Sexo, mezquindad y audacia
"Closer, llevados por el deseo" ("Closer", EE.UU./2004, color; hablada en inglés). Dirección: Mike Nichols. Con Julia Roberts, Jude Law, Natalie Portman, Clive Owen. Guión: Patrick Marber, basado sobre su pieza teatral. Fotografía: Stephen Goldblatt. Edición: John Bloom y Antonia Van Drimmelen. Presentada por Columbia. 102 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años.
"Dime algo que sea verdad", reclama alguien. Otro percibe la fotogenia del dolor que una cámara hábil ha encontrado en el rostro de muchos desconocidos y acusa: "Son fotos manipuladoras y vacías". Por fin, hay quien interroga, aparentemente al borde de la desesperación: "¿Dónde está el amor. No puedo verlo, no puedo sentirlo; puedo escucharlo, pero no puedo hacer nada con tus fáciles palabras".
A veces, las películas se revelan a través de sus actos fallidos.
El espectador de "Closer" bien podría hacer suyas esas tres y otras tantas líneas de diálogo puestas por el dramaturgo (y aquí también adaptador) Patrick Marber en boca de sus personajes. Llega un momento en que el escabroso ping-pong de los cuatro personajes que han pretendido desnudar su intimidad con las palabras más crudas y las revelaciones más explícitas genera en el que asiste desde la butaca la imperiosa necesidad de oír algo que suene a verdad.
Y ya hace rato que está percibiendo cómo se intenta manipularlo desde la pantalla con el espectáculo (sofisticado, fotogénico, "audaz") de personajes que dicen sufrir mucho por causa de fracasos que ellos llaman amorosos aunque sólo se refieren al sexo.
Lo que se propone "Closer" -versión bastante literal de la pieza que anduvo circulando por los escenarios del mundo- parece ser un estudio implacable sobre la mezquindad, la mentira, el narcisismo, la crueldad y la incapacidad de atreverse a un encuentro verdadero que rigen las complejas relaciones humanas en el mundo contemporáneo. Lo que entrega, en cambio, es una especie de show verbal para voyeurs, que podría llamarse "Hablemos de sexo". Muy provocador en sus dichos, en su lenguaje y a veces también en las acciones; muy autoconsciente del efecto que cada línea de diálogo -una sucesión de réplicas que suenan importantes y agudas, pero que en el fondo dicen poco y nada- pueda producir en la platea, y por todo ello engañoso, vacío, muy poco creíble.
De dos en dos
Y encima, aburrido. Encerrada en torno de las dos parejas cuyos integrantes agotan casi todas las posibilidades de intercambio, la película está estructurada como una serie de combates de a dos, separados por abundantes elipsis.
La serie empieza con Dan, un redactor de necrológicas, y Alice, una chica norteamericana que hace lo que puede para vivir, generalmente desnudarse en clubes; con ellos se llega a Anna, también norteamericana y fotógrafa de éxito, y a Larry, un dermatólogo que se une al cuarteto vía Internet.
Aparentemente, Dan desea a Anna porque ella lo rechaza; Anna desea a Larry porque no la hace feliz; Larry desea a cualquiera que lleve falda, y Alice parece empecinada en conseguir a Dan. En el fondo, todos mienten, humillan, buscan sentirse humillados, pero la motivación de sus cambiantes conductas es tan vaga como las razones de su crueldad. Del examen de las relaciones humanas, nada. De la complejidad de la conducta sexual de cada uno, menos: apena la osadía, calculada y pasteurizada.
No importa, habrán pensado los responsables del film, porque son estrellas como Julia Roberts, Jude Law o Natalie Portman las que se atreven a "desnudarse" en este enésimo gran deschave y porque la procacidad de los textos resultará un desafío irresistible para quienes quieran probar su condición de espectadores adultos y acepten la invitación a espiar la perversión ajena desde la platea y sin comprometer ninguna emoción. Tal vez.
Tres décadas después de las provocaciones de "¿Quién le teme a Virginia Woolf?" o "Conocimiento carnal", grandes éxitos de Mike Nichols, "Closer" sólo exhibe una pizca de controlado y tolerable cinismo.
El realizador ventila en vano la muy conversada pieza llevando la acción (la charla) de los departamentos a un acuario, a un parque de Londres, a un consultorio o a un teatro, ambientes cuya decoratividad aprovecha el fotógrafo Stephen Goldblatt para distraernos del muestrario de mentiras, bajezas y crueldades que pasada la primera media hora se ha vuelto tedioso.
La culpa no es de los correctos actores, aunque hay notable distancia entre el compromiso de Clive Owen y el artificio de Natalie Portman, linda pero carente del amargo cinismo que pedía su Alice.



