Con licencia para improvisar

Ricardo Marín
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28 de junio de 2016  

La peluquería de Don Mateo / Creador: Gerardo Sofovich / Libros: Miguel Gruskoin, Hernán Ferreirós, Pablo Mir, Rodolfo Servino / Con: Jey Mammon, Marley y Florencia Peña / Personajes: Karina Jelinek, Mariana Prommel, Matías Alé, Chan Sung Kim, Alejandro Muller, Luly Drosdek / Escenografía: Alberto Negrin / Producción ejecutiva: Mona Dugatkin / Dirección: Flavio Rondelli / Canal: Telefé / Horario: viernes, a las 21.30 / Nuestra opinión: buena

Definitivamente, los humoristas que consiguieron imponer el gusto por los programas de sketches en la historia de nuestra televisión sabían lo que hacían. Para afianzar el género explotaron un recurso que comparten con las sitcoms: la creación de personajes muy sólidos con los que el público aprende a disfrutar hasta de los más pequeños gestos que conforman su personalidad. Pero se alejaron de aquella creación norteamericana en un elemento: la rigidez en el respeto del guión. Mientras la comedia de situación consigue despertar carcajadas con chistes elaborados de antemano y de comprobada eficacia en varias sesiones de prueba, los sketches en nuestro medio descansaban su gracia en la capacidad de improvisación de los cómicos locales, verdaderos maestros del "morcilleo", como llamaban a ese don. Justamente aquél era el secreto del éxito de aquel primer peluquero que interpretó Fidel Pintos, capaz de hablar varios minutos seguidos sin que uno supiera qué estaba queriendo decir y haciendo morir de risa al auditorio al mismo tiempo. O al Mateo Popovich que creó Jorge Porcel años después, cuya gracia ya no pasaba por el discurso sin contenido, sino por las ocurrencias de dichos y gestos que inventaba en el momento y que se fueron incorporando al acervo del personaje que muchos recuerdan hasta hoy.

La primera emisión de esta nueva versión de La peluquería de Don Mateo cargó con la rigidez de los tres intérpretes principales, demasiado apegados a su letra. Algunos chistes de los que recitaban sonaban ingeniosos, pero no despertaban la carcajada. Faltó que Peña y Mammon dejaran que sus talentos para hacer reír con recursos propios se soltaran el pelo e hicieran lo que saben y pueden hacer. Y que Marley también se moviera menos aferrado a su parlamento y se permitiera tropezar libremente con esa torpeza tan cómica que lo acompaña aunque no quiera. Desde el segundo programa no se aguantaron y se despegaron un poco de los guiones. Los chistes que se animaron a decir por iniciativa propia tuvieron una diferencia interesante: conseguían hacer reír.

La nueva Alelí, que ahora habla, resulta una incorporación muy divertida a la propuesta. El peluquero de Mammon muestra pasta para crecer como personaje y ponerse a la altura de sus antecesores, pero el actor debería darse libertad para incorporar detalles propios a la composición. Marley cumple muy bien con lo que se espera de su presencia en el programa. El resto de los personajes que desfilan por la peluquería en la hora de programa tienen un desempeño variado pero correcto en el caso de todos. Aunque habría que destacar que el de Jelinek, sin mucho esfuerzo, con sólo leer lo que tiene que decir y hacerlo mal resulta el más desopilante de todos.

Finalmente, la escenografía con tanto detalle de calidad en cuanto a objetos vintage y símbolos que reconstruyen lo esencial de la historia del programa resulta un adorno muy agradable.

11

puntos de rating

fue el promedio que hizo en la última emisión. En el debut, había logrado 12,3 y en el segundo programa, 9,8 puntos.

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