
Una abuela generosa y su secreta profesión
El director Garbarski prueba con dardos irónicos para buscar la risa y con giros forzados para complacer
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La profesión de Irina Palm (Irina Palm, Bélgica-Alemania-Luxemburgo-Francia-Gran Bretaña/2007, color; hablada en inglés). Dirección: Sam Garbarski. Con Marianne Faithfull, Miki Manojlovic, Kevin Bishop, Jenny Agutter. Guión: Martin Herron y Philippe Blasband, sobre idea de Blasband. Fotografía: Christophe Beaucarne. Música: Ghinzu. Edición: Ludo Troch. Presentada por Alfa. 107 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: regular
Son varias las piezas que no encajan en esta coproducción europea que titubea entre la provocación y el melodrama sentimental sin conseguir otra respuesta que alguna esporádica sonrisa y una minúscula dosis de emoción. Para ser provocativa y risueña (en clave de la hoy muy cotizada incorrección política, claro), le faltan brillo y desparpajo y le sobran estereotipos. El escaso rigor en la construcción del cuento y el diseño de personajes desdibuja a su vez la excusa emotiva a la que el director Sam Garbarski apela cada vez que quiere ponerse serio.
No deja de ser una pena porque la idea era ocurrente y habría merecido un tratamiento menos convencional. Cuando el film comienza, Marianne Faithfull no es Irina Palm sino Maggie, una viuda angustiada por la grave enfermedad que tiene postrado a su único nieto. Por ahora, su ocupación ha sido la de cualquier ama de casa de un pueblito inglés, pero cuando los médicos aseguran que la única posibilidad de salvar al chico es una operación en Australia, su vida toma otro rumbo. Como su hijo está en quiebra y ella ya ha malvendido su casa para pagar el tratamiento (¿algo no anda tan bien en el servicio nacional de medicina británico?), ahora no sabe dónde obtener dinero para pagar viaje y hotel (parece que la intervención, allá sí, es gratuita). Nadie va a darle empleo a una mujer de su edad y sin profesión alguna. Sin embargo, descubre un sex club del Soho donde piden una "azafata", lo que la muy ingenua interpreta como alguien que se ocupará de la limpieza y se ofrece.
Por supuesto, son otras tareas las que quieren confiarle; ella primero las rechaza y después las acepta ante la tentación del sueldo. Allí se convertirá en Irina Palm cuando descubran que tiene muy buena mano para atender a una clientela anónima que aumenta con los días: clientes porque pagan por la satisfacción de sus urgencias sexuales; anónimos porque entre ellos e Irina se interpone un tabique totalmente ciego, excepto por la estratégica abertura que permite que el servicio se ejecute.
Con el éxito, claro, vendrán también los problemas: es difícil sostener esa rara profesión en secreto. Entonces Garbarski -cuya mano pesada no puede mantener el tono ligero, orientar a sus actores (Faithfull se mueve como un robot y usa la misma expresión para todo) ni controlar el ímpetu machacón de su músico- probará con dardos irónicos para buscar la risa, apelaciones a la emoción y giros forzados para complacer a la platea.
Es poco para disimular la chatura, pero debe reconocerse que al menos el film sabe ser discreto con un tema osado.
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