Audacias muy vigiladas

Fernando López
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5 de junio de 2003  

"La secretaria" ("Secretary", EE.UU./2002, color). Dirección: Steven Shainberg. Con James Spader, Maggie Gyllenhaal, Jeremy Davies, Lesley Ann Warren, Stephen McHattie, Patrick Bauchau, Jessica Tuck. Guión: Erin Cressida Wilson, basado sobre un argumento de Mary Gaitskill adaptado por Wilson y Steven Shainberg. Fotografía: Steven Fierberg. Música: Angelo Badalamenti. Edición: Pam Wise. Presentada por Distribution Company. Duración: 104 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años.

Nuestra opinión: Buena

"De cerca, nadie es normal", dice Caetano Veloso, y Steven Shainberg parece dispuesto a corroborarlo. Sólo que a juzgar por los frutos de su observación podría conjeturarse que se aproximó demasiado o bien que afinó la percepción aplicando una lente de aumento, y ya se sabe qué rarezas pueden descubrirse cuando se mira a través del microscopio.

En "La secretaria", que intenta atenuar la escabrosidad de la visión filtrándola con un humor oscuro y teñido de ironía, lo que evoluciona ante el ojo del espectador es el vínculo que se establece entre un hombre y una mujer sobre la base de sus tendencias más "indecorosas" y más secretas; una mezcla de atracción y lascivia en clave de sadomasoquismo bajo la cual Shainberg adivina una diferente manifestación del amor. Como para volver, involuntariamente, a darle la razón a Caetano, cuando sostiene que "cualquier manera de amor vale la pena".

Aquí, la mirada se concentra en la pareja en cuestión, que está lejos de responder al modelo convencional. Pero puede observarse de soslayo un panorama humano que es casi un muestrario de disfuncionalidad, según la jerga de moda. En "La secretaria", nadie parece del todo normal y no hace falta mirar de cerca para advertirlo. Veamos.

Tal para cual

Lee, la protagonista, acaba de salir del hospital psiquiátrico y vuelve a casa para tropezar otra vez con su familiar clima de vacío y desolación interior y para reencontrarse con sus padres; él alcohólico y violento; ella, insegura, depresiva y sobreprotectora. También con su hueca hermana, toda indiferencia, y con un ex compañero de estudios y aspirante a novio al que le falta carácter y le sobra apocamiento. En su habitación, la chica todavía conserva la caja con su bien surtido equipo de agujas, tijeras, puntas metálicas y toda clase de instrumentos aptos para la automutilación, además de las vendas y la tintura de yodo para curar las heridas que se produce quizá para dominar o paliar alguna íntima desazón.

Aunque todavía frágil, Lee sale a procurarse ayuda bajo la forma de una vida independiente y responde un aviso que solicita secretaria. Así conoce al neurótico e impenetrable abogado que la contrata, el doctor Edward Gray, cuyo autoritario régimen de trabajo (con un todavía más enfermizo sistema de premios y castigos) resulta por lo menos tan extraño como su propia personalidad. Cuando ella comete los primeros errores como dactilógrafa recibe la primera sanción: una buena zurra aplicada por el propio jefe, que le deja las nalgas enrojecidas y el ánimo extrañamente convulsionado. Es, en los términos de esta relación, el equivalente del flechazo, y viene con una inocultable carga de erotismo.

Faltas y correctivos

A partir de ahí, la relación se intensifica, en un juego de faltas y correctivos, de humillaciones y escarmientos cada vez más libidinosos que ella promueve con visible obstinación; está dispuesta a todos los sacrificios con tal de asegurarse el "amor" del hombre que parece nacido para ser suyo.

"La secretaria" tiene en lo formal todo el envoltorio del film de autor, desde la significativa ambientación hasta el humor irónico, sombrío y un poco desolador. A ello suma sus audacias (rigurosamente controladas), su voluntad de escandalizar, su ánimo provocativo, algo parecido a lo que ofrecen, con menos estilización, muchos programas de TV acerca de la diversidad de prácticas y preferencias sexuales. Pero si se lo observa con atención (y sobre todo si se atiende a su conclusión simplificadora, algo así como que cada uno encuentra el amor donde puede, aunque la noción del amor aparezca aquí bastante empobrecida), cabe dudar de la profundidad del examen y advertir que éste no encubre sino otra banalización de un tema tan complejo como la sexualidad humana. Es más: parece la concreción de la más trillada fantasía de los hombres sobre sometimiento femenino, a pesar de que la historia original lleva una firma de mujer.

No obstante, contribuyen a disimular esa trivialidad de fondo la atmósfera perturbadora que el realizador sostiene de punta a punta y el impecable desempeño del elenco, en el que brilla la admirable composición de Maggie Gyllenhaal, todo un ejemplo de mesura e intensidad expresiva.

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