Luces sobre lo inasible
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"La vereda de la sombra" (Argentina/2004). Guión y dirección: Gustavo Alonso. Fotografía y cámara: Emiliano Fabris. Música: Fernando Samalea. Sonido: Carlos Olmedo. Testimonios: Pablo de Santis, Marcelo Birmajer, Ariel Barlaro, Ricardo Ragendorfer, Nacho Garassino, Claudio Polosecki, Raúl Becerra, Daniel Laszlo, Diego Lublinsky, Gerardo Sofovich, Tomás Abraham, José D´Amato, Catalina Dlugi, Enrique Sdrech y Lucía Suárez, entre otros. Largometraje documental presentado por Zafra Difusión en el cine Cosmos. Duración: 94 minutos.
Nuestra opinión: buena
Decenas de notas, ensayos, libros, mesas redondas y homenajes se han dedicado -con absoluta justicia- a la figura de Fabián "Polo" Polosecki. Sus tres temporadas (1993-1995) como creador y conductor de "El otro lado" y de "El visitante", que le valieron tres premios Martín Fierro, se siguen emitiendo en la televisión por cable y son analizadas una y otra vez en las universidades, donde hasta existe una cátedra sobre "la mirada Polosecki".
Mucho se ha escrito sobre la decisiva influencia que este joven bohemio, sensible e intuitivo tuvo en términos de abordaje periodístico, del uso de la primera persona, de la capacidad para entrevistar e indagar en la intimidad de seres muchas veces marginales y de la utilización narrativa de los códigos de géneros clásicos surgidos del cine y de la historieta en la televisión de los últimos años (léanse proyectos varios de Gastón Pauls, Juan Castro, Rolando Graña o Jorge Lanata). También se ha especulado bastante respecto de las causas de su derrumbe, que desembocó en el suicidio (se arrojó al paso de un tren en la estación de Santos Lugares el 3 de diciembre de 1996, con apenas 32 años).
Con semejante "competencia", el joven director y docente platense Gustavo Alonso se las ingenió para construir en "La vereda de la sombra" un documental inteligente y emotivo, sin por eso caer en la jactancia de los estudios academicistas que todo pretenden explicarlo, en los golpes bajos de la sensiblería ni en los lugares comunes de la construcción de los héroes populares y de esos mitos de liturgia rocanrolera sobre aquellos que viven rápido y mueren jóvenes.
Evolución compartida
En su primera mitad -la más lograda- Alonso concibió su documental como si se tratara de uno de los programas de "El otro lado". A partir de las imágenes de archivo, del relato original en off del propio Polosecki y de los testimonios de varios de sus principales amigos, colegas y familiares, no sólo va reconstruyendo la historia de Polo, sino que además -en lo que resulta aún más interesante- utiliza la evolución del protagonista como símbolo de los profundos cambios socioeconómicos y culturales que se produjeron tras la primavera democrática y el auge del menemismo.
El desencanto de la militancia política (Polo integró la Federación Juvenil Comunista), el fin de la bohemia nocturna en la calle Corrientes y el fracaso de proyectos periodísticos (trabajó en el diario Sur y en la excelente revista Fierro) son algunos de los temas que cruzan el film hasta que Polosecki desembarca en la televisión. Y allí también Alonso potencia una paradoja, ya que en medio de la farandulización del menemismo fue el por entonces interventor de ATC, Gerardo Sofovich, quien apoyó a Polo para que concretara su proyecto en el canal oficial, donde llegó a conseguir ratings de 6 y 7 puntos.
Alonso cede interesantes minutos de su documental a las opiniones de su hermano mayor y mentor, Claudio, a buena parte del excepcional equipo que lo acompañó (Pablo de Santis, Diego Dublinsky, Daniel Laszlo, Nacho Garassino, Ariel Barlaro, Pablo Reyero, Marcelo Birmajer, Ricardo Ragendorfer), pero cae en algunas simplificaciones y esquematismos a la hora de analizar la relación entre Polosecki y su álter ego Polo, y cómo el personaje fue contagiando, apoderándose de la persona de carne y hueso hasta fagocitarla por completo.
También resulta bastante confuso -quizá por exceso de pudor o de respeto- el acercamiento a la última etapa de su corta vida, cuando Polosecki empezó a retirarse de los medios, de Buenos Aires y del mundo real. La falta de precisiones, la ausencia del testimonio de Viviana Gallardo, su última pareja, y las escasas referencias a Eduardo, un joven que al parecer intentó captarlo para una secta en el Tigre y que fue muy influyente en ese oscuro período final, no hacen más que aumentar la incertidumbre respecto de un desenlace que terminó por cimentar la categoría mítica de Polo.
En ese sentido, la lúcida y provocativa evocación del filósofo Tomás Abraham respecto del significado de su prematura muerte resulta lo más inteligente de la irregular segunda parte de un largometraje que, de todas maneras, ofrece más luces que sombras sobre la figura siempre inclasificable, inasible y en muchos aspectos incomprensible del gran Fabián Polosecki.
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