
En busca del diamante perdido
Diamante de sangre ( Blood Diamond , Estados Unidos/2006). Dirección: Edward Zwick. Guión: Charles Leavitt. Director de fotografía: Eduardo Serra. Diseño de producción: Dan Weil. Montaje: Steven Rosenblum. Música: James Newton Howard. Con Leonardo DiCaprio, Jennifer Connelly, Djimon Hounsou, Arnold Vosloo y Kagiso Kuypers. Presentada por Warner. Duración: 142 minutos. Apta para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: buena
Ambientado en 1999, con la guerra civil en Sierra Leona como telón de fondo de lo que es, en esencia, una búsqueda del tesoro, Diamante de sangre tiene como centro de su trama a un gigantesco diamante rosa, que extrae y esconde un pescador capturado como minero por el Frente Unido Revolucionario. Solomon (Djimon Hounsou) sabe que la piedra puede ser el pasaje de su familia -a la que aún debe recuperar- a una vida mejor fuera de Africa, pero no sabe cómo venderla ni a quién hacerlo. El que sí sabe, pero no tiene ya qué vender es Danny Archer (Leonardo DiCaprio), un ex mercenario nacido en Zimbabwe dedicado a traficar a Europa diamantes extraídos en zonas de conflicto. Este decide ayudarlo a recuperar la piedra y a los suyos por un alto precio, que también le alcanzará para escapar de sus pecados.
El director Ed Zwick ( El último samurái ) imprime dinámica a la puesta en escena y nervio al desarrollo de la travesía de sus dos protagonistas -una suerte de pareja despareja en clave trágica que encarna dos visiones contrapuestas sobre el presente de Africa- a través de paisajes naturales tan sobrecogedores como impasibles a la carnicería humana que se desarrolla en ellos (ambos fotografiados con maestría por Eduardo Serra), especialmente explícita y perturbadora en los segmentos dedicados al adoctrinamiento de los "niños soldados" del FUR.
El sólido trabajo de DiCaprio (por el que está nominado al Oscar como mejor actor, una de cinco candidaturas que posee esta película), que supera con solvencia el desafío de convertirse aquí en un antihéroe clásico y llevar el considerable peso de esta desigual superproducción sobre sus espaldas, así como la imponente presencia de Hounsou como el sencillo Solomon, alcanzan a dotar al film con pinceladas de la intensidad y la complejidad psicológica ausentes en el endeble guión de Charles Leavitt.
Es que la tan bienintencionada como simplista visión del conflicto que plantea Diamante de sangre -encarnada en el personaje de la desaprovechada Jennifer Connelly, una corresponsal de guerra que funciona también como propaladora moral, deus ex machina e interés romántico- termina por diluir hasta la inocuidad las fortalezas, sobre todo actorales, de una propuesta cuya indudable capacidad de entretener contrasta fuertemente con la superficialidad de su compromiso dramático. Tal y como ocurre a la larga con la roca que da inicio a esta tragedia en particular, su brillo se empaña a medida que el ojo se acerca.




