Cuando lo torcido es lo correcto
El armado de habanos, oficio detallista
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"El armado es un ritual, no se puede torcer por torcer", sentencia la cubana Rafaela Zaldívar Patterson, torcedora de habanos de máxima categoría que pasó por Buenos Aires para dar cátedra y revelar más de un misterio.
De todas formas, y por más secretos que dé a conocer, deja en claro que el armado de habanos no es para cualquiera. Con los dedos cargados de anillos y las uñas largas, pintadas de rosa, retuerce las hojas de tabaco –con una concentración de otro mundo– hasta formar en pocos minutos cilindros perfectos.
Zaldívar Patterson lleva 25 años en el oficio y es directora de una escuela de torcedores en La Habana, pero su ocupación principal es supervisar el trabajo de 500 personas de la planta Romeo y Julieta. "Si no están perfectos, nunca llegan a ser habanos", dice. Los que pasan su examen se distribuyen en el mundo con precios que van desde 10 hasta 40 dólares cada uno.
Ella considera el hábito de fumar habanos más cerca de una costumbre ancestral que de un rasgo inconfundible de bon vivant, y lo explica: "Tiempo atrás, los indios los fumaban en festividades. Por eso se aconseja disfrutarlos en compañía, con una buena comida, vino o té".
Secretos, técnicas, trucos
Hoy en Cuba existen 32 marcas de habanos (la denominación específica para los puros de ese origen), y diez de ellas se fabrican enteramente a mano. Según Zaldívar Patterson, en las fábricas mandan las mujeres: "Somos el 69% de mi planta" Para el armado no se necesita más que cinco hojas disecadas en un proceso que dura dos años, una tabla de madera, una cuchilla semicircular llamada chaveta, otro cortante especial para el gorro del cigarro, llamado casquillo, una guillotina y pegamento vegetal. Un torcedor entrenado elabora entre 60 y 150 puros por día.
Las tres hojas que se enroscan y forman la tripa –el cuerpo del cigarro– darán la fuerza, aroma y combustión. Se envuelven en una cuarta hoja, el capote, y finalmente la textura de la capa da el aspecto final. Para que resulte suave y elástica, debe extraerse de una planta llamada corojo, que crece protegida del sol por una tela blanca.
Después, cantidad de técnicas: un buen torcedor no puede ignorar que del correcto doblado y alineado de cada hoja depende que no se interrumpa el paso del humo y que el quemado de la punta sea parejo. Ni que todas las hojas se colocan con los extremos de sabor menos fuerte hacia lo que será la punta encendida, para que al fumarlos el gusto sea cada vez más intenso. Ni que la compresión de la tripa debe ser igual en todos los puntos y el estirado de la hoja tiene que ser perfecto.
Claro que también pueden hacerse a máquina: de formato más cuadrado y precios bastante más accesibles, llegan a tamaños de 14 centímetros de largo por 1,5 de ancho.
Antes de irse, Zaldívar Patterson se muestra más orgullosa: "Amo mi país y amo mi revolución. Gracias a ellos soy lo que soy. Ya estuve en cinco países haciendo demostraciones". Y no le molesta para nada que los cigarros con los que mil veces fue retratado Fidel Castro sean de otra marca cubana (Cohiba), creada durante su gobierno. "Igual, ya no fuma hace diez años." En cambio, supone que el Che Guevara fumó los que le ofrecían los campesinos, mucho más artesanales.





