Filmado en blanco y negro, el bello nuevo trabajo de Richard Linklater habla de ese pasado que siempre puede volver a ser presente
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Nouvelle Vague (Francia/Estados Unidos/2025). Dirección: Richard Linklater. Guion: Holly Gent, Vincent Palmo Jr., Michèle Pétin, Laetitia Masson. Fotografía: David Chambille. Edición: Catherine Schwartz. Elenco: Guillaume Marbeck, Zoey Deutch, Aubry Dullin, Adrien Rouyard, Bruno Dreyfürst, Jodie Ruth-Forest, Matthieu Penchinat. Calificación: apta para todo público con leyenda. Distribuidora: Zeta Films. Duración: 106 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
Nada más inteligente que la decisión de Richard Linklater de no quedarse con la nostalgia de celebrar un pasado perdido o una pertenencia que, por generación, no ha tenido. Es cierto que toda la camada de directores de los 90 -desde el hoy canonizado Paul Thomas Anderson hasta un enfant terrible que en su debut fue comparado con el mismísimo Godard como Quentin Tarantino- anheló ser parte de ese cambio de paradigma que fue el cine moderno de los 60, pero fue Linklater quien lo dejó en claro con su constante cercanía con la tradición burguesa de los franceses, su culto al amor cortés y a la conversación, la capacidad para alterar el rumbo del cine con humor y despojado de solemnidad. Y pese a ello, lo que Nouvelle Vague rescata de aquel movimiento -si es que se lo puede llamar así, y todavía pensar el texto sobre la camera-stylo de Alexandre Astruc como su manifiesto-, es la capacidad de no tomarse del todo en serio, aun cuando hicieron las cosas más en serio de lo que hubieran imaginado.
Filmada en blanco y negro y en el corazón palpitante de aquella París de los años 50, la película de Linklater explora los precedentes del rodaje de Sin aliento, sabiendo que fueron varias las circunstancias que condicionaron esa inminente revolución: el espíritu iconoclasta de la revista Cahiers du Cinéma, la cofradía Godard-Truffaut-Chabrol como llave de la fascinación por el largometraje (los dos últimos debutaron con El bello Sergio y Los cuatrocientos golpes, un cine más acorde con las expectativas de la industria de la época), el rol decisivo de productores arriesgados como Georges de Beauregard y un clima de época que incluía los coletazos del neorrealismo como bisagra cinematográfica y la irrupción de formas de producción más económicas y accesibles (de allí aquella frase de Rossellini de que solo bastaba un auto, una cámara y una mujer para hacer una película).
La historia puede ser conocida para la cinefilia y los personajes que deambulan en la película pueden ser más queridos por su mitología que por su realidad, pero Linklater asume esa doble condición -cine y mito- para situar a los espectadores que hoy quieren hacer ese viaje al pasado como forma de entender el angustioso presente. Godard asiste junto con Truffaut y Suzanne Schiffman -otra personalidad clave que jugaría el rol de guionista de varias películas de la nueva ola- a la exhibición de una película que califican como ‘cine viejo’, ese que fue blanco de críticas encendidas y también la excusa perfecta para unirlos en el reclamo por un lugar propio. Y fruto de la insistencia y el capricho surge el germen de Sin aliento: una dislocada revancha por el debut tardío y el merecido hallazgo de Jean-Paul Belmondo en una mala película de Marc Allégret, y de Jean Seberg en una buena de Otto Preminger. “Quiero que Patricia -aquella jovencita de corte a la garçon que conduce a Michel Poiccard a la caída- sea una continuación de la heroína caprichosa de Bonjour tristesse”, dirá Godard y entenderá Linklater que el cine siempre sale del cine.

Nouvelle Vague capta la esencia de lo que fue aquella gesta y lo hace más allá de su cronología y sus mentores emblemáticos, como Bresson, Melville y el majestuoso Rossellini; lo hace al entender que el cine perdura y se reinventa, y los triunfos pueden nacer de aparentes fracasos. Y ese júbilo que contagia es valioso hoy, cuando el horizonte se angosta, entre la crisis de público en salas y la tiranía de las plataformas. Esos jóvenes que sacudieron el conformismo de una industria todavía adocenada por la guerra pueden encontrar sus ecos entre los espectadores de un mainstream aburrido que los impulse a hacer algo nuevo y diferente, a reavivar su entusiasmo detrás de una cámara. De eso habla Nouvelle Vague, de ese pasado que siempre puede volver a ser presente.
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