
Sexo con humor a la chilena
"Sexo con amor" (Idem, Chile/2003, color). Dirección y guión: Boris Quercia. Con Alvaro Rudolphy, Sigrid Alegría, Patricio Contreras, María Izquierdo, Boriz Quercia, Cecilia Amenábar, Francisco Pérez Bannen, Javiera Díaz de Valdés. Fotografía: Antonio Quercia. Música: Los Pettinellis. Presentada por Fox. Duración: 107 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años, con reservas.
Nuestra opinión: regular
"Sexo con amor" trae consigo un antecedente llamativo: es la película chilena más vista de todos los tiempos en el país trasandino, lo que habla muy claro acerca del buen olfato comercial de su realizador. Sin duda, Boris Quercia, que es un actor bien conocido y hace aquí su debut como director, supo percibir que la mirada caricaturesca a los comportamientos de sus compatriotas frente al tema del sexo podía proporcionarle abundante material para una comedia picaresca de alcance popular, además de servirle de pretexto para atreverse a algunas audacias poco habituales en el cine que se produce del otro lado de los Andes. Que los enredos fueran interpretados por figuras bien conocidas de la televisión, el teatro y el cine añadiría al film un atractivo extra.
La realidad le dio la razón. Por lo menos en Chile, y en alguna que otra muestra menor del circuito de festivales. El film toma como punto de partida la convocatoria que una maestra de escuela primaria hace a los padres de sus alumnos para considerar de qué modo conviene abordar su educación sexual. No hace falta demasiada imaginación para sospechar que la reunión sólo servirá de excusa para ventilar los problemas de alcoba que aquejan a la mayoría de los adultos. El cuento se organizará en torno de tres historias: una es la del intelectual casado, maduro y experto en el tema (ha escrito un libro titulado "El sexo virtual y el amor real") que vive un secreto y fogoso romance con la joven docente de marras, comprometida a su vez con un pintor en ascenso; otra gira en torno de un matrimonio en plena crisis por la dificultad que experimenta la mujer para mantener relaciones íntimas y la insatisfacción constante de un marido al que ni se le pasa por la cabeza ir a buscar desahogo fuera de casa, aunque aceptará gustoso que el remedio -corporizado en una adolescente francesa voluptuosa y desprejuiciada- venga hasta él; la tercera habla de un ejecutivo que bien casado y todo, y a punto de ser padre por segunda vez, nada hace por controlar sus impulsos donjuanescos ante cada mujer bonita (y preferentemente bien dispuesta) que se cruza en su camino.
Alta infidelidad con atraso
La infidelidad está a la orden del día porque ya se ve que entre los personajes circulan también unas cuantas señoritas esculturales, acaloradas y siempre listas a adoptar poses de vedette cuando hay un varón al alcance de la mano. Todo lo cual permite que haya mucha piel en exhibición, prácticas variadas de sexo y los previsibles enredos que completarán la receta con escenas de celos, chistes típicos del más rudimentario teatro de revistas, reflexiones superficiales acerca del amor y el sexo, machistas sometidos a crudas lecciones que los obligan a reconocer dónde está la verdad y dónde el vicio, y un bienvenido ordenamiento final que castiga a los mentirosos, premia a los ingenuos, deja a salvo la rectitud moral de las señoras y perdona el carácter incorregiblemente veleidoso pero siempre simpático de algunos varones.
Salvo por la "audacia erótica" de unos cuantos planos, cualquier espectador podría convencerse de que está viendo otra muestra más de aquel modelo iniciado aquí por "La cigarra no es un bicho", explotado hasta el cansancio por Olmedo y Porcel y agotado tras las extensas temporadas de "Matrimonios y algo más". Una banda sonora sobrecargada de canciones e inspirada en viejos éxitos de los sesenta y los setenta se encarga de reforzar esta impresión de vetustez. Poco pueden hacer para disiparla la simpatía y el empeñoso trabajo de los actores principales, algunos sometidos a situaciones tan burdas como las que debe padecer la excelente María Izquierdo.
Por mucho que el director -cuya impericia se nota bastante en la desprolijidad formal, en el forzado enlace entre las distintas historias y en la dificultad para mantener un ritmo chispeante y sin zozobras- quiera convencernos de su voluntad de componer un cuadro social sobre los conflictos que afectan la vida sexual de los chilenos de la clase media urbana, parece prudente no tomar demasiado en serio los datos que pueda aportar esta muestra de humor trillado, primitivo y, en más de un caso, francamente vulgar.
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