
El número imperfecto
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Terremoto prolijo
El cuarteto de los Ruiz Díaz recupera la tracción a sangre.
El número imperfecto suena como un sopapo bien puesto. Superado el ciberpunk, Catupecu recupera la tracción a sangre y se dispone a avasallar con un disco que, de punta a punta, es puro exceso.
Fernando canta como si se hubiera hecho gárgaras con testosterona, en un estado de arenga permanente con "¡hey!" incluidos. Sus letras se mueven entre la abstracción marcial y el elogio de la noche en compañía ("vivo madrugadas fuertes que al otro día siento", se exhibe). Sin embargo, no deja de poner un ojo en las melodías, lo cual, sumado al ímpetu, deviene en estribillos que después de escucharlos un par de veces quedan grabados en la base del cráneo. Por otra parte, el bajo está de vuelta, y se trajo consigo los teclados de Macabre, cuarto integrante del otrora trío. El hecho de haber incorporado sintetizadores y samplers no enfría ni resta potencia: por el contrario, profundiza la sensación anfetamínica, completa el sonido y evita los silencios para que la aguja del amperímetro jamás decaiga.
Con todo, Catupecu no vuelve a ningún lado; en todo caso retoma el camino sanguíneo de Cuentos decapitados , llevando a cuestas todo lo aprendido en cuanto a producción en Cuadros dentro de cuadros . El resultado es una especie de terremoto prolijo que no emparda la energía del vivo pero que, igualmente, no deja de estremecer.






