
Realismo mágico al borde del mar
Participan del film, dirigido por Eduardo Calcagno, Nicolás y Gastón Pauls
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CLAROMECO.- Hay un pueblo que no sabe nada de bancos, de semáforos de cabarets, ni menos aún de burdeles. Hay un pueblo que no tiene cementerio, y que para enterrar a sus muertos sus habitantes deben recorrer 75 kilómetros. Hay un pueblo en el que su gente gusta de andar descalza por la calle. Hay un pueblo de 3000 personas en el que las puertas están sin llave y las bicicletas, sin cadena ni candado cuando se las deja afuera. Hay un pueblo que construyó un mito en torno a un hombre de mar y ni siquiera sabe muy bien por qué.
El pueblo se llama Claromecó y está al sur de la costa atlántica, a 565 kilómetros de Buenos Aires. De esta suerte de Macondo versión argentina, se enamoró el director de cine Eduardo Calcagno - Yepeto , El censor, Los enemigos - y hasta allí se fue hace un par de años para buscar su norte en tiempos de una crisis personal. Cuando llegó se encontró con un lugar que lo retuvo por un año y medio, a fuerza de sus personajes, su mar, su vegetación y su silencio.
En la localidad, Calcagno escribió un guión para una película, que se hizo realidad, el 13 del actual cuando arribó con el equipo de filmación y la actriz, Moro Anghileri. Con el transcurso de los días, llegaron, también, Nicolás Pauls, el otro protagonista, y su hermano, Gastón.
Luz, cámara, acción
Son las 8.30. La cita es en el bar Homero, donde desayuna alrededor de 20 personas que forman parte del equipo de filmación de El salto de Christian . Café con leche y facturas de por medio, Calcagno resuelve con su asistente de dirección, Federico Finkielstain, las escenas que ese día se van a rodar.
A las 9 todos están en el parador del balneario Nahuel Epu, que se encuentra frente a una serie de casas iguales cuyas persianas permanecen cerradas como gran parte de los hogares de esta localidad que se despierta del letargo a fines de diciembre, cuando comienza la temporada de verano.
El parador del balneario es una edificación de madera pintada de blanco y con techo negro. Adentro está Alberto Borrelli, una leyenda del lugar. Por su abundante barba blanca parece un Papá Noel, que trocó el saco y el pantalón rojo por unas bermudas y un chaleco de cuero. En la cintura lleva un cuchillo y en su cuello cuelga una cruz que lo protegió de sus más de 2500 salvatajes en su época de bañero. Por esas vueltas de la vida, Borrelli se convirtió en actor, gracias a que Ulises Dumont, por otros compromisos laborales, no podrá actuar en la película como estaba previsto. "No le tengo miedo a la actuación", dice Borrelli y mira el mar para comparar esa empresa con las bravías aguas en las que pasó gran parte de su vida.
El personaje de Borrelli es Vilas, una especie de guía en el peregrinar de Lucia (Anghileri). Por una carta, ella llega de Buenos Aires a Claromecó para buscar a sus padres, que nunca conoció. Cuando arriba se ve sumida en una especie de "mágico realismo", según el director, que se traduce en indicios como el de una tropilla de caballos sin jinetes que galopan por la playa y una mística de edad avanzada que se desnuda en un paisaje aislado.
En el medio de todo este clima enrarecido aparece Christian, una leyenda de Claromecó. "Nadie sabe bien por qué se transformó en mito. Aquí nada se sabe, pero al mismo tiempo se sabe todo", explica con cierto misterio Calcagno la dualidad del lugar. En el pueblo se cuenta que fue un anarquista, que en la década del 20 fue apresado y condenado a pasar sus días en la fatídica cárcel de Ushuaia y cuando era traslado hasta allí en barco se tiró al mar y llegó a la costa de Claromecó. Otra de las versiones que se tejen es que era un hombre que escapó de Tandil perseguido por la policía. En la colección de historias hay lugar también, para el melodrama pasional ("Era un esposo que escapó de su mujer") y para la tragedia ("Huía de una enfermedad"). A pesar de no saber bien quién era Christian, los pobladores le erigieron un monolito.
Las olas y el viento
A las 12, después de rodar las escenas en el balneario, todo el equipo se traslada a una playa, ubicada en las afueras del barrio residencial Dunamar. Ese es el lugar elegido para rodar la escena 98.
Anghileri y Nicolás Pauls, que encarna a Mario, caminan por la playa arreando a dos caballos, uno marrón y otro blanco. No se escucha nada de lo que hablan porque lo impide el sonido del viento y de las olas que se rompen en la costa. "Mi personaje es un pescador que le ayuda a Lucia a encontrar lo que viene a buscar, que, en definitiva, es su pasado y su identidad", dice Nicolás Pauls.
El día está más o menos calmo, en comparación con la jornada anterior. "No sabés lo que fue filmar ayer", dice la asistente de vestuario y describe cómo la puerta del motor-home no se podía abrir por la fuerza del viento que soplaba.
"La filmación es bastante anárquica, sin preparar los encuadres, ni qué hablar de los storyboards . Es como un National Geography , pero con drama", describe Calcagno los avatares de rodar en exteriores tan hostiles como la playa.Y algo de eso se ve en las narices peladas por el excesivo bronceado o en las marcas de las picaduras de insectos en la piel del equipo de filmación.
Las almas sobrevuelan
Después del almuerzo, a las 14.30, ya en el pueblo, en la intersección de las calles 26 y 9, se filma en el interior de un negocio de videojuegos, que parece haberse detenido en el tiempo. Una veintena de niños del taller de teatro del lugar llegan para hacer de extras en la escena 90 A.
Afuera del lugar, esta estacionado el motor-home que aloja a los tres actores que intervienen en la escena: Anghileri, Nicolás y Gastón Pauls. Un grupo de adolescentes hace guardia al vehículo para robar un autográfo o una foto de los hermanos.
Estas cosas pasan en Claromecó, tan poco habituado al arribo de celebridades; pero también a los camposantos. "El problema de Claromecó, es que al no tener un cementerio, a los cuerpos se los llevan pero las almas se quedan sobrevolándolo", cita Calcagno la frase de uno de los personajes de la película que mejor le sienta para explicar el clima enrarecido de este pueblo de mar, en el que las cosas simplemente suceden, sin que nadie sepa muy bien por qué.






