaban más. Pero el fútbol me pedía y le empecé a dar bola. Hasta que un día pintó la historia que buscba desde chico: me querían de Buenos Aires. Ferro e Independiente me pidieron, y el juvenil aquél en el que jugaba el hermano de Maradona me tenía en una preselección. Pero mi vieja me cortó el chorro.
–¿Por qué?
–Habría que preguntarle a la vieja. Yo tenía el pasaje para irme en tren, en el Roca. Tenía 15 años. Mi mamá, como era hijo único, se puso loca. Se largó a llorar e hizo una escena. Entonces rompí el pasaje delante de ella y le dije: "Está bien, me quedo, pero andá preparándote, porque el año que viene me voy". No te puedo explicar la bronca que me agarró: sentí que se me venía todo abajo. Pero doce meses después, como había anunciado, me fui. Elegí Ferro porque me ofrecía seguir con el inglés.
En el camino hacia la adolescencia, Burgos escuchó música, se subió a los árboles y le tiró piedras a la vieja que no devolvía la pelota. A los 16 se tomó el tren y entró a toda velocidad en el mundo de los grandes. Lo que sigue es conocido: ocho años en Ferro, cinco en River, la Selección, el Mallorca, y esa personalidad que lo ha convertido en un grandote burlón y pícaro en ese fútbol tan superprofesional que hace rato insiste en dejar de ser un juego. En sus años en Caballito, el Mono ya jugaba a ser un cantante de covers con La Piara, una banda de amigotes que tocaba en bares cuyos clientes no estaban dispuestos a interrumpir ninguna conversación por más artista que hubiera sobre el escenario. Entonces conoció a Oscar Kamienomosky, un guitarrista fana del equipo del barrio y, por supuesto, de Burgos.
–Me metí de verdad en la música cuando lo conocí a Oscar. Había ido a una sala con unos amigos, a joder un rato, y apareció él y me dijo que le gustaba cómo cantaba y me invitó a su casa, donde tenía una sala de grabación. Y mientras hablábamos de Ferro y de música, la mano fue dándose sola. Empezamos a tocar en fiestas y en bares; hacíamos una cosa familiar, te diría. Yo me pintaba la cara de negro para que no me reconocieran, hasta que, un día, uno de los que estaban abajo me pegó el grito: "¿Qué hacés acá, Burgos?". Y bueno, no me pinté más; a la mierda. La cosa es que se empezó a armar la banda y hacíamos covers… y después alguna otra cosita… y nos cagábamos de risa.
–¿Y cómo pasaste de los bares y los covers a grabar un disco con todos los temas compuestos por vos?
–Bueno, ahí metió una ficha grossa mi mujer, Sandra. Cuando yo iba con Oscar a la sala de ensayo y tocábamos en bares o en fiestas, ella estuvo una noche y después, camino de casa, tuvimos una charla larga, linda, de ésas que se estiran, ¿viste? Y en un momento me dijo: "Pero Germán, ustedes hacen covers, la voz no se te escucha, estás perdiendo el tiempo. Si vos te dedicás en serio, yo te banco, pero si seguís con lo que hacés, no da". Eso me pegó. Así que un día me animé con la composición, y fui probando, haciendo cositas. Y cuando juntamos unos temas se armó lo del disco.
–Te animaste, decís. ¿Qué hiciste?
–Empecé a cantarme letras inventadas por mí, a contar historias. Mías, de amigos, cosas que escucho por ahí… Hace unos días fui a una perfumería a comprar un gel para el pelo, y le explicaba al vendedor que en Palma [de Mallorca], cuando cruzás con el auto por la senda peatonal, siempre tenés que parar. Como en los Estados Unidos, ¿viste? Si una señora pone un pie en la calle, más vale que clavés los frenos. Bueno, la hago corta: el tipo me dice: "Ah, en la cebra". ¿Cómo? "Sí", me dice. "En el Uruguay a la senda le decimos la cebra." Le digo: "No te extrañe que esto lo ponga en una canción". Me quedó la historia en la cabeza y compuse el tema, que se llama "Amor descuidado". Mirá como quedó. Escuchá, escuchá: "Andaré, cruzaré por la cebra, andaré descuidado… (canta el Mono, con voz firme, a capella)". O el otro día, que estaba en un restaurante con una de mis hijas y veo un sobrecito que dice "azúcar rubia". Yo conocía la marrón, la blanca o la dietética. Y comenté: qué lindo para hacer un tema, como si fuera la segunda parte de "Brown Sugar", de los Stones. La nena más grande me dijo: "Es fácil, papá, poné: «El otro día estaba en un bar/ me dieron ganas de ponerme a llorar»." Listo, dije. Pedí una lapicera y la completé: "... y vino ella y me dijo que sí/ tal vez la noche sea mejor para mí...". Hasta hay gente que me manda letras o historias. Pero yo sigo con las mías, eh...
–¿Quién te manda letras?
–Y, por ejemplo, hay un pibe en España, que tiene 17 años y mandó cosas por mail. Es de Zaragoza, y cuando fui para allá con el Mallorca nos juntamos y estuvimos hablando. Lo que yo le decía era que él escribe letras desde un pibe de 17 años, y yo tengo 31, otra historia, otros rollos. Pero me copó.
–¿Cómo te fue con tu primer disco?
–Bien, acá se vendió bastante (7 mil copias), y en España llevaba vendidas 1.500 copias en una semana… hasta que me mandé el cagadón de la piña [jugando para el Mallorca, Burgos le pegó una trompada a un rival y lo suspendieron por doce fechas]. Ahí se vino todo abajo. Pero bué, sigamos con esto. Sería estúpido decir que no ganás dinero, sería una boludez. ¿Cuánto, cuánto, cuánto? Dejá mi bolsillo tranquilo. Era el disco de difusión y nos fue bien: eso es lo importante. Lo de la guita es otro tema, que no es lo que a mí me importa, yo vivo del fútbol. A los músicos les pago los ensayos, la grabación y los shows. ¿Por qué? Porque ellos necesitan ganar unos pesos, porque por ahí tienen otros laburos y entonces quiero que todo eso esté redondo, que se sientan bien. Y, para mí, una moneda más o menos no es drama: me banco bien con el fútbol. Por eso, cada vez que damos un recital es a beneficio de gente que lo necesita.
–¿Y cómo creés que cayó tu álbum en el "ambiente" de la música?
–Me sentí aceptado. Nadie dijo nada del sonido, de la voz, ni de nada. Lo que pasa es que el disco te puede pegar o no, pero está muy prolijito. Y eso fue laburo, eh. Fuimos a la mezcla en Fort Lauderdale, y estuvimos ahí todos los días escuchando, corrigiendo, hablando. Mirá: si yo no estoy seguro de algo, no lo hago. De Germán Burgos no vas a encontrar papelones. Pero ese primer disco sabemos que es historia, ya lo hicimos. El desafío ahora es que el segundo tenga el mismo sonido. Por eso contamos con Mario Breuer, que es un ingeniero de sonido espectacular. Yo digo que cuando Jesús estaba en la cruz y dijo "perdónalos, no saben lo que hacen", ahí estaba Marito con una maquinita, grabándolo. Es un fenómeno; grabó a pilas de bandas. Yo siento que el ambiente nos aceptó. No me parece que después de escuchar el disco hayan pensado que era una payasada de un bicho raro. Ahora, no soy boludo y tengo claro que habrá gente que entró en una disquería y dijo: "Mirá el disco del arquero". Pero si lo compró se encontró con que ahí había música, como la que hace otra gente que se dedica a esto. Te gusta más, menos, pero está en el juego.
–Bueno, pero vos nunca fuiste un músico de garaje, y probablemente si no fueras famoso esto no hubiera existido.
–Yo acepto que salgo de la tevé, eso es innegable. Pero me junté con músicos de verdad, como Oscar o el bajista Gustavo Donés, que tocó en Suéter. Ahora lo pegamos a Mario Fernández, que tocó en Cosméticos, y para mí es uno de los mejores pianistas de rock & roll del país. En el disco está mi cara, ok, pero hay todo un laburo detrás. Y eso pegó, tanto en el público como en la gente del ambiente.
–Pero cuando quisiste que Pappo participara de tu video, él te dijo que no.
–Me dijo que no, pero con la mejor. Lo del video con el Carpo no se dio porque él tenía sus cosas. Yo a Pappo lo amo, lo escucho desde pibe. Y cuando hablé con él le dije: "Mirá, Carpo, sos vos o nadie". El iba a aparecer como un dinosaurio, una cosa así. Estaba bueno, pero no se dio, y todo bien. Para el segundo disco tengo dos invitados de lujo: Jaf y Botafogo, ¿qué tal?
–Y con la gente del fútbol, ¿qué onda?
–Te cuento de mis compañeros, los pibes de la Selección. Al principio se cagaban de risa, pero después empezaron a darse cuenta de que yo no estaba jodiendo, de que lo de la música va en serio. Por ahí me cargan o me verduguean, pero es como un juego. Lo que yo siento es que podés ser más que sombra en la pared. Yo soy jugador de fútbol, amo eso, y también puedo hacer otra cosa y amarla. Y lo hago a pesar de lo que digan, porque me divierte y me sale bien. Hay que tratar de ser lo que vos sientas: eso es más que sombra en la pared.
–Pero muchos de tus compañeros son de la cumbia y la bailanta...
–Sí, con esos hay guerra declarada (risas). No, yo qué sé… A mí no me cabe, pero entiendo a los que les gusta esa música. La gente quiere bailar, divertirse, sacarse por un rato la mala onda de la cabeza. Porque hay gente que sufre de verdad. A mí vienen y me dicen: "No, porque tu laburo…". Como te dije antes, laburo es otra cosa: es poner el lomo en una historia que no es la tuya. Sentirte harto, eso es.
pappo vuelve a aparecer en la historia algunas horas después, cuando cambiamos de barrio y de escenografía. Villa Urquiza es ahora Palermo Chico y los ingenieros de sonido han trasmutado en fotógrafos que lo tienen ahí, entregado, dispuesto a la sesión de fotos para Rolling Stone. Está suelto, el Mono. En cueros, en jeans, en patas, con sus tatuajes queriendo ganar los primeros planos. Y suena Pappo. Una y otra vez. "Más fuerte, más fuerte, dale gas, repetí eso", casi ordena Burgos, mientras el Carpo, desde un disco, invita a su chica a subir a su voiture. El Mono baila, cierra los ojos, sus dedos tocan una guitarra imaginaria y repite poses cuando el fotógrafo lo entusiasma con una seña. Juega a ser el Jim Morrison que Val Kilmer actuó para Oliver Stone. Caras, gestos, ojos cerrados, abiertos, la cara para allá, la cara para acá, los brazos en cruz. El jugador de fútbol está lejos, éste que posa es un músico, y la música que se adueña del estudio se le mete en el cerebro y en el corazón. ¿Quién podría cortar la magia de este Mono blusero..?
El repartidor de pizzas a domicilio trae la cena. Pone las cajas de cartón sobre una mesa y le dice: "Mono, vos sos nuestro, de River...". El arquero, grandote, buenazo, le da una palmada fuerte, y el laburante nocturno se va con una sonrisa de oreja a oreja. Empiezan a sonar los Rolling Stones. El Mono vuelve a la acción.
–Amo el blues. Por momentos se parece al fútbol y es por eso, creo, que me dejo llevar por él. Es eso que te permite seguir siendo joven a cualquier edad. Vos jugás a la pelota y tenés 8, 10, 12 años, sos un pibe. Y con la música es lo mismo. Vos mirálo a John Lee Hooker: mil años y el tipo está ahí, jugando con las notas que le saca a su guitarra.
–Te gusta Hooker.
–Sí, mucho, es alma pura.
–¿Y quién más?
–Y, hay muchos. Gary Moore, que tiene esos blues románticos, entradores... El que no me cabe tanto, aunque reconozco que le trajo el blues de los negros a los blancos, es B. B. King. No sé, debe ser que a mí no me gusta la mezcla con los vientos. En este tipo de música, mi aire es la armónica.
–¿Cuál es el sonido que definitivamente te levanta de la silla?
–Y, lo mío es todo lo que sea guitarras al frente, bien arriba, al palo. Como los Stones, con Richards y Wood cruzándose sonidos, uno detrás de otro.
–¿Y de acá?
–Y, hay un montón. El Flaco Spinetta de Pescado Rabioso, los Redondos, cosas de Los Abuelos de la Nada. Sí, los Abuelos era un pedazo de banda, con cuatro cantantes, un flash. Miguelito, Calamaro cuando era un pibe, Cachorro, Bazterrica… O Virus. Yo qué sé, hay un montón. Los Ratones, Viejas Locas… También lo tenés a Sandro, un tipo fuerte, que por su vida y su sentir le terminó cantando a la mujer, a las mujeres.
–¿Y vos a qué le querés cantar?
–Yo cuento historias que me van saliendo. Tengo una frase en la cabeza y por ahí le doy forma, y la grabo en mi contestador o en un grabadorcito, y se la paso a los pibes del grupo, y se va armando…
–Sos un músico, pero entre comillas. Como jugás al fútbol, no ensayás casi nunca con tu banda… Y no tocás ningún instrumento.
–Puede ser. Allá en Mallorca, cuando estuve suspendido, empecé a ir a un profesor de guitarra, pero cuando nos metimos con las escalas y toda esa historia, la verdad es que me aburrí. Pero me sirvió, eh. El tipo estaba dale que dale con el Mi mayor, y yo después compuse un tema en Mi mayor. Y como tengo una lenteja bárbara para pasar las notas, lo hice todo en el mismo tono. Lo único es que hay un momento en que tiro las cuerdas al aire, y en ese tiempo me acomodo para seguir. Está bueno, sí, está bueno. Me compré una acústica abajo de mi casa, pero... ya va a haber tiempo para estudiar. Como tengo mucha facilidad para escribir letras e inventarme sonidos, soy medio vago.
–¿Te parece fácil componer canciones?
–A mí me salen muchas, y de historias que por ahí parecen comunes. Y te aclaro que no necesito tomar nada extra para crear canciones. Por ahí lo que se reclama es cómo se puede hacer música sin tomar nada o meterte medicamentos. Yo no lo creo. A mí me gusta llegar al final de la fiesta con los ojos abiertos. Cuando todos están durmiendo, yo sigo con los ojos atentos a lo que se ve.
–Bueno, pero tendrás amigos que llegan al final de la fiesta con los ojos chinos.
–No, no. Es más, yo nunca en mi vida tomé falopa. A mí no me interesa terminar como casi todos, rehabilitándose en algún lugar. Ojo, respeto mucho a los que se meten en la historia por la razón que sea. El shock más fuerte que vivimos nosotros es el de Maradona. A mí me duele mucho hablar de eso. Siento que desde algún lugar todos miramos para el otro lado, giramos la cabeza y no estuvimos para tirar una palmada, una charla, algo. Y estamos hablando de uno de los tipos más grossos de la Argentina.
al iniciarse esta temporada, el mallorca decidió convencer a Carlos Roa para que volviera a atajar. Burgos se convirtió, entonces, en el tercer arquero del equipo español. Como es demasiado caro para tercer arquero, y además ocupa una de las cuatro plazas que hay para los extranjeros, los dirigentes decidieron desprenderse de él. Pero el Mono no se las hizo fácil: con un cuaderno y una birome, salió a juntar las firmas de quienes quieren que siga en el club. Dice que ya lleva cerca de 3 mil; algunos cuentan que son menos, pero lo cierto es que ahí está, el Mono, peleando por lo que supone que es suyo. "El club tomó una decisión y yo le pregunto a la gente si está de acuerdo. Por eso hago el trabajo de hormiga, y voy y junto firmas para mostrárselas a los dirigentes." Aunque esto es inédito en la historia del fútbol, él lo hace y no se siente especial por ello. Siente lo mismo cuando ataja para el seleccionado -en el reciente partido contra Uruguay, la intelligentzia del periodismo futbolero cuestionó que se atreviera a eludir a un delantero oriental- cuando se tira encima de la gente durante un recital o cuando se pasa mañanas enteras en un estudio sacándole lustre a su disco. Siente pasión.
Son las mil caras de un personaje extraño. Una canción de su álbum debut podría ser el símbolo de esta historia: "Despliego mi alas/ remonto vuelo/ pretendo llegar lejos/ lejos hasta el cielo/ lucho con las nubes y un rayo de sol/ fuerza no me falta…". Habrá que creer que es verdad: fuerza no le falta.






