
Con Stallone, más cine de superacción
Después de Rocky, vuelve Rambo con el estreno, el jueves próximo, de su cuarta aventura; gracias a estas resurrecciones, el actor recuperó a los 61 años la popularidad de otros tiempos
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No es difícil imaginar el entusiasmo de los fanáticos, el rechazo visceral de los críticos y la expresión socarrona de quienes están a mitad de camino entre unos y otros cuando trascienden algunos detalles curiosos de la reaparición cinematográfica de John J. Rambo, el veterano de Vietnam cuya vuelta constituye para muchos el regreso menos pensado de los últimos años.
Por ejemplo, se sabe que en Rambo, regreso al infierno -cuyo estreno en la Argentina anuncia CDI para el jueves próximo- hay un promedio de dos asesinatos y medio por cada uno de los 91 minutos del film. Y que el conteo de muertes violentas se cierra en 236, la cifra más alta de la historia del personaje (lo que es mucho decir) a lo largo de su larga y controvertida historia, iniciada allá por 1982 a partir de Primera sangre , novela de David Morrell sobre las andanzas de un veterano de Vietnam duro entre los duros y poco afecto a seguir otra guía que su propia conciencia a la hora de aplicar justicia.
Lo cierto es que 20 años después de su tercera aventura hecha largometraje, Rambo reverdeció tan sorpresivamente como Rocky, otro retornado -en su caso, por séptima vez- luego de 16 años de ausencia. Ambos regresos se produjeron con escasos meses de diferencia y quienes, al conocer la voluntad de Sylvester Stallone de resucitar a sus personajes más populares, no hacían al principio más que mofarse del forzudo actor de rígida sonrisa terminaron rindiéndose ante la evidencia: había en verdad ganas de ver más Rocky y más Rambo, por más que Sly tenga hoy 61 años y su muy trabajado físico intente a veces en vano resistirse al inexorable paso del tiempo.
El actor que dio vida a Rambo en tiempos de Ronald Reagan acaba de traerlo de vuelta poco antes de proclamar públicamente su respaldo al republicano John McCain en la futura carrera hacia la Casa Blanca. Ese apoyo explícito llega inmediatamente después del estreno de un film en el que un héroe de ficción como Rambo, habitualmente identificado con las posiciones más duras del conservadurismo norteamericano, no hace una sola referencia explícita a la política de su país en su nueva aventura.
"Nunca dije que Rambo era republicano", acaba de advertir desde las páginas del semanario Time el propio Stallone, un hombre tan lacónico en la pantalla como sagaz en sus dichos fuera de ella. "Los hombres grandes ponen en marcha las guerras, los jóvenes pelean en ellas y todos los demás, que están en el medio, terminan muertos. La guerra es natural, la paz es un accidente. En realidad, somos animales y si usted cree que la gente es naturalmente alegre y buena, deshágase de la policía durante 24 horas y fíjese que puede llegar a pasar", dijo a la misma publicación con ese gesto amistoso familiar para quienes lo han tratado y que desmiente en el trato personal su pesimista mirada sobre el mundo.
En esa nota no se dejó de observar que Rambo vuelve a ser aquí una auténtica "máquina de matar", pero el escenario de la más cruenta de las películas de Stallone (aquí guionista y director, además de actor) no es ni Irak ni Medio Oriente, sino la menos conocida geografía de Myanmar, la antigua Birmania, mencionada en el film como Burma y gobernada desde 1962 por una junta militar.
Dos miradas de la vida
Como compensación al purgatorio simbolizado por Rambo, Stallone dice que Rocky representa el lado optimista de las cosas. Gracias al séptimo film del boxeador ( Rocky Balboa ), uno de los largometrajes más comentados de 2007, el actor recuperó parte de la gloria y el éxito que de la nada llegaron a sus manos junto al extraordinario debut del personaje, en 1976. Rocky Balboa costó 24 millones y recaudó en taquilla tres veces más, a modo de prólogo de lo que ocurrió hasta aquí con Rambo: regreso al infierno, cuyo presupuesto de 50 millones de dólares fue superado en apenas un mes de exhibiciones, cuando todavía está pendiente el estreno del film en buena parte de Europa, Asia y Oceanía.
En varios países, a los que llegó como parte del tour promocional de Rambo, Stallone fue recibido con el entusiasmo de los viejos tiempos. Tuvo que dar explicaciones por hechos cargados de controversias, como cuando defendió el consumo de hormonas masculinas (testosterona, más precisamente) como fuente de bienestar y freno para el envejecimiento. Todavía está fresco el recuerdo de lo mal que la pasó en Australia, cuando fue acusado de querer ingresar de contrabando supuestas sustancias vitamínicas que las autoridades objetaban por sus efectos potenciales.
Pero lejos de rendirse, hay en Stallone promesas de mucha más superacción. Gracias a la nueva vida de sus criaturas cinematográficas más conocidas, acaba de suscribir un contrato digno de los mejores tiempos de su carrera para dirigir y protagonizar dos nuevas películas de acción, una de las cuales podría ser la remake de El vengador anónimo , aquel personaje que hacía justicia por mano propia en las calles.
Al mismo tiempo, prepara para la TV un largometraje sobre la agitada vida de Notorious Big y Tupac Shakur, dos figuras del rap trágicamente desaparecidas en circunstancias violentas, y sueña cada vez más con otra vieja obsesión: contar en el cine la vida de Edgar Allan Poe, cuyo rostro no sería otro que el de Viggo Mortensen. Como para que, una vez más, algunos se entusiasmen, otros no disimulen el rechazo y unos cuantos más ensayen miradas burlonas. No hay términos medios con Sylvester Stallone.



