
Carlos Sorín, en pantalla ancha
Para su primera incursión en el thriller convocó a Luis Luque y Beatriz Spelzini
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¿De qué se habla cuando se habla de "cine de género"? En realidad, ¿de qué género estamos hablando? En el cine se abordan muchos géneros, pero el de suspenso, con sus diferentes encuadres, tiene papel protagónico y no es raro que los cineastas, cuanto más cinéfilos con más vocación, no se sientan completos hasta aprobar la asignatura con una propuesta que lleve su firma. El thriller, definición que deriva del verbo thrill -es decir asustar, estremecer, emocionar-, es el que Carlos Sorín, el director que en su relación de cuarto de siglo con el cine lleva ganados un León de Plata en Venecia, un premio Goya, un Coral en La Habana y dos Cóndor de Plata, eligió para su séptima película, El gato desaparece , que hoy estrena Buena Vista.
En el film, Luis es un profesor universitario que termina una forzada e intensa recuperación, a puertas bien cerradas, en un instituto neuropsiquiátrico. El motivo: una antigua reacción en extremo violenta que derivó en una intervención judicial. Y vuelve a su casa, con la medicación a cuestas, para recuperar el tiempo perdido con Beatriz, su esposa, con su hija, que lo visita ahora en pareja, y con sus queridos alumnos. También con Donatello, su gato negro, aunque no lo reciba demasiado bien. Dicen que los gatos tienen la capacidad de ver más allá, pero qué será lo que el felino observa en la mirada de su dueño. Poco más hay por decir, ya que muy astutamente Sorín se encarga de poner pistas y trampas, sin olvidarse de los muy estimables sobresaltos que sirven de solución de continuidad entre verdad y sueño o al revés y un final para no contar. Sus dos figuras centrales y casi excluyentes son Luis Luque y Beatriz Spelzini, que acaba de ser recompensada por la Academia de Cine Alemán con el premio Lola a mejor actriz de reparto por su labor en la aún inédita aquí El día que no nací , de Florian Cossen.
-Un film de género, una casa, dos personajes, un gato...
-Es una película de cámara. Lo que pasa es entre dos personas, y pasa en general en una casa, con todo el peligro que significa transmitir claustrofobia al espectador. Por eso elegí la pantalla bien ancha y una casa que no corresponde exactamente al género, como lo es ésta, abierta, con grandes espacios y mucha luz, es decir todo lo contrario a la típica del género, que por contraposición me parecía iba a jugar bien.
-¿Cómo resolvés el encierro?
-Es una película de construcción, de guión, de ingeniería. Se resuelve trabajando mucho, con la suficiente anticipación. Me sentí más un ingeniero que un director, porque en este tipo de películas donde en realidad el tema es el género, y siendo éste el suspenso, lo más importante es el suspenso. Cualquier otra cosa es una excusa para volver al género. La construcción dramática es la que te garantiza la eficacia. Tiene que mantener al espectador atado a la butaca y provocarlo.
-¿Y cómo se consigue esto en un formato de pantalla tan ancho?
-Tenía ganas de filmar en "scope", como uno tiene ganas de comprar un auto. Siempre filmé en el formato panorámico normal, porque tiendo a acotar y a hacer primeros planos, por lo que implicaba un riesgo y un aprendizaje. El ancho te limita. Nunca podés hacer un primer plano franco y los escenarios y los fondos empiezan a pesar más en la trama y esa idea me gustó. Con semejante ancho de pantalla no podía ser tan azaroso como en mis películas anteriores, donde lo accidental entraba en el rodaje y lo aprovechaba.
-Me decías que ésta es una película "de guión"?
-Sí, obviamente después apoyada por la actuación, por el montaje, la música y el sonido. La clave está en que el armazón de la estructura de la máquina funcione como tal.
-¿Qué antecedentes tuviste como referencia?
-La referencia inmediata e inevitable para cualquier persona que quiera hacer una película de género es la de [Alfred] Hitchcock. No se puede escribir sobre los Evangelios sin citar la Biblia. Hitchcock es la Biblia del género. Durante el proceso de trabajo del libro no vi ninguna película. Solo usé la base de datos del cine que conozco y amo, para ver si en esto funciona. Pero estoy convencido de que me marcó El escritor oculto , de [Roman] Polanski, que me pareció una obra maestra, más que por el género por la solidez de su construcción. Con tantas propuestas de cine independiente sobre mis espaldas me sentía un poco perdido. Me preguntaba ¿y ahora qué? Cuando vi la película de Polanski descubrí un clásico incuestionable, que me motivó.
-¿En tu película el gato funciona como algo más que un McGuffin (N. de la R.: según Hitchcock, una excusa funcional al desarrollo de una trama)?
-Sí. Para Beatriz un gato es un gato. Pero al mismo tiempo el gato es símbolo de otra cosa. El gato es el que acentúa lo que ella cree que ocurre. En mis películas, las cosas no son lo que aparentan. La película podría prescindir del gato. Sin embargo, con la intriga del gato la película va creciendo en suspenso. La película es un juego con el público, y el gato termina siendo una pieza clave para que ese juego funcione. Sólo así podía abordar un tema dramático desde una mirada más juguetona, que es en lo que me siento un poco más cómodo.
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