
Caía la Bolsa en Nueva York y..., crac
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El 24 de octubre de 1929 se produjo el Jueves Negro, comienzo de la caída de la Bolsa de Nueva York y, con ella, el llamado Crac del 29 y la Gran Depresión. Cualquier parecido con la actualidad sería una lástima.
Según los expertos, todo se debió a una sobreproducción del mercado de Estados Unidos, que en ese entonces era el principal exportador mundial y la potencia más industrializada. La contrapartida eran unos bajos niveles internos de consumo, en gran parte producidos porque los salarios no crecían.
A nivel internacional, las secuelas de la Primera Guerra Mundial se manifestaban en el mismo sentido, no había capacidad de compra de los productos estadounidenses.
Estos elementos, más otros, generaron que la base de la economía estuviese más que nada en la especulación. Se había desatado una verdadera fiebre por comprar acciones, ya que cada día aumentaban su precio. Muchos se endeudaban con créditos para entrar en la rueda bursátil. Esto fue provocando que cada vez hubiese menos dinero circulando, hasta que ese fatídico 24, el primero de una serie de días teñidos de negro, se desató una histeria colectiva por vender.
Según datos de la época, 13 millones de acciones cambiaron de manos por bastante menos del valor original por el que habían sido compradas. Las pérdidas, ese día, se cifraron en 5000 millones de dólares, sólo una sexta parte de lo que terminó siendo, un total 10 veces mayor que el presupuesto de la Reserva Federal, y mucho más aún de lo gastado en la reciente gran guerra.
Pero más allá de explicaciones técnicas vale la descripción de un testigo de excepción, nada menos que Groucho Marx, que escribió en su autobiografía: ?Muy pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado Mercado de Valores. Lo conocí por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero. ¿Quién lo necesitaba? Se podía cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que uno acababa de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor?.
Cuando eso pasó, la prensa londinense contaba que había que caminar por las calles ?esquivando los cuerpos de los financieros caídos?. Sin embargo, el tema de los suicidios de inversores que veían sus fortunas perdidas de un día para el otro parece haber sido más una leyenda urbana que otra cosa. Así lo aseguró el economista John Kenneth Galbraith en su libro The Great Crash, 1929 ; en todo caso, aseguró un historiador, el método más empleado fue la asfixia por gas.
Una frase del propio Galbraith sea tal vez una explicación más precisa de aquel episodio: ?La memoria financiera dura un máximo de 10 años. Este es aproximadamente el intervalo entre un episodio de sofisticada estupidez y el siguiente?.





