El cerebro de Nuca se perfila como el gran productor del nuevo rock argentino, mientras prepara el disco que nadie jamás hizo.
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Matias Mendez (Chávez) vive tres años adelantado. Mientras muchos colegas de su generación le exprimen hasta la última gota a sus nuevas composiciones, el cantante de Nuca está pensando en cómo será el arreglo de la canción que aún no escribió.
Multiinstrumentista, líder natural y productor del nuevo milenio, Matías le cambió el sonido a las bandas del oeste bonaerense gracias a su visión de futuro, su eclecticismo –en su top ten personal uno puede toparse con discos de Sepultura y Señor Coconut– y a su insomne y voraz apetito experimentador. Así, pasaron por sus manos grupos disímiles que hoy se encuentran a punto de explotar como Ojas, Shambala, No Disco o Yicos. En su estudio montado en Haedo frente a las vías del ex Sarmiento, los vientos de Nuca, que acaba de lanzar el demoledor Máquina de la pampa, están grabando para los ascendentes Por Qué No? bajo su atenta mirada. Su historia en el rock se inicia en 1996, a los 18 años, como baterista y fundador de Arbol. Un pasaje de su vida que, si bien no le es ajeno, intenta no abordar en profundidad. Compositor de la mayoría de las canciones que formarían Jardín frenético, el debut del poderoso vegetal, Chávez viajaría con la banda a Los Angeles para ponerse a las órdenes de Gustavo Santaolalla, quien se haría cargo de la producción artística y ejecutiva de una nueva edición del disco. Pero nada salió como lo esperaba: "Un día vino el mono y cuando nos sentamos a hacer una síntesis del laburo de la semana, dijo: «A Matías le falta mucho y no está tocando arriba del click». No había más tiempo de ensayar porque había que regrabar y salir de gira. Intenté trabajar dos días bajo presión, pero tocaba cada vez peor. Teníamos un problema".La solución que propuso Gustavo fue que un sesionista hiciera su parte en el estudio y que el baterista tocara sólo en vivo. La respuesta de Méndez fue terminante: "Man, ésta es mi banda, la armé yo, junté a los muñecos, le puse el nombre, le puse el concepto y no quiero que toque otro. Así que cuando el mono se puso heavy la banda decidió alinearse con él y yo me fui". Chávez emprendió un largo peregrinar que concluyó en Nuca, el proyecto con que hoy intenta quebrar la escena a fuerza de canciones fuera de catálogo.
¿Cómo fue para un pibe de 18 años soñar con estar grabando en Los Angeles con Santaolalla?
Y... era un sueño. Yo escuchaba a muchas bandas de Los Angeles, como Jane’s Addiction y Chili Peppers… así que fue como jugar en las inferiores de Morón y que te convoque Pekerman para el Mundial. Nosotros éramos la bandita de la zona, la gran promesa, y de repente nos bajó una tremenda y flasheamos. Creíamos ser Massive Attack y no era así; yo no estaba a la altura y eso me afectó mucho. Y aunque ahora lo puedo ver mejor, tomaría la misma decisión.
¿Y cómo te bancaste esa ruptura?
Al toque que se corta lo de Arbol se enferma mi viejo y le detectan un cáncer. Fue el peor momento de mi vida. Después él salió de esa historia, sobrevivió y me fui de viaje por Brasil,
Perú, Bolivia y Chile con una portaestudio y una guitarra. También estuve seis meses en México, donde conocí mucha gente y me traje bocha de material. De regreso, en el 2000, me reencontré con Pablo Romero, reanudamos nuestra vieja amistad perdida y nos pusimos a armar un disco con mi computadora. De ahí salió Dibaxu, el primer álbum de Nuca. Eramos como un dúo: yo componía y producíamos entre los dos. Pero yo ya sabía que quería tocar la viola y cantar, porque siempre había compuesto mis canciones, aunque no me daba el cuero. Mi idea fue: "No soy ni violero ni cantante, pero hasta que no lo haga bien, no paro".
Y no querías un productor…
Si venía un productor a decirme tal o cual cosa le rompía la cara a patadas. Por eso también me hice productor, para que nadie me diga lo que tenía que hacer. Para mí el viaje ya era otro. Me amenazaba a mí mismo: "Si no cantás y tocás la viola sos un cagón". Empecé a escuchar Tricky, Massive Attack, y me di cuenta de que podía cantar, porque esos monos no cantan. Me puse a susurrar y me cerró.
¿Dónde encontrás la esencia de cada banda al momento de producir un disco?
Cada banda es un mundo. No tengo una fórmula. Trato de no meterme mucho, de que no se note tanto mi mano. Me parece que la mejor forma de producir es que el músico labure y se haga cargo. Que no me diga: "Mirá, tengo estos acordes, acomodame todo". Trato de llegar a la esencia del tipo, y después desarrollarla. Producir es como ir al psicólogo, que trabaja con lo que vos tenés armado pero no te arma una estructura.
Cómo productor, ¿te sentís un referente?
Modestamente sí, pero por cuestiones muy concretas. A partir del 2000 instalamos en las bandas del oeste esa cuestión de que los discos se pueden hacer sin guita. Y fue como una pequeña revolución, porque para hacer un disco no hace falta que te llame Warner, emi o tener 10 mil pesos en el bolsillo. Tenés que tener las canciones, un poco de ganas… y venir a golpearme la puerta [risas]. Así, con Pablo [Romero] en un momento nos encontramos produciendo a casi todos los grupos del oeste.
¿Por dónde pasa la búsqueda?
Yo siempre estoy buscando el sonido nuevo, pero no como un esnob sino como una cuestión de excitación. Lo que me excita musicalmente es lo que todavía no pasó. Ahora estoy haciendo un disco de cumbia electrónica en el cual estoy trabajando hace dos años. Va a ser una mezcla de estilos y sonidos que nunca hizo nadie.
¿A qué huele Nuca?
Tomando una porción del disco, tal vez huela a cumbia pasada por un machacador de cemento. Y ese concepto viene de ir a tomar el tren escuchando trip hop o thrash en el discman y que te llegue la cadencia de la cumbia de las calles de Morón. Y, cuando esa cadencia está a tempo con lo que estabas escuchando, te das cuenta de que siempre estuvo todo ahí. Si prestás atención, el choque de culturas lo podés tener a diez cuadras de tu casa.
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