
Aquellos años del miedo
"Kamchatka" (Argentina-España, 2002, color). Dirección: Marcelo Piñeyro. Con Ricardo Darín, Cecilia Roth, Héctor Alterio, Fernanda Mistral, Matías del Pozo, Milton de la Canal, Tomás Fonzi. Guión: Marcelo Figueras, sobre una idea de Figueras y Piñeyro. Fotografía: Alfredo Mayo. Música: Bingen Mendizábal. Edición: Juan Carlos Macías. Presentada por Buena Vista Internacional y Patagonik. 104 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
En el tiempo prodigioso de la infancia, basta sujetarse un trapo sobre los hombros para volar como Superman; con una regla apoyada en un escalón puede edificarse la rampa por la que los autos suben a una imaginaria autopista y una rama cualquiera es capaz de adquirir propiedades de varita mágica. El chico no ignora que el trapo sigue siendo un trapo; la regla, una regla, y la rama, una rama, pero en el juego, que es su esencial lenguaje expresivo, la ilusión se construye con los elementos de la realidad, está en directa relación con ella. Forma parte de su proceso de exploración y reconocimiento del mundo.
Claro que el mundo real al que los chicos de "Kamchatka" deben adaptarse está lejos de la normalidad. Son años de miedo, de imprecisas acechanzas, de alarmas y zozobras que se perciben en las conversaciones en voz baja de los adultos y se hacen visibles en los controles policiales o militares que cortan las calles y registran los automóviles.
Un mal día, la relativa rutina de los chicos -en especial del mayor, que es quien da su punto de vista al film- termina de quebrarse y se hace necesario abandonar la casa apenas con lo puesto: el estudio del padre ha sido allanado y no hay noticias del paradero de su socio. La familia entera pasa a la clandestinidad; los cuatro deben cambiarse el nombre. El pequeño protagonista elige llamarse Harry, porque quiere ser como Houdini, el famoso escapista de origen húngaro de cuyas hazañas acaba de enterarse gracias a un libro que encontró en la casona suburbana que ha devenido su hogar interino.
En ese espacio en el que convergen la realidad y el juego encuentra su veta más rica y más original este film construido a partir de un inteligente guión de Marcelo Figueras al que sólo le sobra alguna retórica en el tramo inicial. También adquiere un eco dolorosamente actual al hacer hincapié en el estrechamiento de los vínculos afectivos como tibio refugio frente a la adversidad; no vivimos hoy aquellos tiempos oscuros, pero otras urgencias nos hostigan y el sentimiento es parecido: cuando el mundo se vuelve hostil y peligroso, es natural que se busque el tibio amparo de los seres queridos. Desde allí, quizá se pueda resistir; quizá también, en esa dramática intimidad, se haga más firme la fe en los propios valores y, como confía el film, se asegure mejor su preservación y su continuidad.
Solidez actoral
"Kamchatka" vuelve a un período sombrío de nuestra historia, pero sólo para observarlo con la mirada de un chico y a partir de sus vivencias. No se trata de un film político sino de la conmovedora crónica de una familia que intenta seguir siéndolo y que lucha por robustecer el vínculo aun en medio de la precariedad, la incertidumbre y el apremio de un obligado vagabundeo. Y sobre todo, describe la inusual experiencia de un chico de diez años, desde adentro, con su perceptividad, su espíritu inocente y su libertad para fantasear sin perder noción de lo real.
En nada opacan los abundantes méritos del film ciertos altibajos, sobre todo cuando en la segunda mitad la marcha del relato tiende a estancarse o cuando algún rasgo artificioso amenaza con quebrar la fluida naturalidad de las acciones, como en la arriesgada aventura que Harry emprende para visitar a su mejor amigo. Marcelo Piñeyro no ha perdido su certero (y probado) ojo comercial, pero obra con apreciable rigor y notable delicadeza. El que cuenta los hechos tal como los vive es el chico y el realizador nunca abandona ese punto de vista. Tampoco cede a las explicaciones, los discursos o el énfasis melodramático. Su mirada traduce el compromiso emotivo que la historia exige pero está lejos de la apelación lacrimógena o la sobredosis de almíbar. En cambio, emplea con sabiduría el humor, tarea en la que cuenta con la ayuda inestimable del pequeño Milton de la Canal, que le presta al Enano (el más chiquito de la familia) su frescura y su simpatía, verdaderamente irresistibles. Y es una discreción casi pudorosa la que guía al director al pintar a sus personajes y apresar sus sentimientos.
La luz, el atinado empleo de la música y la homogénea solidez actoral son factores decisivos no sólo para asegurar el esmero formal que suelen exhibir los films de Piñeyro sino también para contribuir a la calidez de "Kamchatka". Es una atmósfera tibia que se hace más estrecha a medida que crece el peligro en torno del grupo familiar, temporariamente ampliado con la aparición de un muchacho también en fuga, o con las fugaces visitas a los abuelos.
Como la pareja en la clandestinidad, Ricardo Darín y Cecilia Roth ponen toda la calidez y todo el compromiso interior de que se los sabe capaces, y lo mismo puede decirse de Héctor Alterio, Fernanda Mistral y Tomás Fonzi, aunque sus participaciones son más limitadas. Pero es Matías del Pozo quien carga con el mayor peso interpretativo. Es un peso quizá excesivo para un actorcito de 10 años y por eso se comprende que, dentro de un nivel siempre más que decoroso, alterne momentos de asombrosa transparencia con otros en los que su moderación expresiva puede confundirse con distancia o frialdad.
El conmovedor encanto de la historia, su tierna emoción y su digna traducción en imágenes tientan al pronóstico: no parece desatinado imaginar que "Kamchatka" sumará otro gran éxito al fenómeno de popularidad que el cine nacional vive en estos días.




