
Cortez y Cabral: celebración mutua
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"Cortezías y Cabralidades", show de canciones, anécdotas y humoradas, de Alberto Cortez y Facundo Cabral, con Ricardo Miralles en piano. Sonido: Angel Gómez. Iluminación: Daniel Camacho. Producción general:Omar Lauría y Diego Michard. Teatro Avenida. Nuevas funciones: jueves y viernes, 20.30. Sábado, 21.30.
Nuestro opinión: muy bueno
Cabral y Cortez se llevan muy bien en escena. Por aquello de los contrarios. Y así resultan una perfecta dualidad escénica. Cortez, prosopopéyico, ceremonioso, hierático. Cabral, distendido, socarrón, antihéroe. Entre ellos funciona la hermandad de darse espacio, de celebrarse mutuamente, de cantar las canciones del otro... Hasta parecen sinceros de verdad al ejercitarla.
Desde que lanza, vociferando, un pedestre y obvio tema que proclama la necesidad de seguir creyendo en algo, Cortez -que ha recibido una larga ovación de sus admiradores- se dedica con fruición a desgañitarse en tremendismos vocales.
Cabral es su exacta contrapartida. Sentado, bien calzados sus lentes oscuros y medio escondido detrás de su atril, entona con emoción "Ella no dice nada", una canción más inspirada y atrevida.
En el epicentro artístico, Ricardo Miralles maravilla con sus milagros pianísticos. Miralles teje y desteje de mil modos las armonías que mejor empatizan con cada melodía.
Luego,tras el apabullante histrionismo de Cortez para hablar del egoísmo del "yo", surgen con "Tú" los primeros juegos verbales -esa dialéctica paradojal- de Cabral. Cabral se encarga de aligerar el irrefrenable dramatismo de Cortez con un gracejo y un ingenio que encierra verdades, como esa de los esclavos del dinero, que se completa con la canción "Clase turista".
Cabral trovador es un inspirado inventor de canciones, pese a que su costado más celebrado -acaso el más frívolo, impactante y redituable- sea el de juglar que divierte.
Mientras Cortez vocifera con visos de espasmo "Mi Buenos Aires querido", Cabral retruca, facundia mediante (como corresponde a su nombre), con presuntos dichos -todos chispeantes- de su abuela. Incluso se burla de sí mismo, que es el más palpable signo de inteligencia.
Cabral dejó atrás su monotemático Borges. Y más lejos aún su condición de oráculo y su sesgo mitómano. El juglar es uno de nuestros paradigmas epigónicos de humor inteligente. Su comicidad intrínseca, que soslaya morisquetas y chacotas, se nutre de paradojas llenas de ingenio. Y recorre, sin complejos, desde la gracia epicúrea hasta el sermón catequizador. Además, canta muy bien, sin alardes, con voz eufónica, de cálido vibrato.
Cortez, al margen de aciertos y ripios en la rima de sus versos, sortea algunas vociferaciones para frasear con gusto y regalar algún matiz.
El binomio ha ganado en aciertos. Tanto en la elección del repertorio como en el intercambio de roles.
Miralles incorporó nuevos hallazgos en armonías, interpolaciones, acentos y adornos. Ha creado climas y ha inventado para cada canción atmósferas que se inscriben en las más imaginativas páginas de la música popular y clásica.
La mayor cortesía de Cortez será cantar a media voz, porque sus recursos vocales (timbre, afinación) le permitirían revalorizar muchas de sus propias creaciones. Con este solo detalle, cabría pronosticar larga vida a este singular matrimonio artístico.
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