
Con el sello del venerable Clint
Nuestra opinión: Muy buena. "Poder absoluto", presentada por Columbia- Malpaso Productuons.
1 minuto de lectura'
Libro: novela de David Baldacci. Guión: William Goldman. Intérpretes: Clint Eastwood, Gene Hackman, Ed Harris, Laura Linney, Judy Davis, Scott Glenn. Dirección: Clint Eastwood, 110 minutos.
Un viejo y querido amigo de los espectadores, Clint Eastwood, es aquí un refinado ladrón de joyas y obras de arte. No puede con su propio impulso y vive retirado desde hace tiempo, aunque, de cuando en cuando, enterado de que la fortuna de alguien acumula oro y brillantes, se prepara y pega un zarpazo. Se llama sugestiva, casi religiosamente, Luther Whitney, vive recoleto, tiene una hija que lo ha olvidado y a la que sueña recuperar y el azar lo lleva a espiar el horrible asesinato de una mujer.
El actor y director cumple con ese retrato sin abandonarse a la retórica, con su estilo aprendido al lado de los grandes narradores y con el plano adecuado y el corte justo, con una severa y nunca demagógica intuición de los deseos del espectador.
La violación y asesinato de la citada mujer, seguidos de un enredo político-policial que embarca al testigo casual y que, de paso, embarra a la totalidad del país _una especie de "después de hora" o "efecto bola de nieve", de los que Eastwood aprovecha para imponer unos alfilerazos morales de los que no puede desprenderse_, es una secuencia formidable: está vista desde los ojos asombrados e impotentes del viejo ladrón, que se halla fortuitamente ubicado en el fondo de un espejo que de su lado es transparente.
No deja de ser sugestivo (y metafórico) que el descomunal enredo comience en el fondo de un espejo, como tantas narraciones de culposa pincelada surrealista. No es un film sobre la mirada, porque el fin es el entretenimiento, pero anda cerca: justo antes de partir hacia el lugar del robo y exactamente cuando su hija lo espera, dos planos de luna llena en un cielo nocturno evocan simultáneamente una de las obsesiones de Luis Buñuel en la designación del "acto de mirar" _la luna tajeada de "Un perro andaluz", el mayor tratado cinematográfico sobre la mirada_, y el toque psicoanalítico inserto en la relación de la luna con los temas edípicos.
Apuntes al pasar, que enriquecen el contenido de la pura diversión y que se suman a los dos o tres primeros planos sobre el rostro del protagonista, inquisidores, confundidos, amigables.
El resto es un incuestionable relato que pone los pelos de punta sin que haya horror _no se puede contar mucho para no comprometer ciertos cuidados secretos de la trama_ y en el que Luther Whitney se da el gusto de cometer un presunto asesinato sin aplicarse el castigo, aunque dejándoles a los públicos la discreción de perdonarlo, por olvido, por omisión o porque su sacrificio al fin es grande y compromete a la nación entera, como no puede ser menos en el caso de Mr. Clint.
Gene Hackman, en el papel del presidente de los Estados Unidos, y Judy Davis, como su secretaria, lo mismo que el confiable policía Ed Harris, son un buen sustento para que, más allá de la casi constante presencia de Clint Eastwood, la totalidad del film tenga peso propio.





