
El hombre que amaba a las mujeres
El recuerdo del gran Marcello Mastroianni, a diez años de su fallecimiento
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"Me gustaría disfrutar de la fortuna que tienes tú, la fortuna de ser mujer", le dice Marcello Mastroianni a Sophia Loren en un film de Alessandro Blasetti. Esa línea del diálogo podría haberla escrito él mismo, porque en la vida cotidiana Marcello admiraba a las mujeres. Y las amaba. Federico Fellini contaba que llegó a instalar teléfonos en los sets para que el actor pudiera llamar a sus incontables y admiradas ninfas. "Es su único defecto", decía FF, no sin cierta envidia. Ese testimonio, entre otros muchos, forma parte del film Marcello, una vita dolce, que saldrá al aire esta noche por la RAI, en Italia, al conmemorarse diez años de su muerte.
El documental, firmado por Mario Canale y Annarosa Morri -anticipado en el último Festival de Cannes-, revela facetas del actor desde la óptica de sus dos hijas, Barbara y Chiara, y de unos cuantos colegas y amigos. Esta semblanza intenta completar la que el propio Mastroianni trazó de sí mismo, frente a cámara, en Sí, yo me acuerdo, el que filmó Annamaria Tatò -la cineasta que fue su compañera en sus últimos veinte años- en 1996, poco antes de la muerte de él.
El empeño en reconstruir su imagen responde no tanto al atractivo de quien fue una de las figuras del cine más amadas del siglo como al intento de desentrañar el enigma de su personalidad: el carisma irresistible de un hombre que, lejos de toda ostentación, buscaba la privacidad y afirmaba la más rotunda medianía del hombre común, a través de una frase que quien escribe estas líneas le escuchó decir varias veces: "Sono un uomo limitato".
Catherine y Sophia
Había nacido en 1923, un 28 de octubre, en Fontana Liri, cerca de Frosinone, en esa zona del bajo Lazio conocida como Ciociaria (donde también nacieron Vittorio De Sica y Nino Manfredi), pero pronto se trasladó a Roma, y a los 11 años actuó como figurante junto a Beniamino Gigli. También fue extra en La corona de hierro (1941), de Blasetti, en medio de cuyo rodaje -mágica coincidencia- apareció el joven periodista Fellini, en su primera visita a Cinecittà.
Muchos años después, en 1958, el Fellini cineasta convocó a Marcello para La dolce vita y, a partir de ahí, director y actor conformarían la dupla única que habría de plasmar también 8 y ½, La ciudad de las mujeres, Intervista y Ginger y Fred: "Una verdadera y hermosa amistad, basada en una desconfianza total y recíproca", diría el actor al final de su vida.
Con otros directores consolidó la multifacética disponibilidad de su talento: Mario Monicelli lo tuvo, tempranamente, en Los desconocidos de siempre (1958) y, después, como el profesor Sinigaglia de Los compañeros; Ettore Scola contó con él para Un día muy particular, en el que interpretaba a un periodista homosexual, bien lejano del Casanova de La noche de Varennes o del cinéfilo derrotado de Splendor. Luchino Visconti lo eligió para el Mersault de El extranjero (tan parecido a él) y lo dirigió en teatro ("Visconti era el maestro, respetado y distante, mientras que Fellini era mi compinche").
Sus mujeres, en la ficción y en la vida: hizo pareja con las más bellas e importantes actrices de su tiempo, con algunas de las cuales se vinculó sentimentalmente, como Catherine Deneuve (la madre de Chiara, su hija francesa) o Faye Dunaway, con quien terminó mal, para luego caer en una profunda desolación. A su muerte hubo litigio por su morada final entre la Tatò y Flora Carabella, su única esposa legal y madre de su hija Bárbara, de la que nunca se divorció. Y la Deneuve boicoteó el documental de la Tatò en Cannes: el abúlico "hombre común" había sido, también, un gran seductor.
En la pantalla, sin embargo, con ninguna tuvo la alquimia que lo ligó a Sophia Loren; con ella, bajo la dirección de De Sica, filmó Matrimonio a la italiana;Ayer, hoy y mañana, y Los girasoles de Rusia (además de Un día muy particular, de Scola). "Con Sophia nos conocimos en 1954 y desde entonces nuestras vidas se entrecruzaron en el trabajo -le confió a Enzo Biagi en el libro La bella vita-. Entre nosotros nunca hubo nada, pero nos une un afecto profundo; si no fuera trivial, diría que el nuestro es un amor fraterno."
Siendo gran admirador del humor buzzattiano de Marco Ferreri (con quien hizo varios films), no fue raro que se entusiasmara con el romance casi grotesco que desarrolla De eso no se habla, el relato de Julio Llinás que en 1992 le propuso protagonizar la argentina María Luisa Bemberg. Así fue como Buenos Aires y la uruguaya Colonia del Sacramento albergaron a Mastroianni durante fecundas jornadas de confraternidad cinematográfica ítalo-argentina.
Fue en los intervalos entre tomas y en las distendidas cenas en El Ramar, de Colonia, cuando le escuchamos al actor algunas de las reflexiones que lo definían: "El actor es alguien que dice mentiras". "Cuando hago teatro miro al público y me pregunto: «Pero, ¿no se aburren?». "Me han hecho fama de latin lover, pero soy alguien que hace el amor como un hombre normal."
Hace diez años, hoy, que Marcello se fue, y cabe sospechar que no habrá otro como él.



