Graciela Borges: "Esta es una profesión de los que resisten"

La gran actriz argentina, jurado en la competencia internacional del Bafici, festival donde además se le rinde homenaje, repasa su carrera
Pablo De Vita
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20 de abril de 2016  

Crédito: Maximiliano Amena

Debutó en el cine con Hugo del Carril, pero décadas después se convirtió en ícono del Nuevo Cine Argentino con La ciénaga, de Lucrecia Martel. Intervino en una notable cantidad de clásicos del cine argentino, pero es amada y venerada por los jóvenes realizadores. La sola mención de su nombre, su mirada azabache y su voz velada marcan a fuego la escena nacional.

En este Bafici, Graciela Borges será jurado de la competencia internacional y le entusiasma la idea: "Yo espero en estas películas del Bafici encontrar mucha creatividad, porque es un esfuerzo tremendo hacer cine independiente", asegura en diálogo exclusivo con LA NACION.

Borges es conocida también por su bondad, sus romances y el recuerdo permanente de Juan Manuel Bordeu; por la presencia cotidiana de su gran amiga Graciela Cámara o de su sobrina Lorena Peverengo -quien la acompaña en el programa Una mujer, que conduce Graciela por Radio Nacional-; pero recordar la trayectoria de Graciela Borges es dar cuenta de los cambios a través de las épocas gracias a ella, casi convertida en una marca sin tiempo en la pantalla local. Los ladridos de su perra Sarita confirman el ingreso a su universo privado.

-En una oportunidad dijo: "El oficio del actor se elige, quien lo elige, porque no le gusta demasiado cómo es realmente". ¿Es así?

-Quizá la frase está un poco distorsionada; creo sí que uno no está completo. Se trata de vivir otras vidas, muchas, porque lo que un actor más necesita es que el otro lo ame. Por eso tiene tanto la esperanza del feedback. Antes que decir que no le gusta cómo es, quise decir que necesita quizás hacer otros personajes que no son él. Completarse.

-Dentro de esos personajes que la completaron, ¿hay alguno que prevalece sobre otro?

-Todos me dieron algo y fueron como maestrías. Pero si me preguntás en el alma -si bien la emoción esta desvalorizada, pero es lo que hay aunque parezca cursi-, diría que me gustó muchísimo mi rol en Pobre mariposa y hacer de pianista en Funes, un gran amor porque ser música era otra cosa. Recuerdo que fui con Virgilio Expósito a practicar la posición de las manitos. Los personajes son una influencia tan sensorial, tan particular... O el de Crónica de una señora, porque las mujeres en Buenos Aires morían por ser finas o se sentían amargadas porque los maridos tampoco las dejaban trabajar según la clase social.

-¿Cuándo llegó el momento en el que decidió que eso fuera una trayectoria y una vida?

-¿Sabés una cosa, Pablito? No te puedo mentir. Fue caminando todos los días, andando uno tras otro. No me paré a pensar qué me gustaría ser. No tenía tiempo para pensar, lo seguí haciendo naturalmente, terminaba una película y empezaba otra y así transcurría la vida.

-¿Cómo fue el debut en el cine con Una cita con la vida, de Hugo del Carril?

-Fue con culpa; tenía 14 años y era cero cholula y no tenía idea de nada porque me encantaba la declamación. Pero vi a un hombre estupendo con una sonrisa increíble, que encima era el director, y a Gilda Lousek, que era tan linda -y yo tan fea al lado de ella-, con su pelo rubio y ojos verdes. Era como una muñeca. Me acuerdo de que llegué a la filmación y, raro, capté enseguida que tenía sombra en la cara. Cuando vi la proyección le dije a Américo Hoss: "¿Por qué ella salió tan linda? Ya sé que es más linda, pero yo salí muy fea", y él me respondió, con su acento húngaro: "Cuando usted sea estrella, voy a fotografiarla bien".

-¿Y el primer beso fue en El jefe?

-Ya me había dado un beso un chico llamado Rodolfo, en un picnic. Sí. Fue Alberto de Mendoza. Qué buen mozo era. Me latía tanto el corazón... hasta más grande nunca lo supo. Él y Lautaro Murúa son dos de los que me enamoré. Esa vez no dormí en toda la noche y cuando me dio el beso el corazón me latía a mil y pensaba que me iba a morir. "Y, nenita, ¿te pusiste nerviosa?", me dijo, y yo, que era súper contestataria, le respondí: "¿Yo? ¡Por favor!".

Graciela vive pendiente de su familia y de sus amigos. Recibe un mensaje de WhatsApp cada dos minutos. Alguien le trae noticias de un amigo enfermo; otro vio una película suya recién en televisión y le avisa que está divina. Uno más le pregunta si la esperan a cenar. "¿Cómo estás, Gracielita?". "Bien, corazón, trabajando". Responde, nunca deja de responder. Graciela es Graciela, ya sea Zabala, el original, o Borges, el apellido que el autor de El Aleph le obsequió en una cena en la casa del escritor Augusto Mario Delfino cuando el horizonte como actriz recién se presentaba. Y en ese horizonte estaba su madre como una presencia cotidiana: "A quien adoré más que nada en mi vida. Era rigurosa conmigo y contaba los chicos que venían a buscarme para salir y que esos mismos volvieran a traerme a casa al regresar, una cosa terrorífica. Esos 17 o 18 años en los que todo el mundo te deja hacer lo que quieras para mí eran una tortura. Era esa chica mortificante que decía: «A las doce y diez me tengo que ir», agarraba el abrigo y me iba a la puerta, y el chico que me traía o la gente pensarían: «¡Qué pesada!». Eso no quiere decir que no me haya divertido en la vida".

-Siempre menciona mucho a su madre pero no tanto a su padre.

-Lo menciono con prudencia porque tengo hermanos que sufren mucho cuando hablo del viejo, pero terminó bien la historia. Mi padre no quería que yo fuese actriz, era muy de una generación. Durante los últimos años nos vimos poco; entonces, cuando empezó a estar enfermo, me acerqué. El día que él murió yo estaba trabajando y una enfermera en el sanatorio me dijo por teléfono: "¿Quiere hablar? Está muy fatigado, habla poco". Le dije: "Dígale que lo quiero con todo mi corazón", y escuché que él le decía: "Dígale que yo la quiero con toda mi alma". Esa misma noche falleció. Hicimos las paces.

-Sorprende que de una manera tan directa y testimonial se refiera al reverso de su profesión.

-Ésta es una profesión de los que resisten. Me acuerdo siempre de bajar en Tilcara, sentir una cosa agradable, desmayarme y despertarme en los brazos de Atahualpa Yupanqui. Me cuidaba; "princesita", me decía. En La Quiaca, no sabés lo que eran los hoteles porque no había uno solo, no era lo que es ahora, llevábamos pañuelos con mi madre para ponernos en la cara y poder dormir quince minutos porque el olor que salía por las cloacas era terrorífico. En Tilcara recuerdo a un chiquito sin piernas arrastrándose con los bracitos por el medio de la tierra roja. Contarlo ahora parece fácil.

Crédito: Fabián Marelli

-¿Diría que Zafra fue la peor filmación de su vida?

-Hubo muchos rodajes difíciles. Fue una película que amé y fue un éxito del Festival de Cannes de ese año. Salíamos en las tapas de las revistas con Jean-Pierre Leaud, que era el chico de Los 400 golpes; éramos los niños del festival. Pero es verdad que hice cosas que no debería haber hecho.

-¿Por ejemplo?

En el Departamento de Policía de la calle Virrey Cevallos, en una escena de Los viciosos, yo era una chica a quien habían encerrado ahí y se tiraba del tercer piso. Me preguntaron si me animaba a tirarme, que ponían una red. Estuve 15 minutos contra la pared y cuando me tiré -parece de Woody Allen- no andaba la cámara y tuve que volver a hacerlo.

-¿Qué similitudes y diferencias hay entre el cine de los grandes estudios y el cine independiente?

-Mirá, creo que hay chicos con pensamientos viejos y personas grandes con ideas jóvenes. Es rarísimo lo que pasa en el cine. En el cine habría que trabajar mucho más los guiones; son imperfectos sobre todo en los diálogos porque se explicita lo que pasó y el cine no es eso, está el sobreentendido, los silencios, las miradas. Contar una historia frívola está bueno si tiene gracia y es magnífica. ¿Te acordás de José Miguel Onaindia?

-Sí, claro, fue director del Instituto de Cine y actualmente tiene una brillante labor en el Instituto de Artes Escénicas del Uruguay.

-Bueno, José Miguel tenía unas tías que eran geniales. Recuerdo una conversación que fue así: "¿Que tal, tía Marta?". "Bien, bien". La otra dijo: "Ay, contale lo que pasó, Marta". Entonces Marta agregó: "¡No sabés lo que pasó, tuvimos tres entierros el mismo día!". Yo dije: "No, que horror", y ella respondió: "Por suerte, en cementerios diferentes". Es brutal (ríe).

-En el festival se va a exhibir El dependiente. En ese film ya era una estrella, pero no era un personaje en el que fuera linda y además era más grande en edad.

-Adoré ese film, su clima de mediocridad y la señorita Placini. Leonardo [Favio] me dijo: "¿Cómo te puedo poner fea?", y le dije el secreto: que pusiera el pelo mojado, que pareciera un huevo, y más cejas. Me acuerdo de que ensayaba la película con Juan Manuel; estábamos recién casados. Volvía a casa y todo el tiempo era eso y Juan Manuel me corregía. La estrenamos e íbamos a porcentaje. Nunca cobramos nada porque no la fue a ver nadie y hoy es un clásico memorable. Así es el cine.

Anécdotas con glamour

  • Con Coco Chanel y Dalí Estábamos comiendo con Juan Manuel Bordeu y el Chueco Fangio. Entra Dalí con Coco Chanel y dice: "¡Oh, el Chueco! ¡El hombre que más admiro en el mundo!", y avanza con Coco Chanel detrás. Noto que Fangio no tiene la menor idea de quién era y Juan Manuel se lo dice al oído. Cuando están frente a frente, Fangio le dice a Dalí: "Acá me dice Bordeu que vos pintás", me mira a mí y dice: "La viejita que simpática es, ¿es la mujer? ¡Qué lindo sombrerito tiene!"
  • Picasso Me pintó una cara en una servilleta. Estábamos en Saint-Tropez durante el Festival de Cannes y Luis Miguel Dominguín le dijo quiénes éramos a Picasso casi a los gritos porque era un poco sordo. Me sacaron mil fotos con la servilleta de Picasso y la guardé en un cajón. Cuando la quise encontrar ¡la llevaron a lavar las mucamas!
  • Jean Cocteau Tenía un amigo que era un señor viejito que desayunaba conmigo todas las mañanas. Un día me dijo: "Tengo que despedirme porque me voy a París mañana". Y a la noche había en mi almohada un osito rojo de felpa con una tarjetita que decía: "Para que no duermas solita. Monsieur Jean Cocteau".

Diez claves de su carrera

Fin de fiesta (1960)

De Leopoldo Torre Nilsson, con Lautaro Murúa y Leonardo Favio

Los viciosos (1962)

De Enrique Carreras, con Jorge Salcedo y Eduardo Cuitiño

Circe (1963)

De Manuel Antín, con Alberto Argibay, Walter Vidarte y Sergio Renán

El dependiente (1969)

De Leonardo Favio, con Walter Vidarte, Fernando Iglesias y Nora Cullen

Crónica de una señora (1971)

De Raúl de la Torre, con Lautaro Murúa y Federico Luppi.

Pubis angelical (1982)

De Raúl de la Torre, con Alfredo Alcón, Pepe Soriano y China Zorrilla

Funes, un gran amor (1993)

De Raúl de la Torre, con Gian María Volonté y Pepe Soriano

La ciénaga (2001)

De Lucrecia Martel, con Mercedes Morán, Martín Adjemián y Daniel Valenzuela

Monobloc (2005)

De Luis Ortega, con Rita Cortese, Carolina Fal y Evangelina Salazar

Viudas (2011)

De Marcos Carnevale, con Valeria Bertucelli, Rita Cortese y Martín Bossi.

El dependiente

De Leonardo Favio

Función, Domingo 24, a las 19.00, en el Malba

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