
Confesiones de un músico catalán
El pensamiento vivo del artista catalán, que vuelve a cantar en nuestro país el mes que viene, quedó impreso en uno de los capítulos de "Esto que queda", el nuevo libro de Pepe Eliaschev, que edita Sudamericana y se anticipa aquí.
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Anoche, el Gran Rex volvió a ser el escenario de un rito, una rutina que básicamente habla de un encuentro. Serrat le habla a la gente en un diálogo que ya tiene sus códigos establecidos, y la gente se vuelve loca, la gente vitorea, y pide más ¿Cuántos bises hizo anoche? 10, 12, 14, sin interrupciones.
Trabajó más de dos horas y cuarto y presentó un show que nunca deja de entregar un producto serio, satisfactorio, capaz de aportarle a la vida de la gente una plenitud especial. Tal vez más que en cualquier otro lugar, hicimos de Serrat un gurú al que todo debe importarle y al que se le puede inquirir por lo humano y por lo divino.
Catalán, pero además afortunadamente español en sus horizontes, Serrat acepta con avidez la condición de intruso deseado y no tiene falsos prejuicios para navegar con fervor en las aguas no siempre cristalinas de este país difícil.
Hace más de un cuarto de siglo que sigue viniendo y cuando ya lo tenía sentado a medio metro mío no pude dejar de recordar aquel recital mítico de comienzos de 1984, cuando comenzaba la democracia y Joan Manuel leía en el escenario del Luna Park los mensajes de las madres de Plaza de Mayo.
Vinieron luego los carapintadas, los puntos finales, la hiperinflación, los saqueos y los indultos, hasta que la Argentina devino posmoderna sin haber sido demasiado moderna nunca. Y hoy aquí está. Tiene ganas de hablar. Me mira a los ojos.
-En el momento de los bises, Joan Manuel, por primera vez en tantos recitales que te vi, me detuve a pensar: además del orgullo, además de ufanarse por tanto reconocimiento, ¿no podrá sentirse -justificadamente- muy exigido? La gente a menudo puede convertirse en perversamente exigente para el artista...
-No, no creo. Estoy convencido, tengo la certeza de que esto se ha convertido ya en un juego ritual en nosotros. A lo largo del tiempo, la gente y yo hemos establecido esta complicidad, en la cual sabemos que al término de lo que es un recital normal -que puede tener una duración de una hora y media o dos horas- empieza todo el juego de amores: que me voy, que me quedo, que me quedo... Y ellos son conscientes de que están entrando en este juego. Yo también soy consciente y jugamos a este ritual amoroso que es realmente esto. No lo tomo jamás como una exigencia perversa, "a ver cuánto aguanta el gallego". Más bien siempre lo interpreté en el sentido que creo es el correcto, que es el de este ritual amoroso.
-Del rosario largo de defectos profundos que tenemos los argentinos, uno de ellos es pensar que tenemos características únicas, que somos únicos en esto y en lo otro. Un buen día viene Pavarotti, canta en la 9 de Julio y le dice a la gente que nunca vio un público así. Yo no sé si Pavarotti mentía o era un halago de esos que uno le dice al objeto querido, pero se refiere al carácter apasionado, insistente. Tu público demuestra -algunos en la noche del estreno- una participación que no es para nada pasiva. No es una gente que se viene a sentar a escucharlo a Serrat. Viene a participar de algo que es casi una ceremonia, un acto, un mitín...
-Creo que te voy a contar varias cosas, Pepe. Lo primero, es que esto no es exclusivo de la noche del estreno sino que, normalmente, la noche del estreno es de las menos apasionadas porque suele haber más gente que no paga y que suelen ser los que aplauden menos, se apasionan menos. En todos los lugares del mundo, en todos los estrenos del mundo, los artistas lo sabemos perfectamente. Y en cuanto a lo que dijo Pavarotti, si realmente esto ocurre es por la herencia tana, precisamente la que empuja a ello más que cualquiera otra de las múltiples y varias herencias que el pueblo argentino ha ido mezclando a lo largo de los últimos decenios.
Precisamente, el público italiano es para mí el más parecido a lo que es el cariño al artista, este amor al artista. De manera que este deseo de cada uno de querer ser el artista, de meterse en la piel del artista, de ser un poco ellos los artistas, es una herencia absolutamente tana.
Yo lo descubrí cuando fui por primera vez al Festival de San Remo, cuando no me conocía nadie en Italia. Pues no es que ahora me conoce mucha gente; entonces me conocían menos. Y ahí recuerdo que terminé de cantar y me fui a un restaurante, donde me esperaban unos amigos para cenar, y cuando entré allí tenían puesto el televisor, porque el festival, para San Remo, es una fiesta del pueblo, como si fuera la fiesta mayor de aquella localidad. En ese momento, todos los comensales se pusieron de pie, empezaron a aplaudirme. Era, absolutamente, un cariño por el artista, que es muy fuerte.
Yo creo que esta vehemencia del público argentino, ¡cuidado!, es hacia los artistas que ama. Es también un público muy estricto cuando no se produce esta relación de cariño; es un público muy duro, no es absolutamente entregado, selecciona sus pasiones. Yo creo que hay mucho de la herencia tana.
-Nos pasa a algunos periodistas cuando vemos tu trabajo: advertir lo que podríamos denominar, muy genéricamente, un perfil cívico. Y creo que a veces nos confundimos -algunos colegas y quien te habla- en considerarte y en pensarte como alguien que tiene que dar definiciones políticas. "Como es un hombre muy declarado, muy pensado, tiene que saber de todo: de terrorismo, de secuestros, de la paz en Medio Oriente, de la política argentina..." Esto no es así, pero, ¿tenés la sensación de que los argentinos te exigen definiciones concretas, lealtad a un cierto ideario?
-No sólo los argentinos; en general ocurre. Pero estamos en la Argentina y aquí la verdad es que el público y yo tenemos una relación que es muy especial, la relación que podría tener alguien con su propia tierra. Y si se me exige esta definición puntual acerca de cualquier cosa que pueda ocurrir en el mundo, yo ya me encargo de aclarar mis múltiples y varias ignorancias al respecto cuando ello ocurre. Lo que no puedo evitar -y, además, creo que es la obligación de cualquier personaje público- es manifestar un punto de vista. Un punto de vista que, evidentemente, no es otra cosa que esto: decir cómo uno ve las cosas, cómo uno las entiende, con toda la carga de dudas, de temores e, incluso, de ignorancias.
-Como alguien que tiene tus mismos años, me pareció que en la noche del estreno había una especie de mandato generacional. Aquel Serrat de los `70 estalló artísticamente en una Argentina muy turbulenta, que estaba cargada de utopías, ideales, equivocaciones, pasiones funestas... Me reencuentro en este recital con gente de mi generación, la que se da en llamar -en forma casi peyorativa- "setentista": gente que simpatizó con la JP, con el ERP, o que, sin haber tenido ninguna posición política, hablaba de la patria liberada o, incluso, de la patria socialista. ¿Cómo se hace, desde el trabajo artístico, para no quedar asociado con una época que terminó con un desenlace en cierto sentido terrorífico?
-Yo no sería tan negativo en el sentido de decir que nuestros sueños eran funestos. Nuestros sueños eran sueños, y eran sueños hermosos. Lo que ocurre es que tuvieron resultados funestos. Tuvieron resultados sumamente duros incluso para los sobrevivientes. Ustedes los llaman "setentistas". En España lo llaman "carrozas", en el sentido de vehículo a tracción animal. Así son las cosas. Yo no puedo desengancharme -ni quiero hacerlo- de lo que ha sido el eje de las cosas que han hecho moverme, porque son las mismas que me hacen mover ahora. Lo que se modificó fue el entorno y lo que yo tengo que modificar, seguramente, es la estrategia. Y lo hago, pues si antes veía una pared y creía que había que pasar para el otro lado, pues me arrojaba con la cabeza contra la pared, con resultados sumamente dolorosos. Ahora, lo que hago es acercarme a la pared, palparla, buscarle un agujero y empezar a hurgar por el agujero. Tardas más tiempo, pero es mucho más eficaz.
-Pensando en eso, advertía lo que en definitiva es lo elogiable: la lealtad. Mario Benedetti aparece en tu repertorio y hay una lealtad de Serrat a Benedetti. Benedetti es un hombre que crea una literatura muy de la época, gran parte de la cual sobrevive. ¿No implica eso un peligro -artístico, literario o cívico- de quedarse asociado a una sola sensibilidad, a una sola visión?
-¡Hombre, yo no musicalizo poemas de Benedetti por fidelidad a Benedetti!, cosa que sería suficiente, por tratarse de él. Porque Mario es un ejemplo de fidelidades. De buenas fidelidades, de fidelidad a una idea de un mundo más justo, más tolerante, más solidario. De un mundo más libre, más respetuoso. Vale la pena estar cerca de estas fidelidades. Pero no es ésta la razón.
Tú fijate que de la misma manera que en el `83- `84 trabajo con poemas de Benedetti, haciendo "El Sur también existe" y escogiendo un tipo de poema determinado, cuando hago "Utopía" trabajo junto con Benedetti para hacer una canción que se llama "Maravilla", que es otro tipo de temática que se incorpora. En este disco ("Nadie es perfecto"), la "Historia de vampiros" -que también es de Benedetti- es un poema absolutamente vigente y capaz de despertar toda una serie de inquietudes totalmente cotidianas, que no están, en absoluto, ancladas en el pasado. Ni siquiera anuladas en una manera de ver las cosas, con un concepto de tratar de modificar el presente que responde a una estrategia del pasado.
-Hace un rato hablabas de los "carrozas" aludiendo al nombre que se da en España a aquellas personas de nuestra generación -cuarentones, cincuentones- que tuvimos no solamente utopías sino actividades, ilusiones... Debés tener la edad de Felipe González...
-No, "Isidoro"... el presidente... es un poco mayor que yo. Pero, vamos. En una serie de programas muy hermosos que hizo la Televisión Española titulada "Los años vividos" surgieron unos bloques generacionales. A mí me incorporaron a del presidente y una serie de gente mayor que yo. Siempre me ocurrió que yo era el más chico de mi curso, el más chico de la colimba, y también en esto de mi generación soy el más chico.
-Al pensar en esos hombres, en el presidente de España y la generación con que hizo su obra de gobierno, después de haber estado en la clandestinidad durante la época de Franco, si lo extrapolamos a los días de hoy, ¿qué se siente? ¿Adecuación, quiebra, cambio, frustración? Esta gente que ha gobernado tantos años a España con la bandera del Partido Socialista, ¿cambió de rumbo porque advirtió que existía esa pared de la que hablabas hace un rato y porque lo mejor para España era cambiar el rumbo o sencillamente el cambio es de 180° y estamos en presencia de un abandono de ideales?
-No, yo creo que no. Creo que tenemos que hablar un poco de esto porque es una historia complicada. Como es complejo todo lo que de alguna manera está ocurriendo en el mundo. Es complejo y, al mismo tiempo, de una gran simplicidad. Es complejo asimilar simplemente su aplicación. No existe otra cosa que la dificultad de aplicar una ideología en estos momentos, en un mundo tan interrelacionado como el que vivimos. Es muy difícil que, en un mismo país, dos partidos con ideologías no sólo diferentes sino, incluso, opuestas, puedan tener una política económica o una política internacional diferentes, debido a que el mundo está interrelacionado de una manera determinada.
Forman partes de unos bloques determinados que exigen un comportamiento económico y un comportamiento político a nivel internacional y, por tanto, también aplicable a nivel nacional, que son exactamente parecidos o iguales en muchas cosas. Yo no decía que es lo mismo que exista un gobierno socialista o un gobierno de derecha en un país, o un gobierno que tenga las siglas "de socialista" y otro que tenga las siglas "de derecha". En el fondo, acaban aplicando los dos las mismas políticas internacionales. Y los más radicales, en este sentido, tanto de derecha como de izquierda, no tienen más remedio que aplicar estas políticas.
Pero existen sus matices en lo que es la política social, lo que puede ser la política a las clases menos favorecidas, la distribución de la riqueza interna de una manera más justa, la aplicación impositiva de una manera más correcta. Ahí sí que pueden haber diferentes matices, pero, en general -no nos equivoquemos- existe una dirección en el mundo en la que te montas en el carro o difícilmente puedas caminar.
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