
Eastwood, la mejor despedida
En Gran Torino, encarna a un intolerante e irascible veterano de la guerra de Corea
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Gran Torino (EE.UU./2008, color; hablada en inglés y hmong). Dirección: Clint Eastwood. Con Clint Eastwood, Bee Vang, Ahney Her, Christopher Carley, Brian Haley. Guión: Nick Schenk, sobre una historia de Dave Johannson y Nick Schenk. Fotografía: Tom Stern. Música: Kyle Eastwood y Michael Stevens. Edición: Joel Cox y Gary D. Roach. Presentada por Warner. 116 minutos. Sólo apta para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: muy buena
Clint Eastwood ha sugerido que el de Gran Torino podría ser el último personaje que encarne en el cine. Si es así, no pudo haber elegido mejor. En Walt Kowalski, el hosco, amargado e irascible veterano de Corea que no parece sino esperar la muerte sentado en su porche con una cerveza en la mano y la fiel Daisy echada a sus pies, tiene un poco de todos los seres que representó en el pasado, la visible voluntad de asumirlos y aceptarlos aun con sus contradicciones y cierto ánimo de conciliación.
En Kowalski hay bastante del individualista a ultranza, del parco héroe solitario de los westerns spaghetti, del justiciero siempre en el límite entre la ley y el delito. Es un defensor de valores -trabajo, patria, familia- a los que ha permanecido fiel (el modelo Ford que guarda en su garaje es el símbolo de ese pasado que idealiza); el que no disimula su intolerancia ni su racismo; el tipo duro y malhablado que jamás expresa sus sentimientos, pero tampoco puede ocultarlos del todo.
Está, claro, en conflicto con su actual entorno multicultural, ajeno a esos valores. Vive casi aislado en su fortaleza, bandera al frente incluida, como en un fuerte asediado por los indios, ahora que ha perdido a su mujer y el suburbio de Detroit en que reside se ha llenado de inmigrantes sudasiáticos. Que se arreglen ellos y sus guerras contra las demás pandillas de otras etnias, pero que no invadan su territorio. Y que no lo moleste tampoco el insistente curita que busca cumplir el expreso deseo de la difunta: arrancarle una confesión. No es asunto de un sacerdote inexperto si a él le duelen todavía en la conciencia las heridas que le dejó la guerra.
Si este Eastwood maduro pero aún fuerte acepta muchos de los rasgos que le adjudicó la mitología popular, también ha ganado en sabiduría. Le preocupa hoy (lo demostró, por ejemplo, en Cartas desde Iwo Jim a) la reconciliación. Sabe que ésta -con uno mismo y con los otros- puede llegar al final del camino y traer la paz para que la vida recupere su sentido y la redención sea posible, aunque imponga el sacrificio.
Empujado por la pandilla de su primo a dar una prueba de hombría, Thao, un tímido jovencito hmong de la casa vecina, intenta robar el Gran Torino que es el orgullo del protagonista. Basta ese hecho para que el contacto de Kowalski con el mundo real se restablezca y haga aflorar en él, tras la ira inicial y con la frecuentación de la familia asiática, el impulso protector (paternal) al que no supo responder en su momento. Así, aunque la violencia no desaparezca de la escena, lo que parecía conducir a otra versión de la mal llamada justicia por mano propia deriva en una historia de amor filial que evidencia otra vez esa fina sensibilidad que Eastwood manifiesta de un modo discreto pero profundamente conmovedor.
El preciso clasicismo de su lenguaje y su admirable labor actoral compensan largamente algunas debilidades del guión y los titubeos de un elenco novato, excepción hecha de la encantadora Ahney Her, la chica que logra vencer la hostilidad del protagonista.



