
Con los nervios crispados
"Las hijas de Caruso". De Patricia Sosa y Juan Forcada. Elenco: Valeria Lynch, Patricia Sosa, Estela Leiva, Osvaldo Tesser, Jorge Sassi, Miguel Habud, Héctor Pilatti, Valeria Kamenet, Luis Albano, Virginia Rubin y Aldo Barbero. Escenografía: René Diviú. Luces: Roberto Traferri. Diseño sonoro: GastónBrisky. Dirección musical y teclados: Juan Forcada. Dirección general: Oscar Araiz y Betty Gambartes. Teatro Liceo. Nuestra opinión: mala.
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Normalmente es saludable y prudente reconocer las propias limitaciones. Pero precisamente lo contrario es lo que hace este elenco de "Las hijas de Caruso", un musical que, con libro de Patricia Sosa y Juan Forcada, protagonizan la propia Sosa y Valeria Lynch.
El libro pretende contar la historia de tres hermanas, hijas de un tenor frustrado que admira a Enrico Caruso, que son presa del mandato impuesto por su padre: las tres reciben preparación vocal para el bel canto.
El conflicto surge cuando sólo una de ellas, por disposición del padre, accede a la Opera de París. De las dos restantes, una se ve condenada al matrimonio con un marido golpeador y la otra, la supuestamente rebelde, a no enamorarse sino tardíamente.
Pero, en realidad, el libro de "Las hijas de Caruso" no pasa de ser un mal teleteatro mexicano, inconexo, forzado y plagado de lugares comunes. Ese es el problema básico de este espectáculo.
Disonancias
Sobre él se agregan otros no menores. Amparadas, supuestamente, en el argumento, Patricia Sosa, Valeria Lynch y Estela Leiva cometen la osadía de interpretar arias de ópera. Peor aún, Juan Forcada supone que puede hacerles arreglos con su teclado.
Nadie negaría el esfuerzo que, seguramente, habrán hecho las tres cantantes para animarse a semejante empresa. Valga aclarar, además, que la única que tiene un registro trabajado como para aproximarse a esa posibilidad es Estela Leiva. Pero "el camino del infierno está sembrado de buenas intenciones": la empresa termina por ser una tortura para los oídos y para el espíritu.
Después de ver el espectáculo las preguntas se tornan inevitables: ¿qué necesidad tenían Valeria Lynch y Patricia Sosa -dos cantantes populares que, más allá de los gustos personales, ya tienen una carrera sólida- de atreverse a los delicados, complejos, extensos registros del bel canto?
Y a esa primera pregunta se agregan otras, como, por ejemplo, por qué motivos dos profesionales probos como Betty Gambartes y Oscar Araiz aceptaron dirigir eso que se ve sobre el escenario del Liceo. La marcada estética y el buen gusto que estos directores suelen imprimir a todos sus espectáculos no aparece en ningún momento.
Algo incomprensible
Incluso la escenografía es pésima. René Diviú diseñó un juego de sillas y un par de mesas, cuyas superficies presentan cortes en plano inclinado que obligan a los actores a asumir extrañas posturas al sentarse, al escribir a máquina o al cortar un salamín. ¿A cuento de qué?¿Por qué los directores aprobaron ese concepto?
En medio de tanto mal gusto, musical y teatral, son un breve oasis las actuaciones de Valeria Kamenet y de Virginia Rubin, que están acostumbradas al juego escénico y saben actuar en un tono grotesco sin caer en el estereotipo fácil.
Son también respetables las luces de Roberto Traferri, que buscan algún clima en medio de este musical disonante, que crispa los nervios de los espectadores.
Del reparto, sólo Héctor Pilatti y Estela Leiva (aunque hace uno de los protagónicos figura en medio del reparto en el programa de mano; ¿será porque no es tan famosa?) están en condiciones de cantar.
El resto es, sencillamente, incomprensible.
"No me hago responsable"
Si algo tuvo este musical fueron agitaciones. Vale la pena recordar que, durante la gestación de "Las hijas de Caruso", pasaron por el elenco, para realizar el personaje de Victoria, la hermana exitosa que ahora hace Estela Leiva, Nacha Guevara y, más tarde, Julia Zenko. Ambas se desvincularon del proyecto, según se dijo, argumentando "falta de libro". Hasta Valeria Lynch había abandonado el espectáculo para hacer "Salvajes", por Azul, que cayó víctima del bajo rating y le permitió regresar.
Hace una semana hubo una renuncia significativa. Renata Schussheim, vestuarista, escenógrafa y artista plástica, que había sido convocada para hacerse cargo del vestuario, desistió de participar en el espectáculo. Según dijo a La Nación , sus razones fueron de índole estética, por lo cual declaró: "No me hago responsable del resultado final".



