
Bolivia, según Caetano
El director de "Pizza, birra, faso" habla de su nuevo film, que se verá desde mañana
1 minuto de lectura'
El retrasado estreno de "Bolivia", la película de Adrián Caetano que se verá desde mañana, es una muestra de los obstáculos en los que muchas veces se quedan atascadas las películas argentinas en el pobre andamiaje de la industria local.
Después del estreno, en 1997, de "Pizza, birra, faso", que abrió el camino al denominado "nuevo cine argentino" que se paseó y se lució en los festivales internacionales, su codirector Adrián Caetano ha tenido que esperar unos cuatro años para poder estrenar "Bolivia", su segundo largometraje, ganador del premio de la Crítica en Cannes, de Fipresci en Londres, y también en Rotterdam y San Sebastián.
Filmada en súper 16, en blanco y negro, con pocos actores profesionales (Enrique Liporace y el ya fallecido Héctor Anglada), un bajísimo presupuesto y más ganas de experimentar, Caetano cuenta que, en realidad, nunca habían pensado en estrenar esta película de 75 minutos. Primero, porque había surgido como un cortometraje basado en el cuento de la ex mujer de Caetano, Romina Lafranchini. "Después de "Pizza..." sentí ganas de filmar solo y, como tenía unas latas de película blanco y negro, empezamos a filmar un guión que no tenía más de cincuenta páginas y que luego se fue transformando en una película mayor. Pero surgieron muchos problemas, económicos, técnicos, legales, y al no tener plata para solucionarlos decidimos no estrenarla. Digamos que la película sufrió la misma metamorfosis que yo. Igual siempre se mantuvo fiel al guión, si bien se le agregaron escenas. Pero no tenía música y después la tuvo, no se iba a estrenar y después se estrenó, nunca se pensó en ir a ningún festival y después finalmente fue", cuenta el director uruguayo, ahora con 32 años, en un alto de la edición de "El oso rojo", la tercera, producida por Lita Stantic, un policial protagonizado por los actores Julio Chávez y Soledad Villamil, que piensa estrenar este año.
Caetano tiene un estilo despojado de estridencias al hablar, como si nada le importara demasiado. Considera que la camada del nuevo cine argentino "es un grupo de gente que apenas está empezando. Pero si porque nuestras películas han tenido repercusión en el exterior creemos que lo mejor ya lo hicimos, es un delirio. Creo que ese exitismo que hay en la película "Bolivia" se aplica a todo. Se habló mucho de "Pizza, birra, faso". Todos la conocen, pero muy pocos la vieron. Nos alegramos de que "El hijo de la novia" vaya al Oscar y después estamos once meses llorando porque no tenemos con qué filmar". Cuando se entusiasma, Caetano cuenta con todo el cuerpo. Inquieto, dice que no estudió cine, que vio el elemental. Y que como no puede parar de hacer cine, ante las dificultades, ha realizado tantos cortometrajes, entre los que se destaca "La expresión del deseo". Y sin vueltas agrega que, últimamente, ve más fútbol que cine. Curiosamente, "Bolivia" comienza con las imágenes del enfrentamiento Bolivia-Argentina por las eliminatorias sudamericanas
El retrasado estreno de "Bolivia", la película de Adrián Caetano que se verá desde mañana, es una muestra de los obstáculos en los que muchas veces se quedan atascadas las películas argentinas en el pobre andamiaje de la industria local.
Después del estreno, en 1997, de "Pizza, birra, faso", que abrió el camino al denominado "nuevo cine argentino" que se paseó y se lució en los festivales internacionales, su codirector Adrián Caetano ha tenido que esperar unos cuatro años para poder estrenar "Bolivia", su segundo largometraje, ganador del premio de la Crítica en Cannes, de Fipresci en Londres, y también en Rotterdam y San Sebastián.
Filmada en súper 16, en blanco y negro, con pocos actores profesionales (Enrique Liporace y el ya fallecido Héctor Anglada), un bajísimo presupuesto y más ganas de experimentar, Caetano cuenta que, en realidad, nunca habían pensado en estrenar esta película de 75 minutos. Primero, porque había surgido como un cortometraje basado en el cuento de la ex mujer de Caetano, Romina Lafranchini. "Después de "Pizza..." sentí ganas de filmar solo y, como tenía unas latas de película blanco y negro, empezamos a filmar un guión que no tenía más de cincuenta páginas y que luego se fue transformando en una película mayor. Pero surgieron muchos problemas, económicos, técnicos, legales, y al no tener plata para solucionarlos decidimos no estrenarla. Digamos que la película sufrió la misma metamorfosis que yo. Igual siempre se mantuvo fiel al guión, si bien se le agregaron escenas. Pero no tenía música y después la tuvo, no se iba a estrenar y después se estrenó, nunca se pensó en ir a ningún festival y después finalmente fue", cuenta el director uruguayo, ahora con 32 años, en un alto de la edición de "El oso rojo", la tercera, producida por Lita Stantic, un policial protagonizado por los actores Julio Chávez y Soledad Villamil, que piensa estrenar este año.
Caetano tiene un estilo despojado de estridencias al hablar, como si nada le importara demasiado. Considera que la camada del nuevo cine argentino "es un grupo de gente que apenas está empezando. Pero si porque nuestras películas han tenido repercusión en el exterior creemos que lo mejor ya lo hicimos, es un delirio. Creo que ese exitismo que hay en la película "Bolivia" se aplica a todo. Se habló mucho de "Pizza, birra, faso". Todos la conocen, pero muy pocos la vieron. Nos alegramos de que "El hijo de la novia" vaya al Oscar y después estamos once meses llorando porque no tenemos con qué filmar". Cuando se entusiasma, Caetano cuenta con todo el cuerpo. Inquieto, dice que no estudió cine, que vio el elemental. Y que como no puede parar de hacer cine, ante las dificultades, ha realizado tantos cortometrajes, entre los que se destaca "La expresión del deseo". Y sin vueltas agrega que, últimamente, ve más fútbol que cine. Curiosamente, "Bolivia" comienza con las imágenes del enfrentamiento Bolivia-Argentina por las eliminatorias sudamericanas para el Mundial de Francia 1998. Con un granulado que se agranda a través de unas imágenes tomadas de la TV y saturada en su blanco y negro, apenas si se ven las caras de los jugadores. Pero sí queda de relieve lo efímero del triunfalismo argentino por sobre América del Sur. Sin duda, el puntapié para esta película.
Xenofobia
Un poco desordenado, Caetano empieza a recordar. Seis años atrás, en un bar del barrio porteño de Belgrano, un grupo de hinchas argentinos mató a golpes a un brasileño porque gritó un gol que Nigeria le hizo a la Argentina. "Creo que ese racismo fue alimentado hace muchísimo tiempo, desde Roca. Pero creo que la gente no es xenófoba. Creo que ha habido un discurso muy perverso desde los gobiernos que todo el tiempo han tratado de delegar culpas y confundir a la gente para que no se fijen en qué es lo que realmente pasa. Y las circunstancias actuales hacen que la gente esté limada . Tengo amigos que dicen: "A la Argentina viene gente de cualquier lugar y consigue trabajo". Y yo les digo que ése no es el problema: "Si querés, andá y pelealo, pero vas a pelear con un tipo que está igual de muerto de hambre que vos". Y ahora pienso en que, como siga así el país, vamos a terminar yéndonos todos a vivir a Bolivia".
Tal vez la película "Bolivia" podría haberse llamado "Perú" o "Paraguay" y hasta "Jujuy". Desde sus diálogos juega con esa concepción generalizada -sobre todo entre los porteños- de que el interior es como un agujero negro, y el resto de los países sudamericanos conforma un bloque homogéneo al que la Argentina no pertenece, y en donde es lo mismo un peruano que un boliviano, y hasta un jujeño podría también confundirse.
Caetano cuenta que, inconscientemente fue al lugar común. "Al principio me pareció cómico que un boliviano viniera al país a hacer asado. Y después me enganché mucho con la música, que es absolutamente boliviana. Sonaba fuerte "Bolivia"."
En su película, la pelea por la subsistencia de pobres contra pobres se da entre las paredes de un bar del barrio de Once atendido por su propio dueño (un porteño abusador y paternalista), adonde llega Freddy, boliviano, a ocupar el puesto de parrillero. Hay una moza paraguaya que atiende a taxistas de paso, como el Oso, que está tapado de deudas y se salvaría "de milagro"; a Marcelo, otro taxista que trata de conciliar las diferencias; y entre los vendedores ambulantes aparece misterioso un cordobés.
-En el bar se dan diferentes juegos de poder en donde todos, de alguna manera, son víctimas....
-Sí, pero igual siempre paga el más débil. Eso es ley. Ahí adentro nadie parece tener la culpa. Hay alguien que muere para que haya un rato de respiro, pero lo más probable es que después muera otro más. Es un círculo del que nadie parece salir.
-¿Cómo manejaste la narración de esta tragedia para no caer fácilmente en la sentimental figura paternalista para con el más desdichado?
-Es difícil hacer una película acerca de lo que uno ve cotidianamente y no ser trágico. Hacer una comedia en este contexto sería hipócrita. Pero la gente que siente el sentimentalismo barato es la que ve al peruano y al boliviano igual. Si yo lo hubiera puesto a Freddy como un pobre tipo habría sido racista. Y para mí es un tipo común. Primero, tiene una dignidad que es buena de ver en cine. Es el protagonista y ves lo que le pasa, que se emborracha, se va con una mujer, trabaja muchísimo, extraña a su familia. Es boliviano también. Pero si se lo ve desde un punto de vista paternalista, es probable que se cometa el mismo error que el personaje del dueño del bar. Freddy no entra en ese lugar, pero tampoco es un tipo probo, ni justo ni nada. Lo que tienen los personajes es que ninguno parece darse cuenta de lo que están haciendo o de lo que está pasando.
-En la película, la tensión es creciente y no se sabe por dónde va a explotar: si por las deudas del Oso con el dueño del bar, si por el supuesto odio del cordobés hacia el boliviano...
-Sí, a mí me gustó ese progreso de la película. Todos van juntando bronca. No tiene una estructura típica. Sí un conflicto único que va creciendo lentamente al principio y que termina reventando.
-¿Cómo nació tu compromiso con Bolivia a partir de que decidiste incluir música de Los Kjarkas?
-Al principio iba a ser una película más fría, ascética. Pero después decidí incluir música. Compuse una cumbia, y al grupo boliviano Los Kjarkas lo conocí en el transcurso de la filmación de la película. Al escucharlos me sugerían imágenes consecuentes con ese país. Y estoy muy conforme. Me parece que esa música ayuda a que la película con su tragedia no sea tan moplo para el espectador.



