Carlos Acuña, la voz que evocó a Gardel
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Como un designio fatídico del destino, Carlos Acuña tuvo la fortuna y la mala suerte de llamarse como Gardel, a quien tributó toda su vida artística.
El cantor, de 83 años, que murió en la madrugada de ayer por causa de un problema cardíaco, quedará en el recuerdo tanto por su militancia gardeliana como por ser un símbolo del peronismo que le valió el mote de "el cantor del general".
Esa fidelidad a Gardel y a Perón lo llevó a irse del país tras el advenimiento de la Revolución Libertadora, en 1955, para poder seguir cantando en España, donde acuñó una enorme popularidad con su estilo recio y un repertorio que había sido consagratorio en la voz del Zorzal Criollo.
En la península ibérica grabó más de 15 discos, filmó "El hombre de las botas de oro", donde estrenó su tango "Yo quiero conocer Madrid", y hasta realizó un radioteatro sobre la vida de Carlos Gardel que generó un verdadero suceso en la Madre Patria.
Los españoles se enamoraron de su estampa recia, de ese timbre que coqueteaba con el estilo de su ídolo y que convivía con ese sello personal, nostálgico, sin tonos afectados y con un decir natural aprendido en los bodegones, que volvieron a ser su escenario inspirador en los últimos años de una carrera que, con el tiempo, tuvo luces y sombras.
Solía explicar su repercusión europea, que lo llevó a cantar en la Unión Soviética y Japón, con un dejo de humildad. "Cuando llegué a España todavía se hablaba de Francisco Canaro, y con un repertorio tradicional los conquisté", supo confesar Acuña.
Cuando regresó al país, después de 17 años, muchas cosas habían cambiado. Se quejaba que el whisky había aumentado de precio, que la calle Corrientes no era la misma y le dolía ver a Troilo tocando todas las noches su bandoneón "triste" en Caño 14 como si fuera el último de sus días sobre la Tierra.
Tampoco estaba su amigo Celedonio Flores, al que lo unió una gran amistad. El poeta, que había sido el presentador de sus recitales, le obsequió uno de sus tesoros más preciados, que Acuña mostraba con orgullo: el poncho y las espuelas que había usado Carlos Gardel en el largometraje "Luces de Buenos Aires".
Qué tango hay que cantar
Era un optimista. Aunque los brillos de los primeros años de trayectoria no lo encandilaban como cuando cantaba en la orquesta de Mariano Mores, repetía:"Cuando me fui, el tango no estaba en su mejor época. Ahora veo multiplicarse las tanguerías, hay nuevos valores y me he reencontrado con un Roberto Goyeneche transformado en notable diseur ".
Se jactaba de haber llevado la música de Buenos Aires por 36 países. Se reconocía un políglota, pero su mejor idioma era el tango. Ni siquiera tras su largo autoexilio el cantor había perdido parte de su porteñidad, de sus giros lunfardos, del perfume barrial y de aquellas noches de bohemia que evocaba en tangos como "Aquellas farras", "Almagro", "La mina del Ford", "¿Por qué me das dique?", "Mano cruel", "Soy un porteño", "El barbijo", "El día que me quieras", "Rosas de otoño", "Medallita de la suerte", entre otras 250 composiciones que supo grabar a lo largo de su carrera. "Una de las claves del éxito y de la permanencia de un artista está en su repertorio", solía decir Acuña.
Su mirada no había sido desacertada. El pueblo, como solía llamarle a su fervorosa afición, que lo había ubicado entre los más populares intérpretes de la década del 40, no lo había olvidado. Por eso, no sorprendió que a su retorno del Viejo Continente, a mediados de los años 80, el cantor volvió a abarrotar las jornadas en el mítico Café de Los Angelitos.
Había nacido artísticamente a la luz de las orquestas más reconocidas de la época, como la de Rodolfo Biaggi y la de Carlos Di Sarli, cuando el baile movilizaba a multitudes en los clubes de barrio.
El decía que había comenzado a cantar "cuando el tango tenía sabor a tango", interpretando los versos de Lepera o transpirando la prosa rea de Celedonio. Con eso le alcanzó para instalarse en el imaginario de una época dorada de la música ciudadana.





